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Vislumbres. Grandes incendios y contingencias ambientales

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Escrito por: Abelardo Ahumada

El domingo 5 de mayo de este año se detectó el surgimiento de un incendio forestal de grandes alcances en las faldas del Nevado de Colima, y para el domingo 12, algunos elementos de la Comisión Nacional Forestal (Conafor) reportaron que “según mostraban imágenes satelitales” ya se habrían consumido o dañado, aproximadamente “11 mil hectáreas de bosque”, aunque se empezó a creer que el incendio estaba, si no totalmente apagado, al menos controlado. Pero ocho días después un nuevo incendio se suscitó en otro espacio de la gigantesca montaña y, como derivación de ello, al amanecer de este lunes 20, las autoridades estatales anunciaron una “alerta atmosférica” para los habitantes de los municipios de San Gabriel, Tuxpan, Zapotiltic y Zapotlán el Grande, Jalisco. Y si no la decretaron para los municipios de Tonila y Zapotitlán fue porque los vientos dominantes que en esa zona soplan llegan desde el mar y suelen viajar con rumbo norte. Siendo esa misma razón por la que los municipios colimenses de Comala y Cuauhtémoc no se han visto tan afectados por el humo que dichos incendios siguen provocando.

Por otra parte, en la Ciudad de México y en varias de las ciudades de su zona metropolitana, pertenecientes en su mayoría al Estado de México, y con menor grado a los de Puebla e Hidalgo, se ha decretado también una “contingencia ambiental extraordinaria”, porque su aire se ha vuelto cada vez más irrespirable. E igual pasó hace unos días en la zona metropolitana de Guadalajara, por los incendios acaecidos en el Bosque de la Primavera. Todo ello sin contar los ya varios miles de pequeños, medianos y grandes incendios forestales que durante este estiaje han acontecido en prácticamente todo el país. ¿A dónde nos va a llevar todo esto? Y ¿qué es lo que como habitantes del país y la región estamos haciendo o dejando de hacer al respecto?

RESPONSABILIDAD COMPARTIDA. –

En ese sentido quiero comentar que este mismo lunes 20, mientras circunstancialmente estaba en un sitio donde tenían encendido el radio, me tocó escuchar a una especie de reportera-empresaria de apellido Familiar hablando precisamente de “la contingencia ambiental” que el gobierno de la Ciudad de México acaba de decretar; pero diciéndolo de tal modo que cualquier radioescucha despistado podría llegar a creer que la responsabilidad total de dicha contingencia era de la doctora Claudia Sheinbaum, actual jefa de gobierno, como si los individuos y la sociedad que en la zona metropolitana viven nada tuviesen que ver en esos asuntos.

No sé, amigo lector, si usted coincida o no con esa manera de enfocar las cosas, pero viendo todo esto en frío y sin apasionamientos u ofuscamientos políticos, para mí queda muy claro que la responsabilidad de todo cuanto ocurre en una población, por grande o pequeña que sea, es (o debe ser) compartida entre la sociedad y el gobierno.

En ese mismo tenor, así como nadie puede negar la obligación que los gobiernos federal y estatales tienen para vigilar que las leyes sobre el cuidado ambiental realmente se cumplan, y que los gobiernos municipales tienen la obligación de brindar servicios de limpia y recolección de basuras dentro de su propio ámbito de competencia, tampoco podemos negar (aunque a veces no nos demos por aludidos o nos hagamos disimulados), que todos los ciudadanos tenemos también la responsabilidad de no generar basura, de no arrojarla a las calles y de no producir elementos contaminantes que dañen la atmósfera, el suelo, el agua o las especies animales y vegetales que viven en nuestro entorno. Porque tan irresponsable es gobierno que se desentiende de sus obligaciones de vigilancia ecológica, como los talamontes que arrasan con selvas y bosques, como los fabricantes que arrojan sus desechos químicos a los drenajes públicos, como el estudiante de que  arroja su basura a la calle, como el productor de ladrillos que usa llantas de desecho como combustible, como el chofer que no afina su vehículo, como el pescador que se deshace de sus redes inservibles arrojándolas al fondo del mar o como el campesino que al trabajar su desmonte no hace la debida guardarraya y le mete lumbre sin preocuparse de provocar un incendio.

