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Con los ojos en la cara. Excelentes personas

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Escrito por: Mtro. Ramiro Cisneros García

Afuera llueve, las gotas deben ser finas porque su contacto con la tierra y el techo de la casa, se parece más al silencio y a la madrugada que al ruido. Todavía no cantan los sapos ni las ranas, si es que el sonido que emiten es eso, un canto. Sólo Dios sabe. La “Prieta”, nuestra perra, mansa más que un cordero ladra, contestando los ladridos de otros animalitos, perros como ella. La “prieta es grande y fuerte, se mueve como pantera y le gusta que le hablemos; entonces, se repega y acaricia con ambas manos. Hasta parece que sonríe y de repente, corre. Retoza. Poco a poco, la tierra se humedece, huele la tierra, se moja y seguramente  se alegra al sentir la bendición que es el agua en la resequedad que la parte en pequeñas grietas, rajaduras y, también el polvo se apacigua, descansa de viajar y reposa. Duerme el polvo al menos algunos días, Seguramente disminuirán los estornudos.

La lluvia, apenas insinuada, pequeña, tímida, nerviosa, me despertó y recordé que alguien me dijo que hay personas buenas, generosas, solidarias. Escriba algo sobre ellas profe. Esto al igual que el agua cayendo, se convirtió en un insomnio agradable y reposado. A lo lejos, el Cerro Grande, despertó con la novedad del agua cayendo y las nubes posadas, displicentes, inseguras, dudosas sobre los árboles, los arbustos y las rocas. Ahora mismo, ya entrada la mañana, el sol, cuando las nubes lo permiten, se filtra entre las ramas como se filtran el agua, el aire y  la oscuridad, cuando llega junto con las estrellas lejanas, somnolientas. Hay muchas personas buenas, esa es una verdad. Una verdad maravillosa, extraordinaria, gratificante, que nos hace sentir afortunados. Las personas bondadosas, son como el sol, como la luna, como los árboles; son de todos como la calle y los ríos y el mar. Poseen la dicha de no tener dueños y de saberse libres para dar, para darse a los demás  sin límites.

