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Vislumbres. Miguel Hidalgo Párroco de Colima

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Escrito por: Abelardo Ahumada.

RECONSTRUCCIÓN DE HECHOS. –

En la madrugada del 25 de agosto de 1792, el padre Miguel Hidalgo y Costilla no participó en la primera misa porque la noche anterior estuvo en una tertulia a la que asimismo asistieron, don Luis de Gamba González, Subdelegado de la Intendencia de Valladolid en Colima; doña María Antonia Pérez de Zudaire, su distinguida esposa; don Miguel Mata, Administrador de Alcabalas de la Villa de Colima; el padre Francisco Ramírez de Oliva, Sacristán Mayor de la Parroquia; don Pablo Duesso, administrador de las Rentas Reales del Tabaco; doña Francisca Pérez de Ayala, su señora esposa, propietaria de la hacienda de La Estancia; el coronel Diego de Lazaga, representante provisional del Virrey para ciertos efectos, y otros prominentes personajes de la muy pequeña cabecera de la Subdelegación. Tertulia en la que antes de que se retiraran las señoras y se quedaran los señores para el juego de naipes, el señor cura Hidalgo deleitó a los presentes con algunas piezas interpretadas magistralmente en el violín.

Se levantó, pues, un poco tarde el señor cura, pero no tanto como para no participar en el desayuno en el que, como todas las mañanas, hicieron acto de presencia también, el padre Ramírez y el ya muy anciano bachiller Felipe Ignacio Ruiz de Ahumada, porque el padre José Antonio Baquedano, teniente del cura, había salido en bestia, poco antes de que alumbrara el sol, hacia el poblado indígena de Taxinastla, para santoliar a unos pobres niños y a unos viejos que, según informes que le transmitieron la víspera los frailes del Hospital de San Juan de Dios, estaban muy enfermos, a causa de unas extrañas fiebres llamadas “tercianas”.

No leyó tampoco esa mañana el padre Hidalgo el Breviario, pero hacia las diez horas recibió en la oficina parroquial a un joven mulato que llegó, según eso, a correr los trámites necesarios para casarse.

  • Pásale, joven, siéntate en esa silla y dime qué es lo que te trae por aquí – le dijo cortésmente el señor cura.
  • Pos verá usté, me quiero casar y me dijeron que primero debía venir a apuntarme aquí para que corrieran las monestaciones.
  • Ah, muy bien. Qué bueno que estés dispuesto a casarte por la ley de Dios y no vivir en amasiato, cometiendo pecado… Te voy a preguntar algunas cosas y tú me vas a contestar con toda honestidad, aquí delante de Dios, en el entendido de que si en algo mientes serás reo de condenación eterna.

Con cierta parsimonia y tratando de ocultar el aburrimiento que le representaba recitar las fórmulas que canónicamente el cura estaba obligado a hacer, dio inicio con la primera, y poco a poco las fue anotando:

“En la Villa de Colima, a veinticinco días de agosto de 1792. Ante mí, el bachiller Don Miguel Hidalgo y Costilla, cura interino de este partido, compareció un hombre que dijo llamarse Juan Marcelino García, y que para mejor servir a Dios quería contraer matrimonio según orden de nuestra santa madre Iglesia con Micaela Josefa Soto, y para el efecto desde luego, habiéndole yo explicado la gravedad del juramento y de la materia, [así como la] obligación de decir verdad en el caso, pecados en que incurre, penas eternas y temporales a que de lo contrario se sujeta, le recibí juramento, que hizo en toda la forma por Dios nuestro señor y la señal de la Santa Cruz, ofreciendo bajo su fe decir verdad en cuanto supiere y fuere preguntado, y habiéndolo examinado con arreglo a la instrucción general de su asunto, dijo: Que se llama Juan Marcelino García, originario del pueblo de Tecolotlán, del obispado de Guadalajara, y vecino de esta villa desde pequeño, de calidad mulato libre, de edad de veinticinco años, hijo legítimo de Pedro García, que vive, y de Mariana Aguilar, difunta. [Y preguntado sobre] su estado, [declaró ser] soltero, que siempre ha vivido en esta villa, que no ha tenido vecindad ni residencia considerable en otra parte, y que, con efecto, quiere contraer matrimonio con Micaela Josefa Soto, originaria de esta villa, doncella, como de veinte años de edad”, etc.

Y habiéndole, al final, leído en voz alta el acta al compareciente, éste “no firmó por no saber”, y el padre Hidalgo, en consecuencia, dio “fe de ello”, y asentó su rúbrica.

