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Vislumbres. El día del ciclón

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Escrito por: Abelardo Ahumada.

“LLUVIECITAS”. –

La relación de lo que sucedió en el tsunami que les anuncié la semana pasada se las voy a deber por el momento, ya que el próximo domingo se cumplirán 60 años de que azotó a Colima el más pavoroso huracán del que los más viejanos aún tenemos memoria.

Tuvo razón en ese sentido mi compañero Horacio Archundia Guevara, cuando en su participación en el libro colectivo “Cuentos, leyendas y narraciones colimenses”, escribió:

“Los manzanillenses, cuando pronunciamos la palabra Ciclón, nos referimos al del 27 de octubre de 1959. ‘Lo demás han sido lluviecitas’, como afirma mi madre. Y porque ‘ciclón sólo ha habido uno’, como dice un querido vecino de la ciudad: Don Eduardo Machetto. Dicho esto con todo respeto para los damnificados de huracanes y tormentas como el de 1982 que cobró algunas vidas, o como el coletazo del ciclón ‘Jova’, que el año 2011 generó pérdidas económicas y patrimoniales incalculables. Pero el Ciclón es, en la historia de Manzanillo, por antonomasia, el que nos marcó en 1959”.

Y yo coincido con él porque habiendo vivido ya seis décadas tras haber atestiguado al menos una parte de lo que sucedió entonces, puedo afirmar, siguiendo el tono de la recientemente fallecida mamá de Horacio, que los demás ciclones que hemos visto y padecido sólo han sido “cicloncitos”.

Muchas embarcaciones y varios barcos de cierta consideración fueron arrancados de sus amarras y hundidos o ladeados por las olas y el viento dentro del que se consideraba un puerto seguro.

“TRISTES RECUERDOS”. –

Y parafraseando ahora el título de la canción que hizo famosa “El Charro Cantor” Antonio Aguilar, entresacaré algunas de las “Remembranzas del ciclón” que publicó el cronista porteño en el mencionado libro, para que nos demos una idea de lo que realmente pasó esa tristísima ocasión:

“Luego de tres días de lluvias tranquilas y de una semana de nubes tenues, el 27 de octubre de 1959, cuando se consideraba que el Ciclón Linda había pasado lejos de las costas de Manzanillo, el meteoro ‘retornó’ sobre la región de Jalisco, Colima y Michoacán, dejando destrucción y muerte a su paso.

Los cálculos oficiales enumeraron entre mil 300 y mil quinientos muertos. Pero la realidad superó esas cifras. El fenómeno natural alcanzó proporciones insospechadas; hubo lugares donde el viento, las corrientes de agua y los deslaves, borraron todo a su paso, sepultando colonias o pueblos enteros. En Manzanillo, los derrumbes cobraron cientos de vidas. Tan sólo en el barrio de La Pedregosa, los muertos se contaron por más de doscientos. Casas enteras quedaron enterradas y fue menester utilizar maquinaria para rescatar sólo una parte de los cadáveres. 

Uno de los primeros reportajes que se publicaron al respecto se debió a la pluma y a la lente del Profr. Ismael Aguayo Figueroa. Esta foto suya es del entonces minúsculo pueblo de Minatitlán, en donde fallecieron más de 150 personas.

Pero si bien se han descrito, en abundancia, los daños que provocó el huracán en la zona urbana y en los principales pueblos, hasta ahora no se ha realizado un estudio minucioso de las vivencias que sufrieron los habitantes de la zona rural. Hasta ahora, las imágenes más conocidas de las afectaciones causadas por el ciclón, generalmente tienen que ver con barcos hundidos, con casas sepultadas en los cerros, con techos ‘volados’ o bardas caídas; se refieren a perjuicios en los patios de carga del muelle, o a las calles cubiertas de lodo y piedras. Pero no hay aún fotografías de las monstruosas pérdidas que se dieron en los pueblos campesinos. Con la excepción de Minatitlán, que por ser cabecera municipal recibió especial atención y fue más conocido su desastre, [pero] en general, los pueblos pequeños resultaron ignorados frente a la destrucción. Pareciera que nadie se acordó de los campesinos. Cuando se escribieron los datos de las pérdidas, se citan aquellas que tienen que ver con la agricultura y ganadería. Se nos ha dicho que se afectaron tantas hectáreas sembradas de maíz, frijol, arroz, ajonjolí, plátano, limón, coco y otros frutales. Sabemos que se perdieron cultivos en casi cien mil hectáreas. Pero pocos se han acordado de recoger los testimonios dramáticos de las gentes del campo.

