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Vislumbres. Un rápido viaje al norte

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Escrito por: Abelardo Ahumada.

En 1967 mis padres salieron de Colima en busca de mejor fortuna, y nos llevaron a vivir a la fronteriza Ciudad Juárez. Diez años después, Dios, la suerte o el destino me llevaron a trabajar como profesor en la Sierra Tarahumara. Dos viajes y dos estancias que marcaron mi ser.

Motivado por ese “marcaje”, duré casi tres décadas deseado llevar un día a mi mujer y a mis hijos a ese sitio de Chihuahua, para poder mostrarles una parte siquiera de lo que me tocó entonces conocer, pero con las ganas también de compartir a todos ustedes, queridos lectores, un poco también de lo que nos tocara vivir en este viaje por la Tarahumara, un viaje que desde mi muy humilde perspectiva deberían realizar todos los mexicanos cuando menos una vez en su vida.

Salimos de Colima el sábado 27 de julio a eso de las cinco de la mañana, atravesamos todos Jalisco y, muy cerca de las 10 ya estábamos en Moyahua, Zacatecas, almorzando unos deliciosos burritos norteños, mientras veíamos hacia el noroeste, muy cerca del río Juchipila, las escarpaduras del gigantesco Cerro del Mixtón, en donde, “en singular combate” contra los nativos de allí mismo, perdió la vida Pedro de Alvarado, el famoso y cruel conquistador, compañero de Cortés.

Decidimos no entrar a Zacatecas y continuar directo hacia Torreón, en donde pernoctaríamos, pero antes de llegar allá tuvimos la oportunidad de toparnos con kilómetros y más kilómetros de llanuras incultas y totalmente desoladas en las que a manera de oasis, aparecen de tanto en tanto algunos pequeños pueblos y diminutas rancherías en las que uno, nacido en el verdor colimote, no logra explicarse cómo y por qué hay personas que viven allí, como separados del mundo, en medio de aquella espantosa resequedad.

Ya en la tarde, sin embargo, comenzamos a ver una franja muy amplia de árboles y tierras cultivadas ante la que los rostros de mis hijos experimentaron un franco asombro: “Es el Valle del Río Nazas – les comenté- uno de los tres más grandes ríos interiores que se desprenden de la Sierra Madre Occidental y no desembocan en el mar”.

En toda esa zona (que es donde asimismo inicia la famosísima Región Lagunera, de la que forman el principal conjunto urbano del centro de la Altiplanicie las ciudades de Lerdo, Gómez Palacio, Matamoros y Torreón) le tocó trabajar al profesor José Reyes Pimentel Sánchez, un colimense notable, nacido en Suchitlán, Colima, en 1899. Mismo a quien, durante el periodo de gobierno del presidente Lázaro Cárdenas, le tocó organizar las labores educativas que durante toda esa época se realizaron en la multitud de centros de población ejidal que se crearon en la Región Lagunera, actual punto de confluencia de las zonas industriales de los estados de Coahuila y Durango, en donde a su vez existe la cuenca lechera más grande de todo el país.

TORREÓN. –

Contra todo lo que se pudiera suponer, Torreón no es una ciudad antigua sino más bien reciente, porque no surgió como tal durante el virreinato, sino cuando don Porfirio Díaz decidió construir una vía del ferrocarril que desde la capital del país fuera precisamente, hasta la frontera norte, cruzando posteriormente el Río Bravo, a la altura de Ciudad Juárez, hasta concluir en Santa Fe, en una intersección con un ferrocarril estadounidense que  cruzaba Texas,  Nuevo México y Arizona.

Nos contaba el profesor Matías Rodríguez Chihuahua (recién fallecido cronista de Matamoros, Coahuila), que a principios de 1883, cuando ya la construcción de la vía férrea iba avanzando por el desierto, un empresario estadounidense llamado Andrew Eppen, que seguramente tenía información privilegiada respecto a donde habrían de situarse las estaciones del ferrocarril, llegó a la zona, observó su gran potencial agropecuario y compró un gran predio a la gigantesca hacienda de San Lorenzo de la Laguna, cuyos dueños no estaban enterados del uso que pretendía darle el gringo. Pero que, oh sorpresa, resulta que, en un punto de ese gran predio, justo a la orilla del caudaloso Nazas, se iban a construir una estación del tren y un gran puente para cruzar el río, por lo que las áridas tierras adquiridas multiplicarían después su casi insignificante valor.

