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OPINIÓN

Vislumbres. 500 años. Segunda parte.

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Escrito por: Abelardo Ahumada.

EL GRAN CRONISTA. –

Basado en su prodigiosa memoria y revisando con mucha atención los apuntes que indudablemente fue tomando, un día, cuando contaba “con más de ochenta y cuatro años” y andaba “corto de vista y oído”, el soldado español, Bernal Díaz del Castillo, se dispuso a escribir su propia versión de lo que lo que había sucedido durante los primeros años de la conquista de lo que ahora es México, pero comenta que cuando apenas estaba iniciando su escrito, llegaron a sus manos tres libros nuevos, impresos en España, en los que se narraba la historia que él pensaba contar, y que, como notó que aquellos tres relatores lo hacían mucho mejor que él, suspendió su escritura. Pero como debido a esa suspensión dispuso de más, “los torné (los volví) a leer y a mirar muy bien las pláticas y razones” que exponían dichos autores, observando que en ninguna parte de aquellos renombrados textos, se contaba lo que él y sus demás compañeros habían hecho y padecido en realidad, y se ensalzaba, en cambio, a algunos capitanes y se oscurecía a otros. Todo ello sin mencionar que los tales cronistas: “Gómara, Illescas y Jovio”, narraban sólo de oídas y eran, a veces, tan exagerados, que afirmaban que los soldados de Cortés habían provocado más muertes entre los indios de la ya entonces denominada Nueva España, que Atila y los hunos en la conquista de Europa.  Por lo que, encorajinado, y deseando hacer valer las hazañas que habían realizado, se dispuso a retomar la pluma y escribir su propio libro, al que, para desacreditar al menos a los otros tres, tituló “Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España”, en cuya introducción aclara que aun cuando él no era “latino”, ni sabía de gramática y de retórica, él escribiría de lo que vio y de lo que aconteció en los lugares “donde me hallé peleando”. Todo esto antes de advertir que refutaría las imprecisiones de los demás, como “testigo de vista” que fue. Pues no en vano había sido el único soldado español que participó “en las tres expediciones arreo” (seguiditas, una tras otra), y seguía siendo uno de los últimos 508 soldados que participaron en la expedición de Hernán Cortés, la más trascendente de todas ellas.

Esta última precisión que hizo Bernal Díaz me dio luz para entender por qué, al redactar su crónica de la primera de las tres expediciones (la de Francisco Hernández de Córdoba, iniciada en febrero de 1517), el soldado se percibe anotando algunas frases muy vagas y no se cuidó de poner más atención a las fechas en que acontecieron los sucesos que tuvo que referir; mientras que, al redactar su crónica de la segunda (la de Juan de Grijalva, iniciada en marzo de 1518), sus frases son mucho más certeras y hay más seguridad en su redacción, en tanto que, al relatar la tercera, encabezada por Hernán Cortés, da muchas luces y señales, abunda en sus descripciones y anota fechas exactas, relacionándolas casi siempre con el Santoral Cristiano, como era costumbre entonces hacerlo. Lo que equivale a decir que no sólo maduró como individuo y como soldado, sino también como recopilador de apuntes en esos tres años, y en los que siguieron después.

Y para precisar finalmente, su propia identidad, en otra parte afirma “ser natural de la muy noble e insigne villa de Medina del Campo”, hijo de “Francisco Díaz del Castillo, regidor que fue de ella, al que por otro nombre (o sobrenombre) le llamaban El Galán”, y de María Díaz Rejón, su legítima mujer”, fallecida antes de 1514, año en que él se embarcó para venir al “Nuevo Mundo”.

En otra parte dice que tenía unos 24 años cuando se involucró en la primera expedición, por lo que podemos legítimamente deducir que cuando se embarcó en la misma nao en que viajaba el capitán Pedrarias Dávila, para encargarse de la gobernación de la parte del continente ya descubierta por Vasco Núñez de Balboa, que por entonces denominaban “Tierra Firme”, Bernal debió tener cerca de 21 años. Ahí platica, además, que permaneció un buen tiempo en tales lares antes de trasladarse hacia Cuba, donde Diego Velázquez, su pariente, había quedado igual de gobernador, y le había prometido darle tierras e indios, pero sin cumplir su palabra.