Estremece el testimonio de Sofía Carbajal, connotada y estimable vecina de Santiago, cuyo padre, Don Gilberto Carbajal, fue sorprendido por el meteoro en las parcelas de su propiedad, en Las Humedades, habiendo luchado afanosamente contra la corriente que lo llevaba hasta que, encontrándose con un brazo fracturado, le fue imposible sobrevivir, llevándoselo el río sin que se haya vuelto a saber nada suyo nunca más. Por semanas enteras, Doña Guadalupe Santana, su viuda, recorrió con sus hijos y amigos las tierras donde su marido se hallaba trabajando y cientos de metros río abajo, sin que haya encontrado jamás el cuerpo de su amado esposo que la dejó viuda y con nueve hijos qué sostener […]

“[Pero] el caso del señor Carbajal es uno entre cientos. ¿Cómo no conmoverse, por ejemplo, frente a la forma dolorosa en que murieron los miembros de la familia González Flores, en Las Juntas? Jesús González vivía al oriente del entonces caudaloso río, sobre una loma en la que había construido su casa de venas y palapas entrelazadas y tejidas tupidamente para impedir el paso del sol o las filtraciones del agua, y en la que habitaba con su mujer y sus cuatro hijos: uno adolescente y tres niños. 

Cuando comenzó la lluvia, Jesús le dio poca importancia al fenómeno. El río había estado aumentando su caudal, pero a pesar de todo no le dio importancia, sabedor de que, a seis metros de altura era cosa muy difícil que subiera la corriente. ‘Era algo que no había pasado nunca’, recuerda Miguel González, el hijo mayor de Jesús. 

Relata Miguel que, un rato antes de que ocurriera la desgracia, su padre le ordenó cruzar el río por un puente muy elemental que ellos tenían para cruzar las corrientes fuertes durante los temporales, y que habían hecho aprovechando la presencia de un tronco caído de palma de cayaco.  Dice que lo mandó a cortar unos chaltomates – especie de tomate minúsculo, de exquisito sabor, que usan los campesinos para preparar salsas deliciosas-, porque Lucía Flores, su madre, estaba torteando para comer; ya atardeciendo. 

Miguel González llora cuando describe que tuvo que alejarse algunos metros en busca de una buena cantidad de chaltomates. Tenía dieciséis años entonces y recuerda con dramática precisión que oyó un ‘tronido’ impresionante en el río que lo hizo correr a la orilla, impulsado por el deseo de volver a su hogar. Dice que cuando llegó al bordo de la correntada, no podía dar crédito a lo que vieron sus ojos. Estaba oscureciendo y cuando pretendió cruzar el río se dio cuenta de que no estaba la palma que les servía de puente y que el nivel del agua había subido tanto que cubría no sólo el cauce del río, – no muy ancho en esa parte, pero ciertamente algo profundo-, sino parte de la ‘labor’ que él y sus padres tenían del lado poniente, es decir, donde él andaba cortando chaltomates.  Ahora calcula que el agua había subido entre doce y catorce metros y que lo que ‘bramaba’ era la cantidad pasmosa de agua arrastrándolo todo a su paso. Cuenta Miguel que lo invadió el terror y que sus gritos lastimeros le han quitado el sueño muchos años. Cuando buscó con la vista la casita de palapas donde vivía con su familia, no la encontró por ningún lado. El sitio donde recordaba que era su casa había sido socavado de golpe por la corriente y a gran distancia podía ver ropa, ganado, árboles arrancados de cuajo y pedazos de madera que el río llevaba rumbo a donde sus padres le decían que estaba el mar. Miguel gime cuando le vienen a la mente aquellos momentos. Todavía le parece imposible que en diez o quince minutos pueda pasar algo así. Como pudo, volvió sobre sus pasos y trepó en un enorme zalate que soportó los embates del agua con dificultad.  Afirma Miguel que ni la muerte de su hijo mayor, en un accidente, le causó tanto dolor como la pérdida horrenda de su familia, aquel 27 de octubre. Solo, desamparado, en la más completa orfandad y en la penuria absoluta, echó a andar río abajo hasta que llegó a la casa de un tío lejano suyo, situada en el cerro del Tecolote. De aquellos instantes recuerda que se le nubló la vista y el llanto y el profundo dolor lo tenían como ‘ido’. A otro día, cuando el temporal amainó un poco, sus parientes con él agregado emprendieron el viaje rumbo a El Colomo, donde se hospedaron en casa de Doña Lupe Osorio.  En el camino a El Colomo se dio cuenta de que no estaba solo en la desgracia. Antes de llegar al ‘Paso Ancho’ -un paraje conocido de la región- sus tíos ordenaron detenerse para sacar el cuerpo de una mujer ahogada y casi despedazada que enterraron como pudieron en la parte más alta de una lomita, poniéndole luego encima unas piedras y una cruz mal armada de madera. Hicieron lo mismo dos veces más con otros cuerpos, hasta que su tío decidió no seguir sepultando víctimas ‘porque va a ser el cuento de nunca acabar’ y porque temían que la lluvia regresase y el río creciera más. De su familia no supo nunca nada”.