Los primeros rieles que se colocaron en ese sitio fueron instalados en el mes septiembre de ese mismo año y, poco tiempo después, el visionario míster Eppen contrató al ingeniero alemán, Friedrich Wulf (uno de los que iban trabajando en la construcción de la vía), para que trazara en su predio, junto a la estación, las primeras calles de lo que sería el pueblo de Torreón. Pueblo que tomó su nombre de una torre muy alta de mampostería que se construyó junto al río para que, durante las temporadas de lluvias y nevadas en la sierra, hubiese arriba un vigía que pudiese advertir a los constructores del puente de la llegada de alguna creciente y salvaran sus vidas.

En ese puntito, pues, empezó a florecer la Villa de Torreón, y como la vía continuaba avanzando hacia el norte del país, fue siendo cada vez más obvio para los trabajadores extranjeros que laboraban en ella, que en todo ese vastísimo territorio se tendrían que abrir muy nuevas y positivas oportunidades para vivir, por lo que hemos fueron enviando noticias por cartas a sus respectivas familias, y hacia finales del siglo XIX empezaron a llegar a esa región numerosas personas procedentes “de muchas partes del mundo, españoles que se dedicaron en su mayoría a la agricultura, árabes que se dedicaron al comercio, chinos que llegaron con la construcción del ferrocarril y se asentaron dedicándose en su mayoría al comercio, servicios y a la siembra de grandes hortalizas al oriente de la Villa, llegaron también franceses, ingleses y norteamericanos. Siendo tan numerosa y de tan diversas etnias la migración, que en la comunidad se establecieron más de una docena de consulados para atender a los connacionales migrantes” …

Este redactor pasó muchas veces por toda esa zona desde octubre de 1967 hasta mediados de 1981, viendo siempre a Gómez Palacio y a Torreón como ciudades pujantes en las que abundaban las industrias vinculadas con el cultivo del algodón, y sabiendo, además, que hacia finales de la década de los 40as del siglo pasado, algunas familias laguneras emigraron directamente hacia Colima, asentándose precisamente en el pueblo de Tecomán, en donde, a partir de 1949 comenzaron a cultivar el algodón, logrando, hacia 1951 la primera explosión económica del mal llamado Valle de Tecomán, aprovechando las tierras vírgenes aledañas que hoy vemos cubiertas de palmares, limoneros, platanares y muchas otros cultivos tropicales.

Torreón todavía muestra el trazo estilo norteamericano en sus muy amplias y rectas calles.

Transcurrieron, sin embargo, más de veinte años sin volver a esas interesantes ciudades, pero en diciembre de 2008 tuve oportunidad de hacer un nuevo viaje hasta Ciudad Juárez y volví a pasar por Gómez y Torreón de ida y vuelta, encontrándome con la muy ingrata noticia de que ambas ciudades (separadas únicamente por el cauce seco del Nazas, que hoy fluye por tres modernos canales) estaban sufriendo una terrible temporada de violencia en la que los asaltos, los asesinatos y las confrontaciones armadas entre los miembros de al menos dos cárteles de mafiosos eran lo cotidiano.

Según las opiniones de varias personas con las que conversé la noche del sábado 27 y la mañana del domingo 28 de julio, esa temporada de suma violencia parece haber disminuido en buen grado, pero no ha concluido aún, y eso ha tenido, aparte de su costo en sangre, muy fuertes repercusiones de carácter económico, porque en el otrora bullicioso centro de la Torreón pude observar el abandono de numerosos espacios, la ruina de otros y un cierto grado de desesperanza entre sus habitantes aunque, acostumbrados a bregar siempre con dificultades, todo parece indicar que están luchando por salir de esa crisis, y eso se ve en las muy amplias y modernas avenidas y bulevares que se han construido (y están construyendo) en la periferia de ambas ciudades, en las que abundan nuevos edificios, centros comerciales y muchos espacios dedicados a la agroindustria y a la maquila de diversos productos.

DEL VALLE DEL NAZAS AL VALLE DEL CONCHOS. –

Abordamos nuevamente el auto el domingo 28 de julio. Tratamos de salir de Torreón por el puente antiguo que nos llevaría a la carretera de Chihuahua pasando por Gómez Palacio, pero no pudimos pasar, ni por ése ni por otro de los puentes modernos, porque había dos operativos policiales que nos desviaron hacia un tercer puente, evidenciando con eso que la violencia de la que hablábamos no ha terminado aún.

Finalmente nos encaminamos por la que fue la antigua Carretera Panamericana, cuya otrora muy angosta carpeta asfáltica ha sido mejorada y ampliada con sendos tramos de acotamiento paralelo.

Dos horas y media viajando a 120 km por hora transcurrimos desde la última ciudad duranguense hasta la primera de Chihuahua, atravesando, siempre en línea recta, por amplísimas extensiones incultas en las que ni siquiera cerros se miran en el horizonte, logrando que en mi interior volviera a sonreír ante la afirmación absurda de no pocos citadinos que insisten en la idea de que México es una nación sobrepoblada.