Cuando tenía como trece años conocí a una persona buena que a la postre iba a ser muy importante en mi vida. Era de fácil contacto, cercano, afectuoso y tenía una capacidad de escucha impresionante. Su trato era por convicción de mucho respeto a todos sin importar su condición. Daba a todas las personas su lugar y todo lo que pasaba  a su alrededor era de  su interés y siempre se mantenía informado. Era muy creativo y nada humano le era ajeno. Lo que  más lo distinguía era su opción por la pobreza y la austeridad. No digo que optó por los pobres porque  esta palabra de apenas cinco letras (pobre) molesta a los que no lo son. También molesta a los que manejan esta palabra de manera ideológica y a veces, absurda. Aquellos que hablan de los pobres como entes que requieren de nuestra compasión y que finalmente serán el vehículo que nos conducirá al cielo tan anhelado. Jesús Michel Isordia, el querido “Padre Michel” quien era un hombre de silencios profundos y creativos; un hombre bueno y testigos de lo que afirmo hay bastantes. Agudo y vivaz en su conversación; de comentarios acertados y respetuosos. Recorría las calles de Colima como recorrer las palabras, las páginas de un libro o de un periódico. Siempre caminando con el portafolios bajo el brazo. De ese portafolios, especulábamos los que  siendo seminaristas nos inquietaba no saber qué contenía;  ¿que traerá en él? Sin duda proyectos muy valiosos; información trascendente para la vida de la iglesia; un sermón, una homilía cuidadosamente organizada porque no era improvisado. Quienes manejando un carro, un vehículo se cruzaban en su camino, se orillaban, se detenían y lo llevaban a donde se dirigía nada más por el gusto de cruzar unas palabras con él, por estar con él, por sentir en él la presencia de Jesús de Nazareth; del Dios que es padre amoroso. Que importante ser vehículo del amor de Dios porque además, era un ejemplo vivo de lo que significa y es, ser cristiano. Durante algún tiempo, tuve la fortuna de tratarlo con más frecuencia pues vivíamos en el mismo edificio y entonces un buen día, sin preguntarme me entregó una llave de su cuarto: “por si necesitas un libro”. Algunas veces abrí la puerta y el espacio estaba lleno de libros y en una esquina había algo que hacía las veces de cama, un mueble extremadamente modesto pero sin ninguna presunción  de que conociéramos como vivía y eso incrementara nuestra admiración hacia su persona. No pertenecía a ese tipo de personas; su convicción era seria y alejada de escaparates y lucimientos  narcisistas. Era su opción y punto. Había camisas y pantalones colgados en ganchos. Solo lo indispensable, lo estrictamente necesario. Era él, la única persona que entraba allí y quizá alguien de mucha confianza y generoso como él que por supuesto no era yo. Almorzábamos juntos con frecuencia y le caracterizaba el buen humor y hacernos algunas bromas pero se interesaba realmente en todo lo que pasaba a sus compañeros. Tenía una manera insistente pero respetuosa de comisionarte algo. Un día allá por agosto o septiembre de 1975 me dijo: “Ramiro, vas a ir a la Escuela Vasco de Quiroga de Comala a dar la clase de ética. No hice mucho caso hasta que un día me entregó el libro de texto y el horario. “mañana tienes clases, ya te están esperando”. No había nada que discutir ni peros que me valieran. Igual me pasó cuando me dijo que sería el próximo secretario del Obispado de Colima. Ante mi renuencia silenciosa un día me dijo:” Mañana a las once te entregará Héctor la oficina”. Allá llegué, Hectorcito (Padre Héctor Michel) sonreía ante mi estupor e incredulidad. Así fue siempre pero estoy seguro ahora que esa era la voluntad de Dios. En dos o tres ocasiones me comentó que el obispo me iba a llamar: “para aclarar algo que tiene pendiente contigo”. El obispo, también era bondadoso e indulgente y siempre me despedía con una palmada en el hombro mientras sonreía y decía: “Ah que la canción”.

Quizá sea yo la persona menos indicada para hablar de ese hombre cuyo  libro de cabecera era con toda seguridad el evangelio. Una de las últimas veces que lo encontré en el CERESO de Colima nos detuvimos a platicar y me preguntó por mi esposa y la edad de mis tres hijos. Al despedirme dijo sonriente: “hueles a suegro”. Sonrió y se fue… así era siempre. Todo el tiempo lo extrañé pero yo caminaba por otros caminos y aunque siempre hubo coincidencias lo admiré a la distancia. Ya cojeaba un poco y su dicción ya no era tan clara.  Cuando era Vicario General de la Diócesis los tiempos eran difíciles para el presbiterio diocesano porque, como luego sucede, hay obispos que no responden a las expectativas pastorales y de testimonio que tan necesarias son en personas de esa jerarquía en el ámbito religioso en un lugar mayoritariamente católico. El padre Michel estuvo en medio de muchas de esas tormentas y sostuvo la barca porque estaba de su parte la inspiración del Espíritu Santo y la esperanza de que todo puede cambiar. Su respeto al obispo en turno fue un ejemplo doloroso de lo que son la lealtad y la fidelidad. Dios lo tiene en su Reino por su amor, su generosidad y su fe en el evangelio, en la Palabra. Es un honor escribir tan poco de él pero ya habrá quien lo complemente. Hay muchas voces calladas: cursillistas, caballeros de Colón y gente que se cruzó en su camino.

