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OPINIÓN

Vislumbres. ¿Y nosotros qué?

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Escrito por: Abelardo Ahumada

Se supone que hoy es el Día Internacional del Medio Ambiente y, tomando en cuenta las cada vez más notables evidencias del cambio climático, creo que este es un buen momento para que cada uno de nosotros se pregunte: “¿Qué es lo que estoy haciendo, o dejando de hacer por el cuidado del medio ambiente?

Pero para apuntalar nuestra reflexión, creo que también nos conviene recordar un poco de nuestra historia local y un poco de la historia internacional sobre el mismo tema. Así que, si lectores me lo permiten, iniciaré por hacer referencia a ciertos detalles y acontecimientos que algunos viejos de Colima recordamos sobre este mismo asunto:

UNA ÉPOCA DE PRIMITIVISMO SANITARIO. –

En la pequeña Villa de mis recuerdos, mi familia vivía en Independencia 79, a cuadra y media del jardín, y a media cuadra del arroyo de Pereira, sintiendo quienes vivíamos allí, que ese arroyo (hoy prácticamente extinto), era un rincón del Paraíso Terrenal, puesto que en él, los señores y los muchachos acarreaban y acomodaban piedras para hacer tanques en donde nos íbamos a bañar todas las tardes, mientras que en otros tanques cercanos, las señoras, muchas de ellas apenas cubiertas con brasieres y  “medios fondos”, se dedicaban a lavar “propio o ajeno”, en numerosas piedras ribereñas que ya tenían alisadas de tanto tallar la ropa mugrosa.

Las dos orillas del arroyo estaban densamente sombreadas por las robustas copas de grandes higueras y numerosos sabinos. Abundaban las huertas sobre ambas riberas y lo mismo pasaba en Colima, en Comala, Suchitlán, en San Jerónimo (hoy Cuauhtémoc), en El Trapiche, en Coquimatlán, y en todos los demás pueblos de los alrededores, donde, cabe aclarar, no había agua entubada. Por lo que algunos señores se dedicaban a “acarrear agua para beber”, llevándola en seis u ocho cántaros por viaje en cada burro provisto con sendos huacales.

Complementariamente, muy temprano, o por las tardes, las muchachas del pueblo solían ir también a recoger agua para sus cocinas, que sacaban de viejos amiales cavados en las proximidades de ríos y arroyos, generando un espectáculo muy difícil de olvidar, porque  solían irse primero a bañar en algún tanque con todo y vestido (en ese tiempo las mujeres no usaban pantalones), y luego regresaban a sus casas, “chorreando de limpias”, con un cántaro en sus cabezas y una cubeta en cada mano, realizando milagros de equilibrio.

En ese tiempo tampoco había excusados ni regaderas en la inmensa mayoría de las casas de los barrios colimotes y del medio rural.  La gente que no iba a los arroyos se bañaba jicarazos, con agua de las pilas.  Y éstas eran llenadas a fuerza de músculo, sacando agua de pozos y norias. 

Los excusados blancos “como de porcelana” eran casi totalmente desconocidos en todo Colima; y los pocos que había estaban en algunas casas de la gente más rica. Los “excusados de hoyo” estaban hechos con tablas debidamente agujeradas, pero eran ubicados en los espacios más lejanos de la parte habitada de las casas, por los malos olores que despedían. Algunas viviendas clasemedieras contaban con excusados de cemento que carecían de depósitos para el agua, por lo que necesario arrojarles un medio balde del precioso líquido para desaparecer el “producto”. Todo eso mientras que en las viviendas que carecían de retrete (y que eran la mayoría), sus habitantes se iban a los corrales o brincaban las cercas para “hacer sus necesidades”.

El papel sanitario era un objeto desconocido. Y algunas personas recortaban para tales efectos el “papel de envoltura”, que lo mismo era papel de estraza o de periódico, haciendo un segundo reciclaje de los alcatraces o “cucuruchos” en que los venduteros solían envolver el frijol, el arroz, la sal o el azúcar.

Los trastes eran sencillos. De barro la mayor parte. Pero comenzaban a preferirse los de peltre… Los plásticos eran inexistentes, y el cartón era muy útil para guardar o empacar cosas, en tanto que las latas de sardinas, chiles y leche condensada o en polvo solían convertirse en pequeñas macetas, jícaras o recipientes diversos, pues nada se tiraba.