Y hasta aquí la redacción de Horacio.

MUY AJENOS A LO QUE SOBREVENDRÍA. –

Por aquellos días de finales de 1959, a Minatitlán sólo se podía llegar desde Colima en bestia, y desde Manzanillo por una brecha temible que había ido a inaugurar el gobernador Jesús González Lugo, el 20 de noviembre de 1950.

Por obra de la intensa lluvia que había estado cayendo desde la antevíspera de la catástrofe que azotó a sus pobladores en el amanecer del 27 de octubre, la brecha se hallaba cortada en varios tramos, de modo que la cabecera municipal quedó totalmente asilada y la indispensable ayuda médica que se requirió tardó mucho tiempo en llegar.

Arroyos que normalmente parecen (y son) insignificantes de repente crecieron a rebosar, arrastrando con la fuerza destructora de sus aguas embravecidas todo lo que encontraron al descender de los cerros al mar.

En el aniversario número 35 de aquella fecha fatídica entrevisté creo que a once de los sobrevivientes y, de entre todos ellos, les transcribiré hoy algunos dramáticos testimonios, respetando en todo momento las expresiones de cada cual.

Empezaré con el relato de don Antonio Michel, un hombre delgado, chaparrito, de marcada ascendencia indígena:

“El lunes en la noche, cuando comenzó lo mero fuerte del ciclón, yo estaba de visita en ca´ Josito Figueroa. Andaba yo en burro.

Entonces, por ai como a las cuatro de la mañana, pensé irme a mi casa porque vivía [en el rancho de] Las Guásimas. Entonces le dije a Vitoria, la madre de mi compadre Cuco [y me respondió]: ‘¿A poco te vas a ir? ¿Qué no ves cómo está el mundo?’

[Aunque] no podía uno asomarse a ninguna parte porque lo arropaba a uno el viento, de todos modos le dije a Vitoria: ‘Yo ya me voy, y el burro ya tiene hambre´.

Entonces me ensarté la china, porque en ese tiempo no se usaban capotes sino las chinas. Me acomodé el barbiquejo de mi sombrero y me le subí al burro.

En el arroyo que le decimos ‘El Bonete’, a la salida de aquí [hacia Camotlán y Manzanillo], el burro, como iba para su querencia iba rápido, y se metió de repente al arroyo. Ahí me perdí. Me tumbó el arroyo, me eché unas cuantas maromas y salí con el amarradijo de la china enredado en el buchi, y el barbiquejo del sombrero también enredado en el buchi, ahorcándome, echando agua por la nariz y la boca.

Como pude agarré el buro que ya estaba del otro lado y me volví a ir. Más allá está otro arroyo que le dicen ‘El Pión’. También me dio otra revolcada pero me volví a salvar.

Llegando a un puertecito (la parte más alta de alguna trepada. Nota del entrevistador), en una parota, ya para trastumbar pa’ los ranchos de Las Guásimas, ahí el aironazo le daba vuelta pa’ trás a la bestia en vez de darle pa’ delante, y a poco ya me volvía, hasta que en una escampadita del aire, llegué a mi casa, desensillé la bestia y aventé el fuste.

La familia estaba gritando. La tempestad estaba muy fuerte. Amarré el burro en una parota. [Pero] a poco cayó la parota, campaneó pa’ un lado y el burro cayó pa’l otro.

Al otro día [ya que se terminó la lluvia], me vine yo a Minatitlán, a la casa en donde habitaba cuando venía de visita. Vitoria, la madre de Goyita, dos veces me dijo: ‘¡Arráncate al río a ver dónde ves a tu comadre!’. Total, que salí al [playón que había dejado el] río, pero ya desde antes otros habían empezado a sacar gentes. En partes hallábamos el chongo de una mujer, escarbábamos hasta que la sacábamos, y así familias enteras. Pero a mi comadre no la hallé.

Tardamos cuatro días sacando muertos, había muchos… Cosas de las tiendas, vacas muertas o muriéndose. Unos por fuera de las tacoteras, en el monte, en lo seco, estaban haciendo pozos; otros sacando cuerpos, pedazos de cuerpos, echándolos en [o sobre] tablas, y entre dos o tres los llevábamos a los pozos.

Y yo no sé cómo, en esos cuatro días llevábamos bastimento, y regresábamos con el como nos lo habíamos llevado. No nos daba hambre”.

Continuará.

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