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OPINIÓN

Vislumbres. Catástrofes históricas en Colima y sus alrededores

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Escrito por: Abelardo Ahumada.

LA MÁGICA E IMPONENTE PRESENCIA DE LOS VOLCANES. –

Aunque el reciente paso de la tormenta tropical “Narda” por nuestra entidad no provocó ningún acontecimiento que se pudiera calificar como catastrófico, su sola presencia y la no tan lejana del ciclón “Lorena”, me mueve a reseñar para nuestros queridos lectores algunas de las más notables catástrofes que de diferentes modos azotaron y asolaron no nada más Colima, sino las regiones aledañas.

Pero antes de entrar en esos catastróficos temas quisiera hacer notar (a quienes no lo hayan percibido aún), que la belleza y la diversidad de los paisajes que se observan en nuestro pequeño estado se debe, en buena medida, a un accidente geográfico que, por estar allí desde hace millones de años tal vez ni en cuenta lo tomamos, pero que determina la pluralidad de microclimas y las precipitaciones pluviales y fluviales que en primera instancia caracterizan al Sur de Jalisco y Colima. Me refiero, por supuesto, a la portentosa presencia del Volcán y el Nevado.

Ello no sólo porque sus anchurosas faldas conforman una abrupta orografía de la que se desprenden decenas de barrancas y barranquillas que se abrieron antes de que el ser humano transitara sobre  la superficie de nuestro planeta, sino porque, año con año, esas imponentes montañas ejercen un poderoso magnetismo que atrae las nubes cargadas de humedad, las hace reposar en sus costados y las obliga, antes de soltarlas para que sigan su viaje, a dejar parte de su carga, ya sea en forma de lluvia, nieve o granizo.

Luego de que eso sucede, y por aquello de que las aguas buscan y siguen un cauce, se puede decir que, como muchachas recién bañadas, las dos montañas literalmente chorrean por decenas de pequeños arroyos que luego van formando otras corrientes mayores que a su vez descienden a las tierras más planas del gigantesco Llano Grande, al Valle de Zapotlán, al Valle de Colima y desde ellos al mar.

A este volcán, al que los antiguos pobladores del rumbo nombraban Xiutecuhtlitépetl (o Montaña del Dios del Fuego), se debe, pues, que nuestro estado sea tan húmedo como es, y que contenga, en menos de setenta kilómetros en línea recta, un muy variado relieve que va desde la playa hasta los 3,820 metros sobre el nivel del mar. Dato geológico u orográfico que determina o propicia la existencia, como ya dije, de toda una serie de encantadores rincones con microclimas propios que van desde los cálidos manglares de la costa, hasta los fríos bosques de coníferas de alta montaña.

LA ANTESALA DE LA MUERTE. –

Pero con todo y que nuestro rumbo es, gracias a eso, algo así como la antesala del Paraíso Terrenal, hay otros interesantes aspectos que no podemos soslayar, y que de cuando en cuando han colocado a todos los que hemos tenido la suerte de vivir aquí, en la antesala de la muerte: son los sismos, las sequías, los huracanes y las epidemias que lamentablemente han contado con su cuota de sangre y dolor.

Dentro del expresado contexto, existe la idea de que si algunos de los principales pueblos y ciudades prehispánicos que hubo en toda esta zona (como El Chanal o Almoloyan, por ejemplo) y fueron abandonados, tal abandono pudo deberse tanto al azote de algún huracán, como a los estragos de algún incendio, a los estremecimientos de un terremoto, o a la desolación provocada por un ataque guerrero o por una sequía prolongada. 

Así, por ejemplo, un dato que se menciona en la Relación de Michoacán, nos dice que cosa de un lustro antes de que por ahí se hicieran presentes los conquistadores españoles, hubo un periodo que duró “cuatro años continuos” en el que sus templos y otros edificios “se les hendían (abrían o agrietaban) desde lo alto hasta lo bajo”, y que aun cuando varias ocasiones los reconstruyeron, “luego se tornaban a hender y caían piedras”. 

El abandono de Almoloyan y [El] Chanal fue, posiblemente, por una catástrofe natural.

Referencia que quiere decir que tanto los purépechas, como sus vecinos tecos y colimecas padecieron varios y muy fuertes terremotos durante todo ese tiempo.

