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OPINIÓN

Vislumbres. Un rápido viaje al norte

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Los jesuitas realizaron, durante muchas décadas una gran labor civilizadora en la Tarahumara, ésta es una de sus más famosas misiones, en Cerochui, municipio de Urique, Chihuahua.

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Los jesuitas realizaron, durante muchas décadas una gran labor civilizadora en la Tarahumara, ésta es una de sus más famosas misiones, en Cerochui, municipio de Urique, Chihuahua.
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Tercera parte y concluye.

Escrito por: Abelardo Ahumada.

EL VERDADERO PRINCIPIO DEL VIAJE. –

Fue poco antes del amanecer del 11 de agosto de 1972 cuando el autor abordó por primera ocasión en Mochis, “El Chepe”. La vida lo había separado durante un año de su familia y llevaba la doble finalidad de conocer los paisajes de la región Tarahumara, de los que tanto había oído, y de sorprender a su madre, en Ciudad Juárez, Chihuahua, el 13, día de su cumpleaños.

Las poderosas locomotoras cobraron impulso y, poco a poco, el tren avanzó por la extensa y caliente planicie costera, sin que por ninguna parte fuesen visibles aún las colosales montañas de la Sierra Madre Occidental.

Había llovido mucho ese verano, y el peculiar olor de la tierra mojada y sutil aroma de las diminutas flores de los huizaches penetraban por las ventanas abiertas del tren, en un tiempo en el que no se acostumbraba usar los aires acondicionados

No había entonces ninguna carretera por aquellos rumbos y sólo unas brechas y el ferrocarril posibilitaban el transporte de carga y pasaje por aquella vastedad de tierras incultas. Un largo e impresionante puente curvo nos atravesó sobre la corriente del hermoso Río Fuerte, mientras se alcanzaban a perfilar los cantiles cada vez más altos, abismales, indescriptibles, de las imponentes montañas por donde tendríamos que cruzar. 

Varias personas estaban de pie en las plataformas que hay entre vagón y vagón para apreciar mejor las maravillas serranas. Algunos viajeros dormían, sólo unos pocos leían y la mayoría conversaba; sin que ninguno pudiese soñar (o imaginar) que los turistas de los años futuros hubiesen de distraer la modorra del viaje con sus teléfonos celulares en vez de ir contemplando el río junto al que los inteligentes ingenieros constructores tendieron las vías paralelas, o de ir observando, con la respiración a veces contenida, los gigantescos acantilados y las vertiginosas escarpaduras de los cerros que los pasajeros de aquel 11 de agosto de 1972, íbamos viendo sin ocultar la admiración que sentíamos frente a esa gran obra “del Arquitecto del Universo”.

Y fue en esos precisos momentos cuando empezó mi enamoramiento con una de las zonas más abruptas y hermosas de todo el país…

El turismo ha descubierto la hermosa región. Ése es un el altísimo mirador instalado en uno de los bordes del Cerro del Gallego.

DE OBRERO Y SEMINARISTA A PROFESOR DE PRIMARIA. –

Pasaron cinco años y dos meses. La vida me había puesto otra vez en Ciudad Juárez, me había internado en el Seminario Regional del Norte y me había sacado después para trabajar de obrero en una maquiladora y como profesor de dos secundarias particulares, durante el ciclo escolar 76-77. Siendo en ese año de novedosa práctica magisterial cuando decidí convertirme en profesor para siempre.

En mayo de 1977 envié una carta escrita a mano al Director Federal de Educación en Chihuahua, explicándole quién era yo y que me gustaría trabajar como profesor en la Sierra Tarahumara… No sé, pero mi carta debe de haberle caído bien al profesor, porque el hecho fue que (cosa increíble en la burocracia de la SEP), a los 10 días me contestó: “Estudie Nivelación Pedagógica en alguna Normal durante los cursos de verano, y en septiembre preséntese usted conmigo, con esta carta y sus constancias de estudios”.

Me adelanté dos días a su indicación y llegué al Palacio Federal de Chihuahua el 31 de agosto. Las escaleras y todos los espacios disponibles del enorme y hermoso edificio estaban llenos de jóvenes profesores recién egresados de las normales de todo el país que ya llevaban sus plazas asignadas, mientras que yo sólo llevaba dicha cartita.

En algún momento pasadas las diez logré colarme hasta el escritorio de la secretaria particular del director, le mostré mi carta. La alta mujer la leyó y en sus ojos se tornaron brillantes, como queriendo llorar: “El profesor Fernando Ahuatzin Reyes, al que usted dirigió esta carta, falleció en julio, en un accidente en una carretera de Puebla … Hoy hay un nuevo director y quién sabe si quiera recibirlo… Pero véngase después de las 2 de la tarde y haré la lucha para meterlo a su oficina”.

