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El #MeToo y el suicidio de Armando Vega Gil

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El suicidio de Armando Vega Gil, bajista de la banda mexicana Botellita de Jerez, después de haber sido exhibido en el contexto del #MeToo mexicano como supuesto acosador sexual, causó un fuerte impacto en algunos sectores de la sociedad y puso a debate el anonimato de las denuncias generadas dentro ese movimiento.

En el origen se encuentra la grave situación de acoso y hostigamiento sexual que ha vivido y sigue viviendo un amplio sector de las mujeres en prácticamente todos los ámbitos. Adolescentes, jóvenes y adultas han sido la mayoría de las veces víctimas y han tenido que soportar silenciosamente abusos de jefes, compañeros de trabajo, maestros, entrenadores, sacerdotes, etcétera.

Y cuando se atreven a hacer frente a sus agresores denunciándolos ante las instancias superiores, por lo general topan con oídos sordos y hasta son revictimizadas tachándolas de mentirosas y de otros calificativos. Así también, las instituciones de investigación e impartición de justicia continúan arrastrando deficiencias, incapacidades, vicios y prejuicios que les impiden atender a estas víctimas como es debido.

La raíz de esta problemática que enfrentan las mujeres, así como el origen de muchos otros males que vive la sociedad en general, provienen de lo que el humanista Claudio Naranjo llama la mente patriarcal, que desde la instauración de la actual civilización occidental, hace alrededor de 6 mil años, ha regido las relaciones humanas con el dominio de la visión masculina sobre la femenina.

Bajo estas circunstancias, ha sido natural el desarrollo y la prevalencia del machismo y la misoginia, en perjuicio de más de la mitad de la población, lo que ha dado cabida a actitudes abusivas y agraviantes derivadas de la creencia de superioridad de un sexo sobre el otro. 

Ante esta realidad, el surgimiento del movimiento #MeToo —en el que las víctimas de hostigamiento, acoso, abuso y violación tienen la posibilidad de denunciar y evidenciar públicamente de manera anónima a sus presuntos agresores a través de las redes sociales— ha significado para muchas mujeres la oportunidad de visibilizar una situación ignominiosa e injusta que han padecido y que podrían estar padeciendo otras mujeres.

Los efectos de estas denuncias han sido variados: desde la mera exhibición de los presuntos responsables y lo que ello implica para sus ámbitos familiares y sociales, despidos de sus centros de trabajo, hasta el suicidio de Armando Vega Gil, conocido personaje de los sectores musical y cultural en el país.

En su carta póstuma, hasta el último momento Vega Gil dijo ser inocente, pero adujo que con el simple señalamiento en su contra el daño ya estaba hecho. Anticipó que, aunque lograra demostrar su inocencia, ya nadie le creería y cargaría siempre con la sospecha que le cerraría puertas en sus áreas de trabajo. Por lo tanto, optó por la muerte autoinfligida.

Sin prejuzgar sobre la inocencia o culpabilidad de Vega Gil —aunque a final de cuentas toda persona es inocente hasta que se demuestra lo contrario—, considero que su muerte en las circunstancias en que ocurrió (sin que esto signifique responsabilizar directamente a #MeToo de la tragedia) debería conducir hacia una discusión reflexiva y seria sobre la pertinencia de mantener o transformar los mecanismos operativos del movimiento, sobre todo en lo relativo al anonimato de las denuncias.

El de Armando Vega Gil no ha sido el único caso en el que se ha alegado inocencia. Entonces, bien podría aceptarse que dentro del gran caudal de denuncias verídicas y justas podrían colarse también acusaciones falsas capaces de destruir honras y vidas, motivadas por razones de cualquier naturaleza. 

Estoy convencido de que hay que pensar primero en las mujeres víctimas. También estoy convencido de que deben tomarse medidas preventivas para no dar oportunidad a que, en medio de la búsqueda de justicia, se generen más víctimas con acusaciones públicas que podrían resultar infundadas. Si la idea es reivindicar a quienes han sufrido los abusos, esto podría lograrse aún con mecanismos de cierto grado de verificación de los hechos denunciados antes de difundirlos.

Pero además de todo aquello que tendría que repensarse en torno al funcionamiento de #MeToo, también es necesario tener presente el reto que tienen ante sí las instituciones públicas, las empresas privadas, centros educativos, deportivos, así como las organizaciones sociales y políticas, de implementar mecanismos de prevención y sanción del acoso, hostigamiento y abusos sexuales en su interior. De la misma manera, las instituciones del área de seguridad y justicia tienen también la gran responsabilidad de cumplir su tarea con sensibilidad en su trato hacia las víctimas y con rigor científico en sus investigaciones y actuaciones.

A continuación, me permito reproducir un texto publicado la mañana de este martes por la periodista Blanche Petrich en su muro de la red social Facebook. Lo dejo para la reflexión y análisis.

“Quiero decirlo, ya no solo pensarlo y repensarlo día y noche. 