Motivado por esa inquietud y deseando forjar su futuro, decidió, pues, Bernal, participar en la primera de las expediciones, y luego en las dos siguientes, hasta convertirse, casi sesenta y tres años más tarde (en el momento que volvió a tomar la pluma), en el “más antiguo descubridor conquistador [vivo], de cuantos ha habido y hay en lo de Yucatán y la Nueva España”. Nada más y nada menos.

LA PRIMERA BATALLA. –

Así, pues, contando ya con muchísima más experiencia como redactor en la tercera expedición, Díaz del Castillo dice que, habiendo partido desde Cozumel el día 4 de marzo de 1519, ocho días después (un día como ayer, pero hace 500 años), las naves de Cortés lograron arribar hasta la desembocadura de un río muy ancho al que los nativos de por aquellos rumbos denominaban Tabasco, y a donde las naves de Juan de Grijalva habían arribado también unos once meses atrás, rebautizando a ese río con el apellido de dicho conquistador.

En ese preciso punto en particular, Grijalva y los suyos fueron atacados por los pobladores indígenas, terminando casi todos ellos muy mal heridos, de tal modo que decidieron seguir costeando el litoral del golfo hasta llegar a Pánuco, para irse de ahí a La Florida, y desde ésta hasta la Habana, en donde Grijalva terminó muriendo a los pocos días de volver.

Cortés, sin embargo, que era más atrevido, que contaba con más gente, más armas y con aproximadamente 14 caballos, dio, durante los días 13 y 14 de aquel marzo memorable, una gran batalla en contra de los seguidores del cacique Tabasco, en la región que actualmente se conoce como Centla.

Los tabascos eran numerosísimos en comparación con el contingente que  capitaneaba Cortés, pero jamás habían visto a los caballos de guerra, ni habían escuchado los estampidos de los mosquetes, ni constatado el poder destructivo de las balas, las flechas de las ballestas y las filosas espadas metálicas que utilizaban sus enemigos, por lo que viendo la mortandad que los invasores estaban produciendo entre sus propios guerreros, acabaron rindiéndose y le entregaron a los hispanos, muchos guajolotes, gran cantidad de comida y veinte mujeres jóvenes para que les preparaban sus bastimentos. Mujeres entre las que, menor de 17 años y bella según se sabe, iba Malinalli, la futura querida y traductora de Cortés.

DETALLES A REVISIÓN. –

Antes de continuar, sin embargo, con la relación de los hechos protagonizados por el contingente español, y con la mención de las importantes decisiones tomadas por su capitán general, conviene detenernos, así sea brevemente, en el análisis de algunos puntos que resultan de sumo interés al cavilar acerca de esos hechos.

Lo primero que mencionaré es que, cuando ve uno cualquiera de los mapas que muestran la posición de las Grandes Antillas en relación al Golfo de México y la Península de Yucatán, resulta evidente que la distancia entre la parte más occidental de Cuba y la Isla Mujeres (donde se ubica el extremo más oriental de lo que hoy es México) no es ni de 250 kilómetros, por lo que es dable preguntar ¿cómo fue que, habiendo estado tan relativamente cerca las islas de la península, nunca tuvieron los marinos españoles, en casi 25 años a partir del primer viaje del Almirante Colón, noticias de la existencia de Yucatán, y de lo que hoy son las costas de Tabasco y Campeche?

Sabemos, por ejemplo, que durante su primer viaje (realizado entre 1492 y 1493) Colón no sólo “descubrió” Guananí (a la que le nombró San Salvador), sino que costeó La Española (actual República Dominicana); que en el segundo (1493-1496) rodeó Jamaica y costeó la parte más sureña de Cuba; que en el tercero (1498-1490) descubrió la isla Trinidad (hoy Trinidad y Tobago) y recorrió las costas que hoy son de Venezuela; que en el cuarto y último (1502-1504) bordeó las costas de Panamá, Costa Rica, Nicaragua y Honduras, pero que nunca se fue hacia México, y que tampoco nunca (al menos conscientemente) lo hizo ningún otro navegante a lo largo de 25 años, estando Yucatán, como dije, muchísimo más cerca de Cuba que casi cualquier otro de los lugares mencionados.