¿Sería milagro? No sé, pero lo cierto fue que aquel nuevo director leyó la carta, se hizo rejego un momento y, sin comprometerse a dar trámite a mi solicitud, me explicó: “Mire, joven, su planteamiento me parece interesante, pero tengo que asignarle sus plazas y distribuir en el Estado a todos los quinientos profesores ti-tu-la-dos que vio usted esta mañana aquí. Vuelva a finales de octubre y entonces veré si puedo darle una”.

Le agradecí entonces a Magda, su secretaria, y me regresé a casa, con mis papás, en donde duré mes y medio llevando fayuca desde El Paso, Texas, a Ciudad Juárez. Aprovechando un día para comprar una crema facial, pinturetes para los labios y unos chicles que estaban de moda, para regalarle a mi futura amiga.

La madrugada del 16 de octubre abordé el autobús; creo que fui el primero en saludar a Magda y, para no alargar más el cuento, como a la una de la tarde del día 18, luego de haberme vuelto a entrevistar con el director de Educación Federal, como que la pensó unos segundos, se levantó de su escritorio, abrió la puerta de su despacho y le dijo a Magda: “Asígnele una plaza como maestro de grupo en el medio rural y que pase mañana por su oficio de comisión”. – ¿A dónde lo mando? – A donde usted quiera… Y ella, por ayudarme, me quiso enviar a Namiquipa, un pueblo de la llanura, al pie de la sierra, en donde yo sabía que durante el invierno hacía un frío que taladraba los huesos, y le dije que yo era de Colima, de un pueblo muy tibio, tirando a caliente, y que el frío muy intenso casi me paralizaba: “¿Por qué no me manda a Urique?” – Le pregunté. – ¿Tan lejos? – me respondió sorprendida. – Sí, pero he leído que allá hay un clima tropical muy parecido al de mi tierra, y creo que voy a estar muy bien… Ella sonrió y anotó: “Urique”, y me dijo: “Tiene tres días hábiles para presentarse en estación Creel, con la profesora Luz Rascón, inspectora federal de la zona”. Era el 19 de octubre de 1977.

ESTACIÓN CREEL. –

En esos años hasta Creel sólo llegaban el tren y camiones madereros por brechas dificilísimas, y “en pura primera”. No había luz eléctrica, ni hoteles ni restaurantes como hay hoy, y existía un gigantesco aserradero en cuyos patios podían los pasajeros del tren ver apilados bosques enteros.

En medio de esa aparente quietud vivían ahí unos antiguos compañeros del Seminario, que estaban estudiando Teología con el asesoramiento de al menos un par de curas. Entre ellos un jesuita que se llamaba Carlos Bravo, al que yo había conocido en Ciudad Juárez, y que tenía parentesco con gente de Manzanillo y Colima. Y con ellos me fui a hospedar.

Mi inspectora tardó varios días en aparecer, primero porque andaba recorriendo (en bestia, a pie, en lancha y camiones cargueros) algunas de sus muy dispersas escuelas, en una zona escolar terriblemente montañosa, casi tan extensa como el estado de Colima, y segundo porque, en cuanto regresó a Creel, un radiograma le informó del fallecimiento de su querido suegro…

Cuando finalmente volvió, me dijo que en el aserradero “equis”, había renunciado un profesor, y que allá me iba a mandar. Pero utilizando el mismo argumento que con su Director General, le pedí que me enviara a Urique, y como ella recordó que ahí estaba un colega muy joven de quien había recibido varias quejas “porque le gusta coquetear con sus alumnas de quinto y de sexto”, decidió enviarme en su lugar, indicándome que no hiciera lo mismo.

En la mañana siguiente el tren pasajero iba lleno y no nos dejaron abordar. Pero en la tarde, como a las 4, llegó un tren de carga y la inspectora me dijo: “Ahorita vuelvo. Ahí le encargo mis cosas”. Y en efecto volvió, acompañada del conductor, y nos subimos en el cabús, un carromato amarillo que iba en la parte posterior del convoy, en el que la inspectora tenía un permiso especial para viajar, y en el que había bancas para sentarse, dos mesas para varios usos y una chimenea de leña que caldeaba el ambiente.

Dormimos esa noche en el pueblo de Bahuichivo. Ella en la casa de una pareja de maestros yucatecos que ya tenían varios años radicando allí, y yo en el piso de un salón de la escuela, padeciendo uno de aquellos temibles fríos.

Los profesores nos invitaron a desayunar y, terminando, la maestra me indicó el inicio de una brecha: “Por ahí se va a Urique. Tendrá que pedir varios ráites a los camioneros”.

Dos horas de espera y por fin se detuvo uno que iba hacia esos rumbos… Pasamos por una orilla de un muy bonito pueblo serrano que se llama Cerocahi, antigua misión de jesuitas. Seguimos subiendo hacia el aserradero de Mesa de Arturo, en donde rodeadas totalmente de altísimos pinos, había unas cuantas casas distribuidas como en un rectángulo un poco más amplio que una cancha de futbol, y en medio de aquella extensión sin árboles, pilas y pilas de tablas y tablones recién cortados, ya listos para ser llevados a la estación del tren.