Adicional a eso tendríamos que considerar el hecho de que la llegada de los belicosos españoles no sólo fue catastrófica para todos los pueblos de la región por las numerosas muertes de los indígenas que tuvieron el valor de enfrentarlos, sino porque la muy terrible y devastadora epidemia de viruela, que inició en la Villa Rica de la Vera Cruz a mediados de 1520, llegó varias semanas después a nuestra región, provocando una mortandad, antes incluso de que los españoles tuvieran las primeras noticias de la existencia de Michoacán y Colima.

A esa epidemia, en efecto, que se desparramó entre todos los pueblos mesoamericanos a raíz de que desembarcaron en Veracruz dos negros que venían infectados, se le tuvo que sumar después, ya en 1531, otra de sarampión, a la que los indígenas llamaron Cocolixtle.

Y abundando sobre este tema, La Relación de Michoacán dice también: antes de que viniesen los españoles, tuvieron ellos (los purépechas o michoaques) viruelas de que murió infinidad de gente… y fue general esta enfermedad en la Nueva España”. 

Más adelante la misma Relación precisa que cuando los españoles estaban conquistando la ciudad de México, “vino luego una pestilencia de viruelas y camas de sangre (sic) por toda la provincia y murieron todos los obispos de los cues(templos) y todos los señores y el cazonci viejo Zuangua”. 

No sabemos de qué tamaño haya podido ser la mortandad que la viruela produjo en nuestra región, pero hablando sobre la del cocolixtle, el padre Vázquez Lara dice que “sólo en las tierras de Michoacán habría provocado ochocientas mil defunciones. 

Epidemias igualmente dañinas se suscitaron respectivamente entre los años 1554-1555-1556, cuando fallecieron infinidad de naturales a los que “les sobrevenían calenturas y […] se les reventaban las narices, por tanta sangre que les salía”.

En 1564 hubo otra, en 1576 otra más y, ya “para despedir el siglo, en 1595, una última peste asoló nuestras tierras, peste de sarampión y paperas”.

Al volcán, los indígenas lo denominaban Xiutecuhtlitépetl (la Montaña del Dios del Fuego).

“¡LA TIERRA TIEMBLA!” – GRITABA POLIDOR. –

Hacia mediados del siglo pasado vivió temporalmente en Colima un personaje muy peculiar al que nuestros paisanos “más añejitos” seguramente recordarán, recorriendo por “La Calle Real” (hoy Madero), con un megáfono en su mano derecha, haciendo anuncios frente a las tiendas del centro. Y que entre sus muchos gritos recuerdo haberle oído decir, con potentísima voz: “¡La Tierra tiembla!”.

Grito del que hoy me quiero valer para comentar que el primer terremoto de los que se tienen registro histórico en nuestra región, ocurrió el 27 de mayo de 1563. Éste, según datos recuperados por el profesor Juan Oseguera Velásquez, “tiró todas las casas” del Puerto de Navidad (hoy Barra de Navidad), en donde por aquellos días había un buen número de personas trabajando para construir los barcos que habrían de salir en búsqueda de la ruta completa de navegación entre las costas de la Nueva España y las islas Filipinas.

Tres años más tarde, a partir del “Día de los Inocentes de 1566”, el padre franciscano Diego Muñoz dejó apuntado que hubo un “TEMBLOR GRANDE”, el cual fue seguido de constantes réplicas durante nueve días continuos. 

Rico en terremotos ese final del siglo XVI, hubo todavía otro entre la noche del 27 y 28 de diciembre de 1568, que “derribó muchas casas y templos de la comarca”.  Otro más el 14 de abril que “causó pérdidas humanas y daños materiales”, y dos más, fechado el primero el 10 de enero de 1585, el cual fue precedido por una “gran una erupción explosiva del Volcán de Colima”, cuya ceniza “cubrió un área de 30 kilómetros de diámetro” alrededor de su cono. El último de mayor importancia del siglo mencionado habría ocurrido “la noche del sábado 13 de enero de 1590 … afectó fuertemente a Autlán”, y estuvo igualmente acompañado “de una erupción que trajo consigo una fuerte lluvia de cenizas”. 

Las crónicas abundan en datos muy concretos tocante a más fenómenos telúricos y otros con que aparecieron asociados. Así por ejemplo el año de 1616 hubo uno el día 15 de abril, otro el día 16 y otro más el 10 de junio; éste, según se supo, estuvo “aunado a un eclipse de sol”. En 1625 se suscitó otro sismo más “que derribó algunas iglesias y construcciones de la Villa” de Colima. El 28 de febrero de 1632, otro, fortísimo, “después de un eclipse solar”, y uno devastador el día de San José (19 de marzo) de 1660, el cual “derribó todos los templos y muchas fincas de la región”.