La “ropa de marca” era escasísima. Y la mayor parte la fabricaban las mamás y las abuelas, o un cúmulo de costureras y sastres profesionales que se pasaban los días pedaleando en sus máquinas de coser. Y, aparte de eso, muchísimas personas sólo tenían unos cuantos “cambios” de ropa, y dejaban fechas como las del cumpleaños o los días de la feria para “estrenar”. Teniendo un par de zapatos “para dominguear”, y huaraches o calzado viejo para entre semana.

A propósito de la electricidad, a mediados del siglo anterior sólo había luz en las cabeceras de Comala, en La Villa y en Colima, pero no todas sus casas contaban con ella, y la mayoría seguía iluminándose con “aparatos de mecha”, quinqués, velas u hachones de ocote. Por lo que, sobre todo en los ranchos y en los pueblos, la gente se dormía un poco después del oscurecer y madrugaba a soplarle al fogón para poner el café, e irse a la ordeña o a la labor, en bestia o a pie. Puesto que sólo había unos cuantos privilegiados que tenían vehículos de motor.

Y la basura propiamente dicha era tan poquita, que bastaban en Colima, según lo recuerda todavía Esteban Meneses, tres o cuatro carretones jalados por mulas para recoger toda la que se producía en la ciudad, y por mi parte recuerdo también a un señor, apodado “Cabecas”, que en La Villa iba con su carretón (ya con llantas de coche), jalado por un caballo blanco, muy lentamente por las calles empedradas, para que la gente pudiera depositar su muy escasa basura en el carretón. 

Los detergentes y el champú también eran desconocidos. Los jabones para lavar (Casa Blanca y Obrero) no traían envoltorio, y sólo había unas cinco marcas de “jabón de olor”: la Colgate y la del hoy Palmolive Clásico; el Maja y el Heno de Pravia para las damas popof; el Jabón del Tío Nacho para los piojosos y los tiñosos, y el de “El Perro Agradecido”, para los canes sarnientos.

Las escobas para barrer los pisos eran de palma, y las que se usaban para barrer las calles y los patios eran de popotes o ramas de güinar. Tampoco había estropajos de plástico, sino escobetas de ciertas raíces; estropajos de ixtle y otros, muy rasposos, que crecían en guías sobre los árboles.

Las cáscaras de plátano, las de papa, sandía y otras frutas y verduras que se consumían en los hogares, así como los restos de los alimentos no se tiraban, sino que iban a parar al bote o a balde de las “lavaduras”, que constituía una importante fuente alimenticia para los cerdos y las gallinas que solían existir en muchísimas de aquellas casas. Pero a finales de los 50as o principios de los 60as comenzaron a aparecer el DDT para fumigar, y los plásticos por todas partes. Y fue entonces cuando comenzó a generarse el desbarajuste ambiental que ahora vemos.

LOS PRIMEROS BASUREROS. –

El DDT se utilizó muchísimo para combatir los moscos y los alacranes, hasta que se descubrió que mataba gente y se prohibió, pero siguieron otros fumigantes casi tan dañinos como el primero. El plástico y la ropa sintética hicieron su aparición en nuestra entidad cuando llegaron aquí las primeras “medias de nylon”, traídas para las mujeres catrinas, desde los Estados Unidos. Luego llegaron las primeras bolsas transparentes de plástico grueso.  Las introdujo la cervecería Carta Blanca, cuando comenzó a promocionar los botes de cerveza Tecate.  Y las bolsas, traían agregados unos cordeles con los que se les abrían y cerraban, y ya se podría poner en ellas pedazos de hielo para mantener las cheves frías.

Más tarde comenzaron a aparecer las botellas de plástico conteniendo el cloro y, por la misma época, llegó el Pan Bimbo (y su asociada Marinela) a expender sus productos ya envueltos con ese material. Y luego se les ocurrió a los profesores que para mantener bien los libros de texto gratuito teníamos que forrar los libros con plástico, y a las señoras que debían cubrirse la mesa del comedor y los muebles de la sala con el mismo material.

En aquellos años los pañales y las toallas sanitarias eran de telas que las mujeres lavaban muchísimas veces y secaban al sol. Ninguno de nosotros había escuchado jamás el término “biodegradable”, y por lo mismo nadie estaba consciente de que el plástico fuera a durar tantísimo para desaparecer del suelo, y menos que esa basura contaminante fuera arrastrada por las lluvias hasta llegar al mar.