Unos momentos después, que el padre aprovechó para beber un sorbo de agua, entró la “pretensa”, a la que amonestando e interrogando del mismo modo, le preguntó, entre otras cosas si no tenía parentesco por consanguinidad con su pretendiente, si no tenía ella “pendientes esponsales con otra persona” o con algún “hermano de su pretenso”; si no había pronunciado antes votos de castidad o algo por el estilo, y si no acudía  al sitio (y al matrimonio) “sugerida, engañada, forzada o compelida” por alguien más. Preguntas a las que la joven mulata dio las adecuadas respuestas que quedaron en el acta. Misma que, después de que le fue leída, dejó igualmente sin firmar, por no saberlo hacer.

A cuatro testigos más entrevistó el señor cura, preguntándoles si conocían a los pretendientes, y desde cuándo; si tenían noticia de ser gente honesta, creyente, con medios para sostenerse y sin impedimento alguno para contraer matrimonio. Coincidiendo todos en decir que así eran, con la única diferencia que cada cual hizo respecto al tiempo que tenían de conocerlos.

Así que, tras de haberles tomado sus juramentos en “en toda la forma por Dios nuestro señor y la señal de la Santa Cruz”, dio por terminadas las entrevistas y les pidió a los contrayentes que volvieran una semana después, para dar tiempo a que corrieran las amonestaciones. 

Acto seguido, el padre se levantó de su asiento, atravesó un pequeño patio, cruzó por entre las cruces del antiguo camposanto de la villa, observó a los últimos clientes y vendedores del tianguis que desde dos siglos atrás se ponía en la Plaza Real y, calándose el sombrero sobre su incipiente calva, atravesó en diagonal la plaza hacia donde estaba el Curato. Entró a su habitación, se despojó de la negra vestimenta que solía llevar, se quedó en mangas de camisa y, mientras llegaba la hora de la comida, abrió las Tristias de Ovidio y leyó cinco o seis poemas, solidarizándose tal vez con él, cuando vivió una época de destierro.

Actual capilla de la ranchería de San Vicente, municipio de Pénjamo, Guanajuato. Y en primer plano, las pocas ruinas que quedan de la casa en donde nacieron José Joaquín, Miguel y Mariano Hidalgo y Costilla, curas tonsurados los tres.

El calor húmedo de Colima molestaba en grado sumo al ex rector del Colegio de San Nicolás, acostumbrado a vivir desde niño en la muy templada y a veces algo fría Valladolid, por lo que después de comer se tendió en una hamaca del corredor y durmió una siesta. 

Con el mismo desgano celebró la misa de siete y sólo fue cuando salió del templo, ya a oscuras, cuando comenzó a sentirse aliviado del cotidiano bochorno, al pensar que un rato más tarde habría de volver a ver a la mujer que, según se rumoraba, se fue siguiendo desde Valladolid…

Y cinco días más tarde habría de ser el mismo cura Hidalgo el que escribiría esta nota bajo los datos de las entrevistas que mencionamos al principio:

“Se publicó la información antecedente del matrimonio [de Juan Marcelino García con Micaela Josefa Soto] durante las misas solemnes en tres días festivos que fueron el 26, el 28 y el 31 de agosto, sin que [ningún feligrés, conocido y agraviado de los pretendientes] manifestara ningún impedimento”.

Pero ¿por qué causas y con qué propósitos había se había ido el notable penjamense a radicar en Colima? ¿Cuál o cuáles eran los verdaderos motivos por los que uno de los más afamados intelectuales del extensísimo Obispado de Michoacán estaba en tan remota parroquia?

LAS CAUSAS AJENAS Y LOS MOTIVOS PERSONALES. –

Para motivar la lectura de este texto me tomé la libertad de tratar de imaginar cómo pudo haber sido uno de los días habituales que durante su estancia de poco más de ocho meses vivió (y tal vez padeció) el segundo de los hermanos Hidalgo, en uno de los pueblos más alejados de su antiguo espacio laboral. Pero la idea que me movió a tomarme tal licencia y presentar este escrito es la de hacer resaltar el dato de que, independientemente de cuáles hayan sido las causas (y las intenciones) que lo llevaron a vivir en la diminuta Villa de Colima, ese traslado implicó su liberación respecto a las responsabilidades que durante tantos años lo mantuvieron arraigado en el colegio al que, habiendo ingresado como estudiante a los 12 y medio de edad, sólo pudo abandonar poco antes de cumplir 40, luego de haber sido catedrático de muy diversas materias, ecónomo, vicerrector y rector.

