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OPINIÓN

Vislumbres. Miguel Hidalgo, Párroco de Colima

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Tercera parte y concluye.

Escrito por: Abelardo Ahumada.

EL AMBIENTE QUE SE RESPIRABA. –

De conformidad con los documentos de la época, en 1789 la muy antigua Provincia de Colima fue despojada de la categoría de  Alcaldía Mayor y, dentro de lo religioso, se involucró sin querer en una especie de litigio promovido unos pocos años atrás por Fray Antonio Alcalde, influyente obispo de Guadalajara, mediante el que le solicitó al Papa que todas las parroquias “de los partidos eclesiásticos de Colima, la Barca y Zapotlán, con los agregados de los reales de Minas de Río del Oro y del Favor de Colima”, fueran desmembradas del vastísimo obispado de Michoacán y pasaran a formar parte del suyo, en virtud de que, según se habían quejado los fieles de todas esas parroquias, hacía ya más de treinta años que ningún obispo de Michoacán las visitaba, y de que la mayoría de los clérigos que en ellas residían no promovían el desarrollo de sus comunidades, pero sí vivían, muy cómodamente por cierto, a sus expensas.

Para remediar ese reclamo, Fray Antonio de San Miguel, el obispo de Michoacán, recorrió casi toda esa región de su obispado, durante los últimos meses de 1788, y estuvo en Colima y en Tecalitlán en enero de 1789, pero todo fue en vano porque, aun cuando las mencionadas parroquias siguieron estando momentáneamente bajo su jurisdicción eclesiástica, desde el punto de vista político-administrativo, la Alcaldía Mayor de Colima dejó ese mismo año de ser tal, y quedó únicamente como subdelegación de la Intendencia (o Gubernatura) de Valladolid.

Obligado por dichas circunstancias, el capitán Miguel José Pérez Ponce de León, último Alcalde Mayor de la Antigua Provincia de Colima, se tuvo que tragar su coraje y, el 30 o 31 de mayo de 1789, hizo entrega del mando político a don Luis de Gamba González, el primer subdelegado que el Intendente, Juan Antonio Riaño y Bárcena, envió hasta Colima. Pero logró conservar el poder militar, pues con el apoyo del virrey siguió ostentando el cargo de Comandante de las Milicias de la Provincia. Hecho que – se puede inferir- provocó el disgusto de don Luis de Gamba. 

Pero el capitán Ponce ya había dado varias muestras de no ser un individuo que se conflictuara por cualquier cosa y, como tenía varias minas de su propiedad en la Sierra del Alo, decidió dejar a unos miembros de su Compañía de Lanceros bajo las órdenes de un teniente en la Villa de Colima, y se fue a vivir en Santa María de Guadalupe de Tecalitlán, el nuevo pueblo que él mismo había fundado quince años antes.

Busto del Capitán Ponce de León, último Alcalde Mayor de Colima, que se halla en el atrio del templo de Tecalitlán.

Ponce de León no era, tampoco, uno de tantos milites ignorantes, sino un hombre bastante culto para su época y tenía un gran conocimiento de todos los aspectos: político, económico y aún geográfico de la provincia que durante dos largos períodos le había tocado gobernar, y a su pluma se debían tres de las más extensas y detalladas descripciones que jamás se hubieren hecho sobre toda esa hermosa y muy poco poblada parte del occidente de la Nueva España. Siendo, además, un hombre visionario con vocación minera.

Dentro de este contexto, Ponce decidió, en 1774, sacar de la sierra a un gran número de indígenas que “sin el conocimiento de Dios”, vivían en pequeños grupos, y reunir a los rancheros criollos que vivían dispersos en el Valle de Tecalitlán, para fundar ahí mismo ese pueblo. Pero inmediatamente después, habiendo abierto la vieja mina de San Jerónimo Picietlan (en un cerro emplazado a medio camino entre Cotija y el nuevo pueblo de Tecalitlán), y habiendo encontrado otras vetas muy buenas, las noticias se desparramaron por toda la región y “una gran copia de aventureros, hombres de empresa” y gente sin trabajo, “se arraigaron en la comarca minera y coadyuvaron en la repoblación de tan apartados yermos, en donde también había mucha piedra imán. Un nuevo tesoro del que – según palabras del mismísimo Ponce de León – hasta 1775 se ignoraba su existencia”.