A finales de los 70as ya era mucha la basura no natural que se generaba en los pueblos, pero sobre todo en las ciudades. Al principio se decidió habilitar camionetas en vez de carretones para pasar a recoger la basura diaria, y la gente tenía una tina vieja, un chiquihuite medio desmadrado, o baldes rotos, o costales deshilachados para juntarla y sacarla a las banquetas. Llegaban los recogedores, vaciaban los disímbolos recipientes y los dejaban allí, en la calle, para que sus usuarios los volvieran a usar. Pero a finales de los 80as aparecieron en la zona conurbada los grandes camiones recolectores, aparejados con los primeros supermercados, porque, entre otras cosas, proliferaron los cótex, los pañales desechables y porque las bolsas, que durante décadas habían sido de papel, comenzaron a ser de plástico, y surgieron, como en cascada, cantidad de productos avalados por la idea del “úsese y tírese”, como los vasos y los trastes hechos de hule-espuma a que tan aficionados nos volvimos por simple y estúpida comodidad.

Los primeros basureros municipales eran simples tiraderos en cualquier terreno, al aire libre, sin medir ni calcular semejante arbitrariedad. Con la consecuencia de que soplaba el viento y cargaba con todo lo que podía cargar, llevando las bolsas y los papeles sucios a los potreros más cercanos, y de que llegaban las lluvias y cargaban con todos los desechos líquidos (ahora sabemos que les llaman lixiviados) a las profundidades del suelo, o a los arroyos más próximos. Detales que fuimos aceptando todos, como un pago ineludible que tendríamos que pagar por nuestro progreso, confort y desarrollo. Pero también a principios de los 70as, en las más grandes ciudades del mundo, comenzaron a manifestarse los más grandes problemas relacionados con la contaminación, la basura y…

LA CONFERENCIA DE ESTOCOLMO. –

En diciembre de 1972, algunos de los representantes de los principales países desarrollados del orbe, se reunieron en Estocolmo, Suecia, para intercambiar (por primera vez a nivel internacional) opiniones sobre los problemas ambientales que cada uno de ellos estaba enfrentando y, habiendo tomado nota de que, por ser el mundo redondo, finalmente a todos les tendrían que afectar sus efectos. Tomaron algunos acuerdos, entre los que se decidió establecer el día 5 de junio de cada año como Día Internacional del Medio Ambiente, y su conmemoración se empezó a realizar a partir de 1974.

Por aquellos años era notorio que, en Londres, Tokio, Los Ángeles, París, Sao Paulo, Bombay, el De. Efe, Nueva York, en casi todas las ciudades ubicadas en la Zona del Ruhr, en Alemania, y en otra larga lista de las ciudades más grandes del planeta, sus habitantes amanecían cubiertos por capas de humo que inicialmente se confundían con bancos de niebla, pero que a la postre resultó que no era niebla sino el resultado de la acumulación de gases emitidos por las fábricas y los motores de combustión interna, tóxicos en su mayoría. Nubes a la que por lo pronto se les dio el muy británico nombre de “smog”. Y de las que éramos ajenos quienes vivíamos en ciudades pequeñas, en pueblos y ranchos.

EL CASO DE SAN GABRIEL. –

Hoy, el caso de San Gabriel, Jal., apenas ocurrido hace cinco días, nos brinda, aquí muy cerca, otra sonora llamada de alerta: “tres mil quinientas hectáreas de bosques fueron deforestadas en la sierra de Tapalpa, en las inmediaciones de Apango, un poco al norte del Nevado de Colima, para cultivar en ellas más árboles de aguacate”.

En San Gabriel no cayó esa tarde ni una sola gota de lluvia, pero en la sierra sí, y como cayó muy fuerte y muy concentrada, arrastró con la tierra quemada, con la reciente ceniza y con cientos o miles de toneladas de madera calcinada, conduciéndola rápidamente desde la sierra hacia abajo, por el cauce del arroyo de Apango hasta el arroyo seco de San Gabriel, cuyo cauce no fue suficiente para recibir la avalancha y se desbordó hacia sus calles, totalmente secas también, llegando incluso hasta el centro, arrastrando autos, camionetas, animales, gente. Y dañando o destruyendo de plano, numerosas viviendas y puentes históricos.

Ese caso no es único en la región, Peribán, Michoacán, padeció otro evento parecido apenas en septiembre del año pasado y lo han padecido otros pueblos más, de Guerrero, Oaxaca, Chiapas, Veracruz, Puebla y Estado de México. En los que se manifiesta una causa constante: la deforestación. En unos lugares porque los talamontes simple y sencillamente se acaban bosques y selvas y no vuelven a plantar un solo árbol de renuevo; en otros porque a los mineros voraces y a los abusivos aguacateros lo único que les importa son sus ganancias y les vale madre lo que ocurra a causa de de sus depredaciones. ¿Hasta cuándo habremos de soportar que todo ello ocurra? ¿Hasta cuándo, nuestras autoridades, tomarán conciencia de que ya deben actuar?

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