“El movimiento #MeToo me perturbó.  Primero me cautivó, me emocionó.  Pensé en todas esas chavitas que me causan admiración, las nuevas mujeres, las que hacen lo que se les da la gana, con imaginación desbordada y esa audacia de ir y venir en bici o en moto a todos lados. Mujeres fuertes, con sólidos lazos de fraternidad entre ellas, con sus simbólicos pañuelos verdes al cuello y el puño en alto por la diversidad, la igualdad, la justicia, contra la impunidad.  Por nuestra libertad.

“¿Cómo son ellas frente al espejo de la liberación femenina, cómo enfrentan el machismo y el acoso, ya lejos de la mojigatería y la timidez de nuestra generación?   Me dispuse a seguir los hilos de la plataforma en twitter.  Leí con muchos sobresaltos denuncias de todo tipo contra el acoso y el abuso de escritores, periodistas –mis colegas, mis amigos–, músicos, gente de cine, de la academia, del activismo social.

“Encontré entre las narrativas dolorosas y los rasgos de vidas lastimadas por el abuso líneas valientes, reacciones de solidaridad, relatos indignantes y expresiones liberadoras.  Y también muchos textos incongruentes, palabras que no tenían el timbre de la sinceridad, relatos que confundían maltrato laboral con abuso sexual. Me pareció que muchas veces se confundían torpes e indeseados intentos de seducción con acoso, relaciones de pareja tóxicas con violaciones. Hubo denuncias con sabor a mentira, a exageración, a morbo, a revancha.  A ratos #MeToo parecía un tribunal sumario, histérico, acrítico.  Sé que a mí también me mandará a la hoguera ese coro de voces que bajo la fórmula de la solidaridad repite sin mucha reflexión: #Yotecreo.  

“Después de un día de leer los tuits sonaron mis alarmas. Me dolió que a las hijas de las curtidas feministas de antes les aquejara la misma parálisis que a nosotras; que a las chavitas de hoy les fallaran, como a nosotras décadas atrás, los mecanismos de defensa; que su respuesta “No es NO” tuviera tan poca fuerza como en el pasado.  Sentí que algo había fallado.  En la historia de la lucha por las mujeres, pero también en la herramienta #MeToo. 

“¿Cómo se filtraron y verificaron los mensajes para evitar que los testimonios de buena fe se contaminaran con los linchamientos y los falsos relatos?  ¿Qué mecanismos de contención se dispusieron para dar cauce a las revelaciones y evitar dañar a inocentes?  ¿Se midieron los riesgos de soltar en las benditas (o malditas) redes sociales todos estos demonios bajo el supuesto de “tirar” el machismo y el abuso contra las mujeres?

Los latigazos de verdad, y los falsos, hirieron a los acusados, convertidos en villanos y violadores a nivel trending topic.  Hubo consecuencias: despidos, heridas incurables, desprestigio, carreras truncadas, familias enteras lastimadas.  Solo hubo una rectificación de #MeToo: días después de lastimar el buen nombre de un defensor de derechos humanos, el mecanismo reconoció que la acusación era falsa.

“Ya para entonces veía claras señales de que el ejercicio, que debía traer fuerza, salud y valor a la indispensable causa de asegurar a las mujeres una vida libre de violencia, se salía de cauce.

“Y llegó la sangre al río.  El rockero Armando Vega Gil fue objeto de una acusación demoledora.  Una niña de 13 años.  Un episodio de hace seis, siete años. Un hecho narrado de manera confusa. Él dijo que no era cierto.  Pero se sintió acorralado. “Sé que en las redes no tengo manera de abogar por mí, cualquier cosa que diga será usada en mi contra”.  Y segó su vida.

“Era el momento de callar.  Era el momento de detenernos, todos y todas.  Y repasar lo andado.  Que nadie acuse a nadie, víctimas hay en todos los bandos. Alto.

“Pero #MeToo no supo reconocer el valor del silencio.  Sobre el duelo y las lágrimas de la familia y los amigos del botellito de jerez hablaron las juezas ciegas: ‘Jugar con eso para salvarte de una demanda por pederastia e intentar limpiar tu imagen no solo es cobarde, es ruin’.  Para mí, el #MeToo mexicano se hundió con esas palabras.

“Por eso quiero hablar ahora. Porque en esas líneas miserables vi las manos torpes e insensibles de unas feministas sin inteligencia, que no supieron conducir un movimiento liberador de denuncia y verdad.  

“Retomo las palabras de un hombre, no de una mujer: ‘Es correcto que las mujeres alcen la voz para hacer que nuestro mundo podrido cambie. Es un derecho inalienable el de la denuncia, sobretodo el de las mujeres’. Son palabras de Armando, en su carta póstuma.  Si él supo escucharnos ¿sabremos nosotras escucharlo a él?

“El #MeToo de twitter se ha terminado para mí. 

“Me siento a la orilla del camino esperando que pase otro movimiento feminista; que sea limpio, crítico y autocrítico, inteligente, no revanchista.  Que recoja todos los gritos de quienes queremos que todas las mujeres tengan una vida libre del abuso, la violencia, las ofensas, los agravios y cadenas del machismo, el patriarcado y la misoginia; una vida llena de amigos, novios, compañeros y amantes para vivir la vida.  Y en ese desfile quiero ver también a muchos hombres, a mis amigos, mis compañeros, luchando junto con nosotras.

“Estoy segura que de otra manera no se va a poder”.

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