La de San Felipe de Jesús, Colima, fue, pues, su primera parroquia. Llegó a ella en marzo de 1792 y se retiró de la misma a finales de noviembre, o a principios de diciembre de ese mismo año. Pero ¿por qué y para qué -insisto- realizó ese cambio tan drástico en su carrera?

Sobre este punto se han ensayado varias posibles respuestas, y dos de ellas nada tendrían que ver con su decisión personal, pero otra sí, y de manera muy fuerte y comprometedora.

En cuanto a las que tal vez le fueron ajenas, se ha dicho, por ejemplo, que como rector y catedrático de la máxima institución educativa del Obispado de Michoacán, Hidalgo había comenzado a promover la difusión de algunas “ideas muy peligrosas” en contra del rey y sus dictámenes, su obispo lo llamó para indicarle que cesara en esa conducta, pero que, no habiéndole hecho caso, lo depuso de la rectoría y lo envió como castigo a Colima.

Reproducción interpretativa del plano original que, estando en la Villa de Colima, entre 1791 y 1792, dibujó el coronel español Diego de Lazaga. El actual se debe a la pluma de nuestro ya desaparecido amigo y cartógrafo colimense, Elías Méndez Pizano. 

Algunos de los investigadores que han estudiado esa parte de la vida de Hidalgo coinciden en señalar que, en efecto, él estaba muy enterado del movimiento de La Ilustración en Francia, de los escritos de Los Enciclopedistas y de los más recientes acontecimientos, tanto de la Guerra de Independencia de Las Trece Colonias (hoy Estados Unidos) respecto de Inglaterra, como de la Revolución Francesa que todavía en 1792 estaba propiciando grandes cambios sociales, en los que los monarcas ya no tendrían cabida. Pero, por otra parte, hay ciertos indicios de que habría sido el mismo Zorro (apodo con el que se le conocía desde muy joven), quien, enfadado tal vez de vivir tanto tiempo entre los muros del colegio, habría pedido su cambio a una parroquia.

Y en ese sentido tengo a la vista la transcripción de un documento en el que se comprueba que, el 31 de mayo de 1788, fray Antonio de San Miguel, “obispo de la santa iglesia de Valladolid de Michoacán […] por derecho [que tiene concedido] por bulas pontificias [para otorgar] toda clase de dignidades, canonjías, raciones, medias raciones, curatos y beneficios de las iglesias catedrales”, etcétera, [entregué] con el consentimiento de mi Virrey de esta Nueva España, la sacristía mayor del pueblo de Santa Clara del Cobre […] al bachiller don Miguel Hidalgo, atento a concurrir en su persona las partes de suficiencia y demás calidades necesarias” para ejercer dicho cargo.

Y tengo a la vista, igual, otro del 18 de junio inmediato, por el que el “Canciller don José María Jáuregui Villanueva […] escribano mayor de gobierno y guerra de esta Nueva España”, se da por enterado del nombramiento ya dicho de Hidalgo, asentándolo “en el libro de cancillería número 4, fojas 261 y vuelta”. Y otro de la misma fecha, firmado por el mismo cura Hidalgo, en Valladolid, en el que ostentándose como “clérigo presbítero […], catedrático de Teología Escolástica y vicerrector en el Real y Primitivo Colegio de San Nicolás”, le pide a un tal “Señor Subcolector de media anata” (el que recolectaba los pagos que tenían que hacer los clérigos por el beneficio de haber sido nombrados párrocos, sacristanes o capellanes de equis lugares) que se registre el nombre “de don Pascual Antonio de Goizueta, vecino y del comercio de esta villa (de Valladolid)” como su fiador para el pago de “la fianza” que le era necesario entregar para poder convertirse en el Sacristán Mayor de Santa Clara del Cobre. 

No hay, sin embargo, en el libro consultado, ningún otro documento que nos diga que Hidalgo haya, en efecto dejado el Colegio para irse a Santa Clara como Sacristán Mayor, pero como lo encontramos poco después ya convertido en rector del mencionado colegio, es lógico suponer, que, o no le convino moverse o que, tomando en cuenta que por aquellos días, el obispo de San Miguel promovió al viejo rector como canónigo, Hidalgo quedó en su lugar y ya no promovió más cambios, hasta que lo castigaron en efecto desterrándolo como quien dice a Colima, o él mismo promovió su cambio por un interés muy personal.

Continuará.

El padre Miguel ingresó al Real y Primitivo Colegio de San Nicolás, de Valladolid, hoy Morelia (casona de la izquierda) a los 12 años y medio, y salió de allí hasta los 39, luego de haber sido catedrático, ecónomo, vicerrector y rector del mismo.

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