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OPINIÓN

El mural se queda

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Escrito por: Federico López Ramírez

El mural se queda porque nos trae luz y color y deja atrás la incuria y los colores grises de los conservadores y fifís que quieren ver fracasar todo lo que signifique progreso y felicidad. 

Si uno transita por la calle 5 de Mayo, a la altura del número 36, se encontrará con una vieja y desvencijada casa, que cuando pasó por Colima Benito Juárez la habitó, por unos días, como su residencia (precisamente del 25 de marzo al 8 de abril de 1958). Ocupó el palacio de gobierno del estado convirtiéndolo a éste  en Palacio Nacional y a Colima, capital provisional de la República. Hoy el tiempo, aliado con la incuria del gobierno y sus funcionarios, la están, literalmente, derrumbando y nadie dice nada. 

Sin embargo, Locho Morán,  decidió remozar y restaurar el histórico edificio que primero fue una iglesia cuya construcción comenzó entre 1680 y 1700, levantada por las manos de mulatos y mestizos de aquellos años virreinales. Con el paso del tiempo, diversos temblores fueron destruyendo el templo, y con el inicio del movimiento de Independencia, en 1810, empezó su declive. La Iglesia del Dulce Nombre de Jesús quedó en el descuido y fue por el terremoto de octubre de 1847 que el edificio quedó destruido, para después ser abandonado por completo. El 15 de julio de 1907, en el gobierno de Enrique O. de la Madrid, se inauguró en ese lugar un mercado en que se utilizó el acero, por primera vez en Colima, en una obra pública. Entonces se vio toda una traza de vigas de hierro, unidas por remaches al puro estilo francés adornando y sosteniendo prácticamente toda la estructura del edificio, dándole un toque único al mercado, que en 1914 fue llamado mercado Constitución, aunque entre los pobladores se conocía como el mercado Grande. Así transcurrieron alrededor de 50 años en funcionamiento, hasta que en los años 60, el gobernador Francisco Velasco Curiel, decidió transformar el mercado para convertirlo en la Central de Autobuses Foráneos. Las obras comenzaron en abril de 1965, derribando muros, construyendo casetas y carriles para los autobuses, así como cafeterías y marquesinas en la fachada. El 28 de octubre de ese mismo año, el Mandatario estatal inauguró la terminal, y con el diseño del entonces director de Obras Públicas, Elías Jaik Ceballos, se hizo un nuevo mercado, a espaldas de la Central de Autobuses Foráneos, el cual fue concluido en 1970. Este edificio albergó la central de autobuses por 35 años, hasta que llegó la inauguración de la nueva terminal. El 31 de agosto de 1990 se derrumbaron varias partes en su interior para adaptarlo como el centro municipal Miguel de la Madrid Hurtado. Como centro municipal, donde se realizaban múltiples eventos, operó durante algunos años hasta que cayó en el abandono y en la apatía de todos. 

Bastó la decisión de Leoncio Morán de recuperar el edificio del abandono y de la apatía en la que se encontraba para que  los conservadores, reaccionarios y fifís pusieran el grito en el cielo, escandalizados, porque se está violando la ley –dicen histéricos-. Vaya novedad.

Cuando Carlos Vázquez decidió hacer de Colima un jardín todos los habitantes de la ciudad estuvimos de acuerdo en ello y aprendimos a amar nuestra ciudad y la hicimos más nuestra: por limpia y por su baño de flores.

Colima es una zona telúrica que poca piedad tiene con nuestros edificios, los temblores cíclicos de gran intensidad han dejado pocos edificios en pie, nuestra ciudad está en movimiento, literalmente, y consecuentemente contamos con pocos edificios históricos que den cuenta de nuestro pasado y los pocos que quedan los tenemos en el abandono. Hemos dejado que su belleza y su historia se derrumben y arrastren con ellos nuestra memoria. 

Palacio de Gobierno, el hermoso edificio de Correos, La Catedral Basílica, el teatro Hidalgo y la otrora Central de Autobuses Foráneos son de los pocos edificios que tenemos en pie. 

Todos hemos pasados, más de una vez, por la calle Gildardo Gómez y apenas alcanzamos a ver una vieja barda de ladrillos viejos –llenos de historia nuestra- que se asoma sobre las fachadas de las casas de la acera oriente, precisamente sobre la finca marcada con el número 33, de dicha calle y pocos sabemos que se trata de una histórica barda de un viejo convento de frailes mercedarios, que allí residieron, y esa barda algo nos quiere decir y los funcionarios actuales del INAH no le ayudan a este vestigio terminar su mensaje, se trata del convento de la Merced. ¿Por qué? Porque son burócratas que sólo están interesados en cobrar su quincena, y si tuvieran tantita vergüenza, ya hubieran renunciado. Ojalá algunos funcionario atrevido inicie su remozamiento para que pierda su invisibilidad y recuperemos un edificio más del centro histórico de nuestra entrañable ciudad. Aunque vuelvan a gritar histéricos los conservadores, reaccionarios y fifís.

En Colima vamos a defender lo positivo, la obra que nos una y la obra que nos diga que estamos bien. Como dijo el poeta tabasqueño Carlos Pellicer: Trópico, ¿para qué me diste las manos llenas de color/Todo lo que yo toque se llenará de sol.

En Colima estoy cierto que vamos a defender el mural porque ya nos pertenece a los ciudadanos:

Yo digo que el mural se queda porque es una obra de arte;

Yo digo que el mural se queda porque nos devuelve un edificio condenado al abandono y a la incuria;

Yo digo que el mural se queda porque es la obra de Hazel Covarrubias;

Yo digo que el mural se queda porque tiene luz, color y vida de nuestro estado tropical;

Yo digo que el mural se queda porque es el triunfo del color sobre el gris de los amargados y corruptos;

Yo digo que el mural se queda porque es el triunfo del trabajo sobre el odio y la pereza;

Yo digo que el mural se queda porque nos une y nos dice que la esperanza existe;

Yo digo que el mural se queda porque nosotros, los colimenses, queremos que se quede;

Porque el mural es lindo… el mural se queda.

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