LA DESAPARICIÓN DEL BOSQUE EN LA ZONA LIMÍTROFE DE COLIMA Y JALISCO. –

Volviendo al tema con que inicié esta colaboración, quiero compartir con ustedes una síntesis de dos trabajos que mi hoy ya difunto amigo, Ing. Luis Fernández Ávalos, y yo publicamos en las Memorias del Segundo Coloquio Regional de Crónica, Historia y Narrativa, celebrado en Ciudad Guzmán, Jal., el 19 de enero de 2013.

La ponencia de mi amigo Luis se titula: “Quesería, ingenio azucarero situado en las faldas del Volcán de Colima”, y la mía: “La desaparición del bosque en las zonas aledañas a los volcanes y las consecuencias ecológicas que ello ha provocado”.

La parte de la suya que hace referencia a la desaparición del bosque dice, en esencia que, durante la zafra azucarera de 1884-1885, los nuevos propietarios del Ingenio de Quesería hicieron fuertes “inversiones, no sólo para aumentar la capacidad del ingenio, sino también para fabricar azúcar en marqueta y alcohol de 96°”, por lo que “requirieron un incremento también de los combustibles” y ya no quemaran nada más el mismo bagazo prensado de la caña puesto previamente a secar, y ese combustible fue “la leña, preferentemente la que contenía brea”, que no tuvieron ninguna dificultad en conseguir, puesto que los bosques de coníferas llegaban desde el volcán hasta las inmediaciones del pueblo, y así fue como “empezó la dañina desforestación de  la flora nativa de la periferia del ingenio”. Con el agregado de que ninguno de esos poderosos señores se preocupó por reforestar para “realizar la reparación del daño ecológico que producía con ello, y [el bosque] se fue agotando hasta su extinción en una amplia extensión de las zonas oriental y suroriental del volcán”.

En mi ponencia inserté unos testimonios rescatados a finales del siglo XVI, que coincidente hablan de las condiciones que esos mismos bosques tenían en aquellos lejanos años, y que expondré aquí, respetando su ortografía original:

El primero fue emitido en Zapotitlán, el 4 de septiembre de 1579, por “don García de Padilla e don Baltasar, indios principales e antiguos, e hijos de los señores de” la provincia de Amula. Ancianos que, al referirse al tema que nos ocupa, dijeron lo siguiente: “[…] la tierra deste dicho pueblo […] es agria, de muchas barrancas y […] tiene, de la parte del oriente, el dicho volcán, [un terreno] muy montuoso de muchos pinos e robledales […]de [los] que se aprovechan de leña y madera los naturales. [Y] tienen [asimismo] piñones como los de España, y cultívanlos en sus casas”. 

Y, al referirse a la fauna, dijeron también: “Hay en toda esta provincia, especialmente en las faldas y corrientes del volcán, gran cantidad de tigres, leones y otras alimañas bravas, que matan caballos y cualquier género de ganado [… Así como] gran número de gallinas de la tierra, cimarronas”. 

Si algunos de nuestros lectores han ido alguna vez a Zapotitlán, coincidirán conmigo en que ni los pinos ni los robledales llegan hoy hasta la orilla del pueblo, y que tampoco hay piñones en sus casas, ni gallinas cimarronas, ni guajolotes silvestres, ni animales de uña en los tristes peladeros que actualmente rodean al pueblo. 

Otra Relación es de Tuxpan. Data del 20 de febrero de 1580 y sobre nuestro tema dice: “[Y] en los montes deste pueblo, que están a dos y tres leguas, más y menos, hay pinos, robles y encinas, y el aprovechamiento dello es el ordinario que dello suele sacarse”.

Y por lo concerniente a la fauna, añade: “En los montes comarcanos deste pueblo, hay tigres y leones y gatos y coyotes, y, en el pueblo hay gallinas de la tierra, y de Castilla, y palomas, y todo multiplica bien”.

Otros ancianos de Zapotlán dijeron asimismo que, a sólo “media legua” de allí, había “mucha cantidad de pinos y algunos robles de que hacen sus casas y los demás aprovechamientos ordinarios”. Cosas que ya no podrían decir hoy, ni de chiste, nuestros muy estimados vecinos de Ciudad Guzmán, Tuxpan, Zapotitlán y poblaciones vecinas, debido a que, durante los cuatro siglos transcurridos entre aquellas primeras relaciones y nuestras propias vidas, se han propiciado en toda esta hermosa región, numerosos procesos destructores que han acabado con la zona boscosa.

