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OPINIÓN

Con los ojos en la cara. Aureliano Buendía, Macondo, Melquiades

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Escrito por: Mtro. Ramiro Cisneros García*

Ayer fui a un mercado de Colima después de que en una carnicería compré pechuga de pollo. Los mercados, por pequeños que parezcan ofrecen muchas opciones y productos a los marchantes en cuanto que, hay una variedad importante de olores, sabores, colores, voces y tersuras. Allí se expenden menudo, tatemado, costillita con salsa roja y verde, pozole, atole, tamales de carne, de rajas, de picadillo, de ceniza, pepena, barbacoa de res, birria; sopitos de masa con café, o chocolate; gorditas rellenas de frijoles, champiñones, chorizo, chicharrones. En otra sección se ofrecen pan dulce, bolillo, jugos de naranja, toronja, ”verdes”, zanahoria y chocomiles a los que se les pone un poco de canela en polvo que le da un sabor muy especial. No pueden faltar los plátanos, calabazas y camotes enmielados y para que quedemos más conformes, ciruelas, nopales, berro y los exquisitos, está por demás decirlo, guamúchiles entre otras muchas cosas porque también está la señora que trae todo tipo de yerbas curativas tanto para problemas digestivos, respiratorios y toda clase de dolencias que tanto nos azotan. Están también los puestos en que se venden chiles verdes y secos, jitomates, cebollas, cilantro, ejotes, naranjas, toronjas y en general toda la variedad de frutas y verduras que nos podamos imaginar. También están las, carnicerías, las tortillas, sopes y tostadas echadas a mano, las tiendas de artesanías. Más allá se escucha la voz de un cantante que al ritmo y rasgueo de la guitarra lo mismo interpreta a José Alfredo Jiménez, a Leo Dan, al Buki que música norteña, de banda, romántica, boleros, y hasta  los éxitos más recientes. Es el mundo del mercadeo en un espacio reducido. Todavía se pueden ver por esos lugares las gentes que regatean.

El precio de los guamúchiles a muchas personas le parece elevado pero con seguridad no toman en cuenta ni las asoleadas, ni el cansancio de manipular el gancho y mucho menos los piquetes de los esquilines amarillos que hacen roncha además de que es doloroso y da mucha comezón. Los árboles, en su mayoría están expuestos por estar a la orilla de la calle, en terrenos baldíos o en el campo y a disposición de los mejores ganchos y de los más diestros en escalar los árboles sin importar los riesgos y un porrazo que está dentro de las posibilidades nada más por ser un contumaz y aguerrido guamuchilero.

Frente a la casa donde ahora vivo, hay un enorme y ancestral árbol, de cuyas poderosas ramas, cuelgan los más dulces granos que nos podamos imaginar. El año pasado todavía llegaban guamuchileros de las  diferentes colonias y barrios del pueblo, atraídos por la fama del árbol colosal. Muchas veces aprovechando la cercanía me adelanté a los que venían de otras partes pero, mi habilidad y destreza no me permitían buenos resultados y me conformaba con probarlos. Este año, el viejo guamúchil se llenó de flores, pero los fuertes vientos de febrero que duraron tres o cuatro días, tumbaron muchas disminuyendo así la producción pero eso no fue ni lo peor ni lo más grave. En cuanto aparecieron las primeras vainas  llegó un nuevo tipo de guamuchileros: arrojados, temerarios y con una gran habilidad para trepar a lo más alto del árbol sin temor ni temblor; de tal manera que, si los hubiera mirado algún empresario de circo los hubiera contratado de inmediato para presentarlos con bombo y maraca como una de los actos circenses jamás presentados y que solamente Tarzán de los monos los podría igualar. Una verdadera atracción, algo sin igual. La visita al añoso árbol era todos los días. Mañana y tarde. Un buen día, el guamuchilero implacable, a eso de las 10 de la noche enfocaba la luz de una lámpara con la mano izquierda y con la derecha manejaba el gancho con maestría incomparable. Después, le dio por llegar cuando todavía estaba semioscuro, es decir, poco antes del amanecer; volvía con la misma tenacidad a media mañana, luego por la tarde y sin previo aviso, por la noche. El árbol de esas noches tristes sólo quedaba con unas tristísimas correas, que así les llaman a los granos en formación. Después advertí que cuando esas personas llegaban al árbol, temblaba nada más de presentir lo que le esperaba. Se iban y el árbol seguía temblando. Era tanto su movimiento que hasta llegué a pensar en esa enfermedad terrible que se llama Parkinson guamuchilero. Dada la calidad y el sabor de los granos había una importante demanda por cierto, muy superior a la oferta.

