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Los niños sicarios de Colima

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Hace unos días trascendió una información publicada por el diario nacional El Universal en el sentido de que durante poco más de 12 años la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) detuvo a 306 menores de edad sicarios en Colima.

La extrema gravedad de la situación se refleja a través de varios aspectos de análisis, entre ellos el hecho de que en números absolutos Colima ocupa el cuarto lugar nacional en materia de niños sicarios detectados, tan sólo después de Tamaulipas, que registró mil 116 casos; Nuevo León, 542; y Guerrero, 497.

Sin embargo, el panorama se torna aún más desolador cuando se realiza la clasificación de manera proporcional, por volumen de población, pues bajo ese criterio Colima se coloca en el primer lugar nacional en la tasa por número de habitantes.

Si bien dentro del creciente fenómeno de la violencia la numerología más importante, lamentable y triste es la de las víctimas de homicidio y desaparición, no se puede dejar de lado la deshumanización proveniente desde los integrantes de la delincuencia, por el sufrimiento y las torturas provocadas a las víctimas antes de asesinarlas, así como el daño causado a familiares con los descuartizamientos de cadáveres y la angustia y zozobra generada por la desaparición de sus seres queridos.

Y un aspecto más que debe causar gran preocupación a la sociedad es la gran proporción de menores de edad que son reclutados por los cárteles del narcotráfico para convertirlos en pistoleros a sueldo, que de acuerdo con la información del rotativo nacional, obtenida vía ley de transparencia, fueron más de cinco mil en todo el país.

Según especialistas citados por el diario, la incorporación de jóvenes a las filas del crimen organizado se ha dado porque éstos no tienen oportunidades de tener una educación de calidad o un trabajo digno.

“Para la delincuencia organizada es atractivo usar a menores de edad, porque, en caso de ser capturados, las penas que reciben no son muy largas y el número de sentencias es muy bajo”, dijo un reconocido experto en temas de seguridad, en tanto que el Instituto Nacional de Ciencias Penales (Inacipe) detalló que aunque los cárteles entregan poco dinero a los jóvenes, éstos colaboran porque no tienen otra forma de salir de la pobreza.

El asunto de los niños sicarios no es nuevo en México ni en Colima, pues tiene cerca de una década que empezó a ser tratado. De hecho, la discusión sobre el tema se vio enriquecida con la publicación del libro “Niños en el crimen”, en 2013, por parte del periodista Julio Scherer García.

En la que sería su última obra, el fundador de la revista Proceso, fallecido en 2015, advirtió:

“Ya se puede hablar de niños asesinos, menores de 12 años que tienen la fuerza suficiente para sostener un arma y disparar con la sangre fría de un adulto. Informes que he tenido a la vista detallan casos flagrantes de este fenómeno. Desde siempre se ha unido la imagen de un niño con una pelota y el juego, ahora ya es posible unir esa imagen con un arma mortal”.

Añadió: “Los niños criminales son una realidad hoy difícil de ocultar. Sus delitos se dan por el hambre, los harapos, la mugre y el frío; hurtos cometidos en solitario o en pandillas. Asesinan sin noción del significado de la muerte, y matan en la conciencia de la vida. Ante los expedientes que leo, la pregunta cobra sus derechos: ¿qué oculta el alma del niño asesino?

“Pienso simplemente que la realidad se obstina en la zozobra y constato los rostros sin fin, la cadena de sus secuestros y los crímenes a los que se entregan los adolescentes. Crece el sadismo entre los muchachos que torturan”.

Frente a esta realidad magistralmente descrita y exhibida desde hace unos años por la pluma de Don Julio Scherer García y ante los números conocidos recientemente sobre los niños sicarios, se agiganta la urgencia de que las autoridades tomen cartas en el asunto no con el afán de buscar castigo para estos menores que también son víctimas, sino para generar condiciones y medidas preventivas que les permitan un desarrollo sano.

Los gobiernos de José Ignacio Peralta Sánchez, en el estado, y de Andrés Manuel López Obrador, en el país, tienen ante sí el reto de atender de manera integral ese fenómeno, que, lo reconozcamos o no, forma parte de la tragedia humana que vive actualmente México.

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