La llegada de nuevos gambusinos y de gente deseosa de volverse rica en la primera oportunidad, propiciaron, como ya dije, la apertura de muy nuevas minas, y así aparecieron, por aquellos rumbos; la del Real del Espíritu Santo, la de Nuestra Señora del Favor, la del Río del Oro, la de Xilotlán, la de Las Plomosas y otras más, propiciando que, con el crecimiento de la población, se multiplicaran “los robos, las borracheras, las riñas y otros delitos” que tuvieron que combatir el capitán Ponce y sus lanceros.

A raíz de que el Capitán Ponce fundó el pueblo de Tecalitlán, se suscitó un auge minero en el área y hasta el señor cura Miguel Hidalgo compró una mina por aquellos rumbos.

Migración en la que igualmente participaron algunos de los pobladores de la Villa de Colima. Los que, según palabras del ex Alcalde Mayor, eran gente muy difícil de tratar, puesto que vivían “al arbitrio de sus pasiones”; eran muy dados a “los juegos, los adulterios y al uso de bebidas prohibidas”; y se manifestaban capaces de “agavillarse” por cualquier cosa, de “jurar y perjurar a voluntad de los que les dominan” y de vivir en el libertinaje, cometiendo “innumerables ofensas al Señor”. 

Sección de un mapa elaborado por el Capitán Ponce, hacia 1789, en la que se detalla la zona minera en los alrededores de Santa María de Guadalupe de Tecalitlán.

INTERESES PERSONALES. –

Entusiasmado de algún modo por el auge minero de la zona serrana de la Villa de Colima (y por increíble que hoy nos pudiera parecer), el mismísimo padre Miguel Hidalgo y Costilla, decidió comprar o mando abrir en esos años una mina en el Real del Favor, a la que indistintamente se le menciona como Zapopan o Sapopa, y la que un año antes de irse a radicar en la parroquia de San Felipe de Jesús, en Colima, tenía o llevaba a medias junto con “un tal don Antonio Becerra”, antiguo estudiante del “Colegio Seminario de San José, en Guadalajara”, y que cuando ya fue mayorcito se trasladó al Colegio de San Nicolás, en Valladolid, donde fue su alumno de Teología Escolástica.

Complementando este punto de sus intereses personales, el día 3 de enero de 1791, el mismo bachiller Hidalgo se presentó ante “don Juan Domingo Bachyarely, justicia territorial del Partido de Maravatío”, para reclamar, mediante un poder otorgado por su “hermano Manuel, abogado de la Real Audiencia de esta Nueva España y residente en la corte de México”, la entrega  “de las haciendas de Santa Rosa, San Nicolás y parte de Jaripeo”, por las que habían pujado ambos hermanos en “el remate de los bienes de Don Marías de Rivas”, en el “pueblo de San José Taximaroa”.

Y, para cerrar con verdadero broche de oro este asunto, el mismo bachiller reclamó, al parecer en marzo de ese mismo año, la entrega de una capellanía dotada con tres mil pesos. La que le fue entregada por una orden emitida el 11 de abril, por su muy amigo y colega, “licenciado Manuel Abad y Queipo, juez ordinario visitador de testamentos y capellanías del Obispado de Michoacán”. Y con todo esto quiero afirmar que el padre Hidalgo no era, pues, un sacerdote que estuviese muy preocupado por realizar su ministerio como cualquier buen cura de pueblo, sino un presbítero con aires y desplantes de intelectual, a la vez que con intereses claramente “mundanos”, como solían decir no pocos de quienes lo conocieron y llegaron a acusar incluso ante el Santo Oficio de la Inquisición.

LOS HECHOS Y LAS HIPÓTESIS. –

Con estos antecedentes, pues, ¿cómo, por qué y para qué fue el famoso ex rector del Colegio de San Nicolás comisionado para que se trasladara hasta la más remota parroquia que por el noroeste tenía el enorme Obispado de Michoacán?

En un informe del Capitán de Lanceros de la compañía fundada por el mencionado Ponce de León, dice que “desde Colima a su capital Valladolid” quedaba “advertida su distancia por cómputo de parajes de arrieros”, haciendo un total de 79 leguas y 16 parajes. Con lo que nos quiere decir que dicho cura necesitó, igual que cualesquiera otros viajeros, 16 días para llegar desde Valladolid a Colima, o unos pocos más si se desvió hasta Pénjamo, para visitar a sus familiares.