Hace algún tiempo acostumbraba ir a un pequeño tianguis que se establecía los domingos en la calle que está entre la Escuela Morelos y una ferretería acá en Comala. Ibamos a comprar frutas y verduras aunque también vendían pescado, pollo, comida, ropa y algunos artículos para la cocina y el hogar. Entre la no muy numerosa concurrencia, llegaba un hombre jovial, alegre y muy amistoso con todas las personas. Su risa franca se escuchaba como una celebración a la vida. Para todos tenía una palabra y una sonrisa amable. Era bienvenido: Chava, Salvador Velázquez era su nombre y con su sola presencia transformaba aquel espacio. Tuve siempre la impresión de que todas las personas lo querían y lo aceptaban tal como era. Lo conocí también como integrante probo del consejo de administración de la caja popular y allí me di cabal cuenta de que se trataba de una persona muy generosa, solidaria y respetuosa pero sobre todo supe que era honesto y derecho a carta cabal. Ninguna vez dio su voto a ninguna propuesta que atentara contra los intereses de los socios y contra el bien común. Su responsabilidad para cuidar lo que era un bien común era a prueba de lo que fuera. Siempre de buen humor que es una característica de las personas buenas; un santo triste es un triste santo y la alegría no está reñida con la santidad. Siempre sin un dejo o atisbo de amargura. Luego, tuvimos en mi familia un perrito que nos regalaron y que tras una cerrada votación quedó con el nombre de Chito. Una vez que salimos por varios días Chito fue hospedado y alimentado en la casa de Chava a pesar de sus muchas ocupaciones. Antes de Chito que vive en nuestra memoria, nos regalaron un perrito que al poco tiempo enfermó y que gritaba lastimeramente de dolor. Así día y noche, hasta que fuimos con el médico veterinario Salvador Velázquez quien lo revisó con mucho cariño acariciándolo y consolándolo. Iba un hijo mío, el menor de los varones, acompañándome y le dije: “Chava, si consideras que no se puede hacer nada, inyéctalo para que ya no sufra”. Se quedó pensativo y me miró con tristeza e indecisión hasta que finalmente preparó la inyección letal. Cuando lo inyecto, se le humedecieron los ojos y le resbalaron unas lágrimas. Mi hijo también lloró en silencio. Yo pensé y creo que con mucha razón: “Si eso hace por un animalito que no hará por un ser humano”.  Y sí, Chava era una persona que no permanecía ajena al dolor de los demás, a los sufrimientos, al hambre, a la tristeza y a la soledad de otras y otros. Si había un animal enfermo y no había recursos él lo atendía y cuidaba de él porque su hermandad con todos los seres vivos era como el hermano Francisco de Asís, aquel del hermano lobo, la hermana luna, el  hermano sol. Fraternizaba con la naturaleza. Así vivió aunque no siempre fue comprendido con el paso del tiempo enfermó y después  murió. Se celebró una Eucaristía por el descanso y la salvación de Salvador quien además tenía un nombre que supo portar con mucha dignidad y haciéndole justo honor: Salvador… Al templo de la Santísima Trinidad llegaron personas de muchos lugares atraídos por la buena fama de un hombre que fue fiel al evangelio que dio pan a los hambrientos, de beber a los sedientos; que visitó y atendió a los enfermos. Vinieron personas a despedir a Salvador que fue generoso, solidario, bondadoso, compasivo como pocos en el pueblo. Igualmente lo habían visto apoyar en la Comunidad Fraterna porque el sí fue capaz de entender la palabra fraternidad. Es probable que muchos no la entendamos y menos aún que la llevemos a la práctica.

Como estos dos hombres de los que he hablado seguramente hay muchos y gracias a ello nuestro mundo sobrevive. Ninguno de los dos buscó fama, poder, dinero. Ambos fueron pobres, justos y entendieron con claridad el mensaje de Jesús aunque por diferentes caminos. Debo ser claro, los hombres buenos no siempre son comprendidos pero no es necesario porque nuestro padre Dios ya los está esperando para decirles: “vengan benditos de mi padre porque tuve hambre y me dieron de comer; estuve desnudo y me vistieron preso o enfermo y me visitaron…”.

Pido una disculpa, creo que debí hablar primero de mujeres buenas porque hay muchas gracias a Dios y como dijo en algún lugar Gabriel García Márquez:  “Son las mujeres quienes sostienen al mundo” Muchas de ellas se llaman: Madre. Benditas sean. Un abrazo porque podemos hablar y con razón del Amor Maternal de Dios.

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1 comentario

1 comentario

  1. Antonietta

    09/03/2019 a 6:19 pm

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