Por eso es importante saber lo que anotó en ese mismo sentido Bernal Díaz del Castillo cuando afirma que, luego de haber andado un buen tiempo con Pedrarias Dávila, conquistando por los rumbos del actual Panamá, él y otros “caballeros, personas de calidad” acordaron “demandarle licencia para irnos a la isla de Cuba” y, allá, “como habían pasado tres años” de andar de un lado para otro sin conseguir elementos para sustentar su futuro, se juntaron “ciento diez compañeros” carentes de tierras e indios, para concertarse -dice- “con un hidalgo que se decía Francisco Hernández de Córdoba [para que fuese su] capitán e ir a nuestra ventura a buscar y descubrir tierras nuevas para en ellas emplear nuestras personas”. Con lo que llegamos a la conclusión de que en ningún momento fue Diego de Velázquez el que planeó la primera expedición, sino todos esos hombres, asesorados desde una perspectiva náutica, por el ya entonces avezado piloto Antón de Alaminos, el que, como dije en la primera parte, había recodado que durante el último viaje del Almirante Colón, siendo él apenas un jovencito que fungía como grumete, vio, junto al propio Colón y otros marineros que iban en la nao capitana, una gran piragua entoldada, en la que iban varios indígenas desconocidos, vestidos con ropa blanca, navegando a vela y a remo. Siendo eso algo que jamás habían visto en ninguna de las islas ya conocidas o conquistadas.

Hay otro párrafo de Bernal del Castillo que corrobora una parte de lo que aquí dicho y que complementa la información. Y es donde dice, que habiendo salido desde la Habana “en los ocho días del mes de febrero de 1517”, a los “veintiún días” que habían “salido del puerto” vieron una tierra (hoy Cabo Catoche, en Yucatán), a la que nunca ningún español había visto ni “descubierto jamás”.

Hoy toda esa corta distancia la puede recorrer una lancha rápida en unas cuantas horas. ¿Por qué tardaron entonces casi 21 días? Más adelante, en otro capítulo, al referirse a su recorrido por las inmediaciones de las actuales costas tabasqueñas y veracruzanas, Bernal Díaz explica que sólo las recorrían de día porque, no conociéndolas, tenían el fundado temor de encallar, o de chocar con algún islote, en la medida de que carecían de la información que les permitiera navegar sin temores. Y al hablar sobre la Boca de Términos, también explica que iban sondeando los fondos, lo que equivale a decir que navegaban muy lentamente, tomando nota puntual de todo cuanto veían y medían, siguiendo un plan muy lógico de observación y análisis, mediante un procedimiento que se antoja casi científico.

Otro dato que explica con gran claridad una de las incógnitas que habíamos planteado, y que corroboraba el vagaroso recuerdo del grumete Alaminos, aparece fechado el 4 de marzo de 1517, cuando estando todos los navíos de Hernández de Córdoba anclados como a una legua de la costa, frente a una población maya que había en las inmediaciones de Cabo Catoche, y que tenía pirámides encaladas, “vimos venir diez canoas muy grandes, que se dicen piraguas, que venían a remo y a vela” (¡!). Eran unas canoas gigantes “hechas a manera de artesas” (o bateas, diríamos nosotros acá), cavadas, o ahuecadas en “un solo madero”, en las que “caben cuarenta indios”.

Testimonio importantísimo que más adelante repetirá con distintas palabras, y que sirve para fundamentar nuestra convicción de que algunos pueblos mesoamericanos también fueron marineros, y que, costeando, recorrieron muchos de aquellos territorios tal vez para comerciar, llegando incluso a las Grandes Antillas, como trataré de demostrarlo en el capítulo siguiente.

Ya para terminar esta segunda parte, tendríamos que detenernos en otro dato fundamental que nuestro cronista mencionó inicialmente de paso, al redactar los sucesos de la primera expedición, y me refiero a que cuando llegaron a las costas de Campeche, e iban ya casi sin agua, vieron una especie de desembocadura de río, a donde quisieron, en lanchas, ir a llenar sus barriles vacíos (pipas, dice él), pero que habiendo salido como “cincuenta indios [vestidos] con buenas mantas de algodón”, desde la playa, ”nos señalaron con las manos si veníamos de donde sale el sol y decían: ¡Castilian, Castilian!”. Sin que los dichos marinos se fijaran o detuvieran a pensar en lo que aquellas personas les habían querido preguntar, no obstante ser, varios de ellos, oriundos de Castilla, y venir, en efecto, de donde sale el sol.

Continuará.

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