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OPINIÓN

La Universidad de Colima: Una institución antidemocrática (II)

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Escrito por: Manuel Salvador González Villa.

En la primera vertiente que apunto, que es cuando se trata de elegir al rector, el papel de los estudiantes resulta directamente decisivo, aunque más ideológicamente inconsciente que conscientemente. Y es que,  la  Ley Orgánica que la U de C arrastra  desde la década de 1980, a tres sectores universitarios básicos en la constitución de su Consejo Universitario: funcionarios altos y medios, trabajadores sindicalizados, y estudiantes,  pero siendo estos últimos quien poseen el  peso mayoritario con más del 50 % en cuanto a número de votos concejiles, mientras que los otros dos sectores universitarios ni en bloque alcanzan  el 50 %, por lo que entonces: es aquí donde está el detalle clave de la incidencia estudiantil significativamente valiosa a favor de rectoría. 

Así, dentro del Consejo Universitario: a). En caso de que el rector en turno enfrentara un escenario sucesorio rectoral adverso a su control e intereses, el voto estudiantil mayoritario sería su candado seguro; b). También cuando los trabajadores sindicalizados pudieran tener un candidato a rector propio, e incluso; c). Aun cuando pudiera presentarse una coalición de intereses entre trabajadores sindicalizados y de confianza impulsando un candidato común a rector. Sin embargo, estos dos últimos escenarios es muy poco probable que pudiera suceder, por la incidencia decisiva y simultánea en ello de: la costumbre, el pragmatismo conveniente, los intereses sectoriales universitarios, y lo más importante como es la ausencia de una cultura e ideología democrática.    

En otro sentido particularmente dicho, respecto del personal de confianza universitario como lo constituyen  los altos funcionarios y directivos de los niveles medio y superior,  sencillamente impensable es que a la hora de elegir rector se le puedan voltear al propio Rector en turno cuando este decide y escoge a quien será su sucesor, y considerando desde luego  que  son lo que son laboralmente por la gracia y obra del propio rector, poseen prerrogativas de diversa naturaleza, y a la vez en forma subyacente esconden el añorado sueño de poder llegar al poder rectoral  potencialmente,  si es que el propio rector en última instancia así lo determinara en función de su sumisión, lealtad, silencio  y obediencia  y donde por supuesto el grado académico resulta lo de menos. 

Respecto del bloque de consejeros sindicalizados dentro del Consejo Universitario, quedó claro que entre estos como tales no existe ni la consciencia ideológica, ni la voluntad de lucha, ni la unión sindical, ni aun cuando pudiera ser  justa,  razonada y conveniente la bandera y demanda laboral de lucha del  líder sindical en turno, como sucedió cuando fue  el caso del defenestrado  ex secretario sindical  Leonardo Cesar Gutiérrez Chávez, quien  fue   literalmente echado por las autoridades de  la U de C solamente por reivindicar el asunto y bolsa del FOSAP, un pecado institucional que por el lado que se le vea es conveniente y prioritario  aclararse para el beneficio  de todos los trabajadores sin excepciones de la U de C., aunque eso sí exceptuando a los intereses del  Rector y sus contaditos socios de confianza.    

Entonces, dentro del Consejo Universitario de la U de C., en teoría solamente,  el bloque estudiantil resultaría el único segmento universitario que podría zafarse y actuar políticamente fuera del control rectoral a la hora de imponer al sucesor, pero también aquí todo resulta improbable,  primero porque el Rector cuenta de antemano con la lealtad y subordinación del líder de la FEC en turno ya que esencialmente para eso sirve el presupuesto universitario, además de que, y en segundo lugar  sea el propio rector quien tiene en sus manos la prerrogativa para convocar en tiempo y forma al Consejo Universitario con el propósito de sesionar y elegir al  rector sucesor. 

 De otra manera dicho,  y desde luego subrayarlo como otra paradoja antidemocrática más de la U de C y contenida en su  Ley Orgánica vigente, es el hecho mismo de que el estudiante no sólo representa el voto mayoritario dentro del Consejo Universitario en materia de elección rectoral sino también en lo concerniente a los asuntos torales universitarios,  cuando en realidad es y representa  en general al  actor o segmento universitario más  joven, apolítico,  inexperto en saberes institucionales, inducible, sin ideología definida, y sobre todo quien  posee intereses solamente mientras es universitario propiamente.  

También el estudiante es un factor de valía ideológica para las autoridades universitarias, pues su participación en la toma de decisiones universitarias más relevantes le imprime a la U de C de una velada legitimidad encubierta.  

Es entonces esencial el hecho de que en cada elección rectoral se juega el derecho, las atribuciones y en última instancia la legitimidad  para administrar y manejar el presupuesto que la federación  inyecta a la U de C anualmente,  lo que explica que sea el propio rector quien mediante convocatoria abierta por él mismo sea quien controle y seleccione cautelosamente quien sean los consejeros estudiantiles universitarios así como también el de otorgarles tal nombramiento por escrito, a  la vez que los Delegados universitarios en cada campus resultan los  operadores y quienes mediante asambleas estudiantiles desde luego inducidas siempre  por  la presencia física misma como autoridades universitarias, quienes finalmente levantan las actas correspondientes y dando fe formalmente a lo realizado.    

Decir pues que la U de C funciona y está consagrada internamente por valores y principios democráticos sobre todo cuando se trata de la elección rectoral solo lo es para el discurso oficial. Decir a la vez que la U de C tiene en el Consejo Universitario su máximo órgano de gobierno según lo califica y define la Ley Orgánica universitaria vigente, también resulta institucionalmente falso pues es la figura rectoral la única que posee y lleva la voz cantante indiscutida e incuestionablemente. 

Tampoco muy ejemplar y digno resulta que en la U de C cada vez que es elegido al rector en turno lo sea por una votación abrumadora del 99.7 % por parte del Consejo Universitario  esencialmente si consideramos que tal elección es realizada en términos abiertos bajo el supuesto tradicional  de que constituimos  una  “familia universitaria” donde todos nos conocemos, a la vez de que resulta un proceso electoral  rectoral  siempre llevado a cabo bajo fuertes  medidas de seguridad y vigilancia dentro del recinto universitario donde se realiza dicha elección. 

Finalmente puedo afirmar porque fui Consejero Universitario, que muy pocos de quienes son consejeros universitarios cuando  participan durante la elección rectoral pueden sustraerse psicológica y políticamente a la intimidante y pesada presencia y  observancia  de quienes  son los encargados del orden y la seguridad oficial de dicho evento –todos  este personal forma camisa con el logo oficial de la U de C-, además de que puede agregarse  la observación que desde que el propio rector  marca la línea de quien es el ungido a sustituirlo, en esa misma medida los consejeros ya saben por quien habrá de votarse.

En dicha ocasión y única que fui consejero universitario formé parte de esa honrosa minoría no mayor a más de 10 consejeros que votaría contrariamente a los intereses sucesorios del rector en turno previamente establecidos. Excepto nosotros, el resto de consejeros se inclinó por el preferido del rector en turno.

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