INCENDIOS QUE QUEMAN Y AHUYENTAN. –

Por si fuera poco, dentro de los mencionados sustos provocados por sismos, erupciones y terremotos, hubo frecuentes ciclones y no pocos incendios que provocaron incluso la emigración de la gente.

Es muy significativo en este sentido un reporte de fray Antonio de Ciudad Real, quien estando de visita en el Convento de San Francisco de Almoloyan durante el 19 y 20 de febrero de  1587, escribió: “El convento se iba haciendo [otra vez] de aposentos bajos, de adobes y cubiertos de paja, porque el antiguo, que era de cal y canto (piedra de río), se había caído los años pasados con un gran temblor de tierra, y [porque] habiendo después hecho otro de madera, se quemó con el fuego que vino de una sabana y dehesa (potrero), sin poder remediarse”. 

Este siglo en particular parece que, como coloquialmente se dice, la naturaleza les tupió a los colimotes de aquel entonces. La primera de las catástrofes registradas en esa centuria fue el gran incendio acaecido el 17 de noviembre de 1600, el cual “consumió muchas casas de la villa” y provocó la emigración de varios de sus moradores, y la desilusión de otros, debido a que “en esta Villa son muy trabajosas y costosas de sustentar las casas de vivienda, porque son de paja  y todos los años hay que renovarlas… y por los incendios que han ocurrido de pocos años a esta parte”, según lo comentaba un testigo de los hechos.

Para acabarla de amolar, el año de 1613 el Virrey mandó talar todos los palmares de Colima para evitar que los indios y los españoles residentes acá se embriagaran con el vino de cocos que hacían. Dicha media desilusionó a muchos de los pobladores de la región que dependían del producto de los palmares para su subsistencia, y amenazaron con irse de aquí. Las autoridades locales se movieron entonces y buscaron el modo de combatir la determinación virreinal, la cual se redujo a no talar siempre los palmares, pero sí a prohibir la elaboración de vino de cocos. Prohibición que 14 años después fue finalmente levantada también, dado que en 1526 se presentó un terrible huracán que acabó con las numerosas huertas productoras de cacao, y por descorazonó a sus propietarios y a sus familias. Un documento oficial, fechado el 4 de marzo de 1527, dice al respecto:

“El Capitán Domingo Vela de Grijalva, vecino de la Villa de Colima, por sí y en nombre de los demás vecinos de ella, me hizo relación que el año próximo pasado de mil seiscientos veintiséis, corrió un huracán tan recio que derribó y arrancó todos los árboles de cacao, palmas de coco, frutales y cañaverales de aquellos valles, dejándolos asolados, a cuya causa muchos de los vecinos, viendo destruidas sus haciendas con que se sustentaban y obligados a trabajar de nuevo, se resolvieron a irse a otras provincias donde les pareció tenían mejores comodidades […] por lo que […] Don Juan de Sámano Quiñónez, Alcalde Mayor y capitán de guerra de aquella provincia […[ les requirió que no se desavecindasen de ella ni la desamparasen hasta [no hablar con el virrey de eso]”. 

El Marqués de Serralvo, Virrey entonces, les volvió a autorizar la siembra de palmeras y la venta de vino de cocos para convencer de nuevo a la gente de seguir viviendo en Colima, aunque, como se verá enseguida, al continuar las catástrofes menudeando, no pocos de ellos siguieron con la idea de irse.

Esta intención se les renovó a varios tras el fortísimo y devastador incendio que asoló a la empobrecida villa el 15 de marzo de 1658, quemándose “cuarenta de las cincuenta y dos casas” existentes, aparte de que murieron cuatro personas y resultaron con heridas y quemaduras varias más.

Ante esta situación, los desesperados vecinos que pasaban los días y las noches bajo la protección precaria de los árboles comenzaron a externar su decisión de irse a otra parte, por lo que Alonso Orejón, alcalde mayor, se vio precisado “a publicar un bando en el que se prohibía abandonar la villa sin su permiso y bajo severas penas”.

En esas circunstancias estaban cuando, no hallando sobre La Tierra nada que los protegiera de tanta calamidad, nuestros antepasados clamaron al cielo en busca de protección y solicitaron la venia de un santo que decidiera tomarlos como sus protegidos. De todo eso, sin embargo, les comentaré después. 

Y el Río Marabasco, como sucede casi todos los años, éste, con “Lorena” y con “Narda”, volvió a crecer.

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