Dormí esa noche allí en una casita de tablas donde me rentaron un catre “de tijera”, en el que para mi buena fortuna había un par de gruesas cobijas rústicas hechas totalmente de lana por manos tarahumaras. Y en la mañana siguiente, luego de saborear (es un decir) una taza de mal café y unos huevos fritos con “Manteca Inca”, abordé una camioneta de doble rodado, en cuya cabina íbamos, como sardinas en lata, don Arturo, su dueño; el chofer, un niño y yo.

Las verdes pineras se desparramaban hacia todos los rincones que, entre curvas, trepadas y descensos nos tocaba ver. Por fin, después de media hora de rodar, y de que con inteligentes preguntas don Arturo “semblanteara”, al joven colimote, me dijo: “Mire, profesor, desde aquí comienza a verse la barranca de Urique” … Me quedé alelado: el espectáculo de montañas y profundidades abismales que se abrió ante mis ojos superaba cualquier posibilidad que el mejor escritor pudiese tener para tratar, mínimamente, de describirla. Pero luego que nos aproximamos a la barranca mi asombro se tornó en temor porque, como ellos me habían cedido el asiento más pegado a la puerta del copiloto, vi que en una de las estrechísimas y retorcidas curvas de la espantosa brecha por la que íbamos transitando, una de las cuatro ruedas de atrás ¡pasó por el aire, y la otra por la pura orilla del voladero!

Don Arturo y el niño debieron de notar mi gran susto porque se miraron a los ojos y sonrieron como de común acuerdo.

No puedo, aunque quisiera, decir más en tan corto espacio del que dispongo, pero luego de una hora y pico descendimos los más de 1600 metros que hay desde la cima del cerro El Gallego hasta las azules aguas del Río Urique, ¡llegando sanos y salvos al pequeño caserío! Un pueblito de una sola calle, como de cinco cuadras de largo, construido en paralelo con un muy largo, ancho y profundo remanso del hermoso río.

UN VIEJO AMOR. –

Hay un antiguo tango que dice que “ya adivino el parpadeo/ de las luces que a lo lejos van marcando mi retorno. / Son las mismas que alumbraron/ con sus pálidos reflejos/ hondas horas de dolor. / Y aunque no quise el regreso/ siempre se vuelve al primer amor” … Y otra canción mexicana que coincide con ese tango al expresar: “Que un viejo amor/ no se olvida ni se deja/ que un viejo amor/ de nuestra alma si se aleja/ pero nunca dice adiós”. Canciones de las que hoy me quiero valer para expresar que yo me enamoré de la Sierra de Chihuahua desde aquella primera vez que la vi en agosto de 1972, y que, si fuera posible más amor, lo tuve (y lo tengo) del pueblo de Urique, su entorno y la gente que me tocó conocer durante los dos ciclos escolares que viví allí. Un sentimiento que es muy probable que la mayoría de los lectores no pueda entender, pero que lo entenderán todos aquellos, profesores rurales, curas de pueblo, enfermeras, médicos y demás trabajadores que, desterrados tal vez por la necesidad económica de sus propias casas, tuvieron la oportunidad de irse a laborar en lugares remotos, aislados, en los que, una vez concluidas sus labores cotidianas, lo único que les tocaba por hacer era convivir con la gente.

Yo conviví y jugué muchísimo con numerosos niños de Urique, fueran mis alumnos o no lo fueran. Llegué a ser amigo de varios de sus papás. Logré aprender los nombres y los apellidos de casi todos los 800 habitantes. Me grabé sus rostros y, hoy, cuarenta y dos años después de haber llegado allí por primera vez, volví, con mi mujer y mis hijos que, igual que yo, se impresionaron al ver, desde las partes altas de El Gallego, la profundísima hondonada que el Urique cavó a lo largo de millones de años.

Ya hay muy pocos de mis conocidos viviendo allí, y muchos de los señores ya fallecieron, pero me encontré con al menos un viejo amigo y con unos queridos ex alumnos, canosos ya, que, según me di cuenta, me recordaban con cariño también. Siendo ésa, para mí, otra bendición de Dios.

He aquí una hermosa toma de la barranca más honda de todo el país con el río Urique al fondo, discurriendo hacia Sinaloa.

PIES DE FOTO. –

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4.- Esta es la tienda de La Central, “casa grande” de Urique, desde donde la compañía minera Mendoza & Nessbit explotaba la muy famosa mina de “La Patrona”, gran productora de plata, oro y otros metales asociados.

5.- He aquí a mi pequeña familia conviviendo con mi amigo “Catano” y algunos de mis ex alumnos.

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