El hecho registrado es que “el 2 de febrero de 1792 el obispo de Michoacán, fray Antonio de San Miguel […] lo nombró cura [interino] de la Villa de Colima”; que el 7 fue separado de su cargo como rector” y que, como derivación de ello, el día 10 de marzo inmediato, firmó el primer documento del que haya quedado registro en el Archivo Parroquial de Colima: un acta de bautismo de “una infanta mulata a la que puse por nombre María Guadalupe”. Lo que nos lleva a pensar que, aun sin haberse desviado a Pénjamo, el ex rector debió de haber permanecido al menos otra semana en Valladolid, antes de treparse en su bestia e irse a Tiristarán, el primer paraje de arrieros en donde se pernoctaba cuando se iba desde Valladolid hacia Colima, Guadalajara o puntos intermedios.

Pero para resumir la cuestión de por qué fue comisionado a Colima, algunos historiadores locales llegaron a suponer que el obispo de Michoacán quiso evitar que el ilustre Zorro siguiera contaminando con sus “ideas peligrosas” a los jóvenes que estaba ayudando a formar en el afamado colegio-seminario. Y que, por eso, deseando advertirle la conveniencia de moderar sus ímpetus de rebeldía intelectual, el prelado lo envió a Colima casi como a un destierro, dándole oportunidad para que recapacitara.

Contrariando, sin embargo, esta hipótesis, un investigador más moderno maneja otra en la que reflexiona: “Ser rector de un seminario no era gran cosa; [y que] ser nombrado [en cambio] señor cura de la parroquia de Colima era toda una promoción [porque mientras que] en Valladolid, ni sumando todos sus sueldos – como maestro, administrador y rector – pasó de ganar Hidalgo más de 1200 pesos anuales. Como cura de la próspera Colima, villa de españoles, ganaba 3 mil. ¿Cuál castigo? ¿Cuál destierro? El obispo manifestaba en esa forma su aprecio y su agradecimiento a uno de sus mejores alumnos”.

Igualmente se ha dicho que tal vez lo mandaron a dicha villa para que, usando la influencia que seguramente tenía con quienes fueron sus compañeros colegiales, o recibieron sus clases, pudiera convencerlos para hacer causa común y evitar que al menos las parroquias de Colima no pasaran a formar parte del Obispado de Guadalajara, que las reclamaba. Pero para ninguna de las tres hay mayor sustento. Por lo que se abre, también, la posibilidad de una cuarta: la de que él mismo haya solicitado al obispo su cambio desde Valladolid a Colima. Y esto porque, según se llegó a rumorar en la mencionada villa, el cura estaba secreta y perdidamente enamorado de doña María Antonia Pérez Sudayre, la joven esposa (de apenas 18 años) del subdelegado Gamba, con la que, al parecer, había tenido cercana amistad desde que ambos vivían en Valladolid y él (el rector) visitaba la casa de don Luis de Gamba. “Un español de Santoña, Santander, radicado en América desde hacía más de dos décadas” que, “en 1788, siendo corregidor del pueblo de Cuitzeo de la Laguna y de edad de 35 años, casó con una agraciada jovencita de sólo 13”, y que no era otra más que “doña María Antonia.

A principios de 1792, cuando los tres vivieron en la Villa de Colima, el español tenía poco más de 40, no era muy galán ni simpático que digamos, mientras que don Miguel estaba por cumplir los 39, y “era un tipo bien agestado, moreno, de mediana estatura, cargado de espaldas, la cabeza algo caída sobre el pecho; voz dulce, obsequioso, complaciente y de ojos verdes muy vivos”.

Nadie sabe a ciencia cierta qué fue realmente lo que sucedió en esa venida de Hidalgo a Colima, pero sí obra en documentos que un poco antes de retirarse de dicha villa para irse a San Felipe Torres Mochas, “hizo gentil donación a la joven esposa del subdelegado de sus minas de Zapopan, de las cuales ella tomó posesión en principios de 1793 por medio de su apoderado D. José María Armendáriz”. Y ¿quién le dona una mina a una mujer nada más porque sí?

Los rumores sobre los presuntos amoríos del padre Hidalgo y doña María Teresa Pérez parecen haberse mantenido en un buen nivel de discreción, pero sucedió que “el 14 de abril del año del señor de 1793, yo el Bachiller José Antonio Díaz, exorcicé, puse el Santo Óleo y Crisma, a una infanta española de catorce días de nacida [a la] que puse por nombre Mariana Francisca Teodosia Paula, hija legítima de don Luis de Gamba González […] y de doña María Antonia Pérez de Zudayre”. Una niñita que, en noviembre de 1810, convertida ya en una hermosa señorita, acompañó al Generalísimo padre Hidalgo, desde Valladolid hasta Guadalajara, y a la que no pocos de la tropa insurgente que vieron el trato que le daba y las consideraciones que le tenía, llegaron a creer que era su hija. 

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