En el ínfimo pueblo de Ceballos, Durango, un gran cúmulo de agricultores con camionetas y remolques cargados con redondos y dulces melones nos mostraron las primeras evidencias de que ya estábamos muy cerca del grandioso Río Conchos, el más grande y caudaloso de los que atraviesan las inmensas llanuras de Chihuahua, y cuyas aguas nos pelean con enormes bríos y envidia Trump y sus aliados, en la medida que el Conchos es el más importante afluente del Río Bravo, frontera, como bien se sabe, entre México y el gigantesco estado de Texas.

El Jiménez, Camargo y Delicias, tres pequeñas ciudades agrícolas irrigadas por las aguas benignas del Conchos, abundan las nogaleras, los maizales y los alfalfales. Por donde quiera se miran, alternando con trozos muy notables del desierto, gigantescos ranchos ganaderos y hermosos terrenos cultivados mostrando el verdor del verano y evidenciando la capacidad de trabajo de los laboriosos chihuahuenses.

Rubén Beltrán, cronista de la ciudad y el ingeniero Amado Fierro Murga, nos obsequiaron con un gran tour por la parte más moderna de la capital del estado.

CHIHUAHUA CAPITAL. –

Finalmente, como a las dos de la tarde vimos las primeras colonias de Chihuahua que, habiendo desbordado los cerros que de algún modo contuvieron el desarrollo de su centro histórico, hoy llegan hasta el antiguo pueblo de Ávalos, en donde hace muchísimos años se instaló una gigantesca fundición a donde llevaban sus metales (plata y oro incluidos) los mineros de Santa Eulalia y otros minerales de Chihuahua, así como los gambusinos de la sierra.

Nos instalamos en un pequeño “hotel boutique” instalado a cuadra y media de la Catedral de Chihuahua, y a cuatro o cinco del Palacio de Gobierno del Estado. Nos urgía comer, y la dueña del hotelito (una vieja casona acondicionada como tal) nos recomendó una especie de moderno parián instalado frente a la Plaza del Ángel, que se construyó en un costado del referido Palacio con motivo del Bicentenario de la Independencia y del Centenario de la Revolución. Movimiento, este último, en el que muchos chihuahuenses desempeñaron un papel protagónico.

El ir hasta allá hizo inevitable que solicitáramos a los meseros unos buenos cortes del “ganado cara blanca” (Herford, creo) que puntea los extensísimos ranchos que uno ve a lo largo de las carreteras chihuahuenses.

En cuanto terminamos de comer nos encontramos con mi excelente y culto amigo Rubén Beltrán Acosta, cronista de la ciudad de Chihuahua, y pienso que de todo el estado, pues tiene bajo su resguardo el muy importante y bien organizado archivo histórico de la entidad. En uno de cuyos anaqueles pudimos ver más tarde varios gruesos legajos en los que se conserva la documentación de los dos largos periodos de gobierno en que el coronel Miguel Ahumada Saucedo (o Sandoval), colimense de origen, gobernó aquella entidad en tiempos de don Porfirio.

Fuimos con el amigo hasta el Palacio de Gobierno, en donde está “el altar de la patria” que el gobierno estatal colocó en uno de los amplísimos corredores del edificio, señalando que allí mismo estuvo tres meses prisionero el señor Cura don Miguel Hidalgo y Costilla, a quien fusilaron y decapitaron el 30 de julio de 1811.

Luego asistimos a una conferencia sobre ese importante tema y, concluida aquella, conducidos muy amablemente por el ingeniero Amado Fierro Murga, ex Secretario de Obras y Comunicaciones del Estado de Chihuahua, fuimos obsequiados (esa es la expresión exacta) con un interesantísimo recorrido “por el Chihuahua que no conoció Abelardo”, según la expresión de mi querido amigo Rubén.

Quedamos gratamente sorprendidos por el plan rector de desarrollo con el que las autoridades municipales y estatales, incluido nuestro guía, han estado conduciendo y vigilando la expansión urbana de esa importantísima capital. Sorprenden sus vialidades, la armonía de los conjuntos habitacionales, la modernidad y buen gusto de los edificios que albergan hoteles, universidades, sanatorios, centros comerciales y demás, pero en lo particular me asustó el hecho de que tamaño crecimiento exige la abundancia de agua, y de que el río Chuvíscar, cuya primera presa construyó el coronel Ahumada, hace mucho tiempo que dejó de ser suficiente para abastecer tan tremendo gasto. Un reto que deberán resolver prontamente las autoridades y el pueblo de tan querida ciudad.

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