Un año antes a esos mismos jóvenes les dio por aporrear las periqueras que los animalitos construyen, si vale la palabra, en las horquetas de los árboles y que son de buen tamaño. Por lo general, esos nidos tan singulares son respetados por la gente que llamamos de campo y que pasan por la calle con el costalillo al hombro y una guadaña en cualquiera de las dos manos. Las periqueras fueron materialmente arrasadas y los pajaritos trespeleques y apenas emplumando eran ofrecidos al mejor postor en precios irrisorios. Es esta, una manera que hace que sobrevenga la extinción de algunas especies. Luego vendrá el ataque feroz y cruel a las iguanas. las víboras y demás animalitos protegidos por el gobierno federal y por todos los códigos. Protegidos sólo en el papel. Casi al mismo tiempo les dio a estos depredadores por vender plantas silvestres y de viveros ofreciéndolas casa por casa a precios muy reducidos. Me consta.

De la misma manera nació el negocio de la chatarra. Pasaban los muchachos cargando sobre sus espaldas rollos de chatarra atados con alambre recocido: otros, en una carretilla destartalada y solamente en una ocasión vi una camioneta y al chofer, quien pacientemente esperaba que llegara la mercancía conseguida a sol y sereno y a veces al amparo de la oscuridad y en despoblado. Barrieron con cuanto clavo, alambre alfileres, agujas, alambre de púas, pedazos de ollas, asadores, alambrón y más cosas que es difícil enumerar. Poco faltó para que iluminados por la literatura que don Gabriel García Márquez nos dejó en la novela “Cien años de soledad” consiguieran un imán. Esto dice Gabo en la mismísima primera página: “Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con gran alboroto de pitos y timbales, daban a conocer los nuevos inventos. Primero llevaron el imán. Un gitano corpulento de barba montaraz y manos de gorrión que se presentó con el nombre de Melquiades, hizo una truculenta demostración pública de lo que él mismo llamaba la octava maravilla de los sabios de Macedonia. Fue de casa en casa arrastrando dos lingotes metálicos, y todo el mundo se espantó al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafres se caían de su sitio y las maderas crujían por la desesperación de los clavos y los tornillos tratando de desenclavarse, y aun los objetos perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se les había buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los fierros mágicos de Melquiades”.

Es una verdadera lástima que nuestros muchachos del barrio no hayan conocido ni la primera página de esa maravillosa novela. Habrían reunido montañas de chatarra. Es importante que los compradores de chatarra tampoco conozcan este esplendido secreto. De cualquier manera y por otros métodos todo quedó sin fierro alguno quedando como ventaja la ausencia de ponchaduras de todo tipo de llantas.

Ahora que los tamarindos también en vaina, cuelgan de las ramas, han conocido de sobra la capacidad de estos jóvenes para dejar esos árboles también temblando. Las ramas quedan como alambres, sin hojas y sin frutos. Todavía no tengo noticias de los “bonetes” ni de las parotas pero seguramente les llegará su turno porque sus actividades depredadoras han ido evolucionando de acuerdo a las estaciones del año y la producción en turno. En igual situación pudiera estar la leña tan útil para cada ocasión.

El origen de todo esto, es la ansiedad de conseguir recursos para comprar droga. Sí, en el fondo subyace la terrible adicción y entonces aquellos que son dependientes, adictos, consumidores; son capaces de hacer cualquier cosa con tal de calmar las secuelas, el síndrome de abstinencia, la malilla en un proceso interminable de aproximarse a más dolor, a la muerte prematura, temprana. Escuálidos, los ojos hundidos, los pómulos cubiertos apenas por la piel reseca; caminan sin rumbo cargando la osamenta pero pensando cómo hacerle para conseguir la cura impostergable para alivianar aunque sea momentáneamente los huesos quebrantados.

De allí se derivan también la ola de asaltos cotidianos como aquel en que a un amigo, esposo de una amiga lo cortaron en las manos, en el pecho, en la espalda mientras se estacionaba en una plaza concurrida. Con un cuchillo fue el ataque ante su propia desesperación y estupor y la sangre fluyendo extendiendo la mancha roja sobre la camisa blanca. También una exalumna de hace muchos años; asustada, paranoica, los ojos en constante movimiento, desconfiada porque se metieron a su casa y le robaron hasta lo que no tenía. Ahora quiere dejar su casa; tiene miedo de que regresen. De la misma manera se repitió con otros conocidos  el robo de casi todos sus muebles, ropa y otros enseres. En ningún caso hay resultados. Y como dice aquel cuento del mismo Gabriel García Márquez: “En este pueblo no hay ladrones”. En esta realidad nuestra de cada día, si hay ladrones y son muchos pero lo que hay más es impunidad.

Veo el guamúchil que tiembla, que siente, que presiente y que anhela aquellos tiempos en que los guamuchileros respetaban las correas y las dejaban madurar y que cuidaban de no dañar la flor. Los muchachos, muchos niños y también viejos; hombres y mujeres están prendidos en la droga y es preocupante, muy preocupante porque habrá cada vez más locos en las calles y la autoridad con todo y la marina serán insuficientes para controlar lo incontrolable. Oye, ¿y los encargados y responsables del orden  y la seguridad? Bien, gracias. Andan muy ocupados, los comisionaron a la campaña y a otros a escoltar a los candidatos.

* Asesor en la Escuela de Trabajo Social “Vasco de Quiroga”

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