Complementariamente hay otra descripción de 1587, en la que un fraile franciscano dice haber caminado el 20 de febrero de ese año, entre el convento de San Francisco de Colima y el pueblo indígena de Tonilan, y que para hacerlo tuvo que pasar “veintitrés arroyos” y numerosos potreros llenos de “mucho ganado mayor”, debido a que ésa era una “tierra muy viciosa, de grandes pastos y de muchas aguas, que salen del volcán”. Veintitrés arroyos de los que, debe decirse ahora, ya no se ven sino tres, y muy menguados, debido, entre otras cosas, a los desmontes y al monocultivo de caña en todo ese tramo del antiguo Camino Real.

LOS DEPREDADORES Y SUS GRANDES NEGOCIOS. –

Tratando de averiguar cuáles fueron algunas otras de las principales causas que propiciaron la desaparición de toda esa gran extensión de bosques, nos encontramos con que una de las primeras fue que los indígenas de la región utilizaban el sistema de roza y quema para poder sembrar, y que se volvió cada vez más intenso y extenso, en la medida de que la población humana fue expandiéndose en toda el área descrita. La segunda está íntimamente relacionada con “los aprovechamientos ordinarios” a los que se refirieron los redactores de las Relaciones que acabamos de revisar. Y la tercera se derivó del paulatino asentamiento de fincas españolas en una buena parte de toda esta tierra, y cuya intervención propició lo que podríamos denominar el surgimiento de la agricultura mestiza y de la ganadería en demérito del bosque, sobre todo en las tierras planas, donde se comenzaron a cultivar el trigo y la caña de azúcar.

Actividades que, si hubo un tiempo en que sirvieron para mejorar la economía de muchísimos de los habitantes de la región, lo hicieron talando una gran cantidad de hectáreas cubiertas de bosques. 

A estos hechos habría que agregar la aparición, desde aproximadamente la segunda mitad del siglo XIX, de algunas de las primeras agroindustrias mecanizadas que se fueron instalando en toda esa zona, comenzando con la aparición de “La Conquista”, la primerísima fábrica de papel que unos capitalistas ingleses fundaron hacia 1840 en las cercanías de Tapalpa. Industria a la que se agregó la Ferrería de Tula, no demasiado lejos de ahí, y a la que posteriormente se fueron incorporando, desde finales del siglo XIX y principios del XX, los ingenios de Quesería, Colima, y San Marcos, El Tule y Tamazula, Jalisco. 

Otros grandes elementos depredadores del bosque fueron: el gran corte de árboles que se hizo a principios de 1868 para tender el cable telegráfico entre Guadalajara y Colima; el que se hizo después para conseguir los postes de los cables telefónicos; así como para la colocación de los numerosísimos “durmientes” que demandó el tendido de la vía del tren entre Guadalajara y Manzanillo; al igual que para expandir el cableado eléctrico en toda la región. Sin olvidarnos de la creciente demanda de madera que se generó en las principales poblaciones de Jalisco y Colima desde principios del siglo pasado, ni de la construcción, hacia 1941-42, de la Compañía Papelera de Atenquique, misma que si bien se dedicó, con la bendición del gobierno federal, a explotar los bosques de todas las faldas del volcán y cerros de los alrededores, jamás se entretuvo en reforestar una sola hectárea.

Hoy mismo, según lo acaba de publicar un periódico tapatío, “las autoridades estatales [de Jalisco] señalan que, en los últimos 20 años, 12 mil hectáreas de bosques desaparecieron para dar paso a cultivos de aguacate”, y que “una de las zonas más depredadas” por esa misma razón es el sur del estado, principalmente en las faldas de los volcanes.

Afortunadamente y sin ir más lejos, hubo algunos valientes paisanos jaliscienses que se atrevieron afirman que los incendios del Bosque de la Primavera han sido provocados por fraccionadores voraces que quieren aprovechar sus terrenos para construir cabañas y viviendas de muy alta plusvalía; mientras que sobre los ocurridos en las faldas del Nevado afirman que fueron provocados por aguacateros que pretenden ampliar el área de sus plantaciones. Pero al hacerlo no sólo demandarán el uso de las aguas vertientes de los volcanes, sino que contribuirán (como ya lo están haciendo) a acelerar la desaparición de la flora y fauna nativas, para hinchar sus bolsillos con los frutos del “oro verde”. Por lo que nosotros nos preguntamos: ¿qué no hay ley ni autoridad alguna que les ponga freno a esos depredadores?

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