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El desprecio por la vida: una forma de gobernar

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Por Federico López Ramírez

   El día 4 de marzo asesinaron a Josué Magaña, a las 10:30 aproximadamente, en la casa del ex secretario de Turismo del estado de Colima. Casi simultáneamente, en las redes sociales, comenzó a circular que el asesinato había sido el resultado de un pleito que se salió de control en una fiesta sui géneris ofrecida por el ex secretario. También se hablaba de dos lesionados más y que uno de ellos fue traslado de urgencia al hospital Universitario. Se decía que el ex secretario había sido abatido por delincuentes en un fallido intento de robo en su hogar. Entre otras cosas-

   Unas horas más tarde el Gobierno del estado dio a conocer a través de un boletín de prensa que efectivamente la casa del ex secretario había sido asaltada y producto de este asalto dos personas habían sido lesionadas y una más había sido asesinada pero que el secretario se encontraba a salvo sólo con algunos golpes menores. No había más información.

   Los vecinos y las redes continuaron su curso y la información también. Se dijo –en las benditas redes- que la fiesta había comenzado temprano en el puerto de Manzanillo y como a las cinco de la tarde ya  se encontraban en la casa ubicada en Paseo de Los Cocoteros número 72, colonia Las Palmas, en la ciudad de Colima, continuando la fiesta desenfrenada, de alcohol y música a altos decibeles, y qué, como a las 10:30 comenzaron las detonaciones de disparos y la estampida de muchachos desnudos por las azoteas y las calles de la colonia tratando de ponerse a salvo de sus agresores.

  Al día siguiente el ex secretario solo, como si se tratara de un proveedor independiente, se presenta ante los medios y da su versión (una versión ampliada del boletín de prensa de la Fiscalía) y públicamente presenta su renuncia al cargo.

   El gobernador ausente (en todos sentidos) el día siete anuncia que el día ocho decidirá si acepta o no la renuncia del funcionario, cosa que así sucedió.

   Los juicios de los hechos por los navegantes de las redes fue demoledor: se trataba de un bacanal, organizada por el ex secretario, de sexo, alcohol, drogas y, algo más, que se salió de control por asuntos pasionales. No cabía, ya la menor duda, lo que era un secreto a voces se estaba convirtiendo en un hecho documentado: los bajos instintos de los colaboradores del gobernador (y por qué no de él mismo) estaban ya en los medios nacionales, que contrastaban con el silencio sepulcral de los medios locales. Y el veredicto fue contundente: éste es ya el sexenio de las locas. La furia homofóbica cayó como un rayo fulminante sobre el gobernador y todo su equipo. Los mismos vecinos informan, también, que desde hacía cinco meses la casa del ex secretario era la encarnación de La casa que arde de noche, como diría el escritor Ricardo Garibay.

   El viernes ocho algunas radiodifusoras (en una de ellas un ex gobernador pendenciero por definición y, matraquero de ocasión, de Nacho Peralta), los medios impresos y algunos digitales se dedicaron a hablar del abucheo que había sufrido el gobernador por unos perversos ciudadanos: profesionales del odio –según ellos-. Puras cortinas de humo para distraer del tema grave en el que está inmerso el gobernador y su gobierno. El sábado, ante la velocidad de los acontecimientos, la Fiscalía General del Estado anuncia que los delitos que se investigan son: secuestro, homicidio, corrupción de menores y delitos contra la salud. Lo que hasta hoy hemos visto es un gobierno  golpeado por su exhibida ante la sociedad de sus inmoralidades al desnudo, literalmente.

   Detengámonos un poco. Aquí ocurrieron hechos graves: un infante está muerto; hay un esfuerzo de la FGE por encubrir los hechos, o mejor dicho, por proteger al ex secretario; existe la presunción del delito de corrupción de menores y; también se presume el tráfico de drogas. Todos los anteriores delitos graves, entonces, ¿por qué el ex secretario anda libre y tan campante?

   Primero, no se trata de juzgar las preferencias sexuales de nadie: Nacho Peralta y los miembros de su equipo tienen todo su derecho a ejercer la sexualidad como les de su gana, ese es su derecho individual, como todos los tenemos. Aquí el asunto es que se cometió un asesinato y el Gobierno del estado debe investigarlo y castigar a los autores materiales. También está claro que se trata de una evidente corrupción de menores, la presencia del Abel, joven escort homosexual y profesional, así lo confirma, pues está claro que se trataba de una “fiesta” muy especial.

   Segundo, es evidente, que en esta fiesta “privada” se estaban usando recursos del estado, por lo tanto,  debe investigarse el por qué se emplean recursos del Gobierno donde hay alcohol, drogas y corrupción de menores. ¿En manos de quiénes estamos?, pues el asesinato, la trata y las drogas son los principales flagelos, de hoy en día, y resulta que los funcionarios públicos son los principales promotores.

   Tercero, existe un intento evidente de la FGE por tapar los hechos y dejar sin castigo a los perpetradores de los acontecimientos.

   Por otro lado, qué pasa con la Comisión Estatal de los Derechos Humanos, que ha brillado por su ausencia. Cuando se acosó a los maestros ésta fue cómplice de la Secretaría de Educación Pública para que los maestros fueran cesados. La CEDH nos cuesta a los colimenses 9.5 mdp al año y no es capaz de decir una sola palabra a favor de Josué Magaña, el joven asesinado. Un florero es más útil que este organismo autónomo, que sólo sirve de tapadera de las impunidades de Nacho Peralta.

   La protección del Gobierno al ex secretario convierte al gobernador en un cómplice más. ¿Será que hay mar de fondo?, y pronto, más temprano que tarde, este acontecimiento será tan emblemático como aquel de los tiempos de Don Porfirio que dio sentido al número 41.

   De seguir así, cualquier día, un día cualquiera, saldrá una estampida de efebos desnudos de la Casa de Gobierno y eso será un evento cotidiano, pues ya nuestra capacidad de asombro estará agotada. El desprecio por la vida es una forma de gobernar y Colima está en vías de convertirse en un gran lupanar, según Nacho Peralta.

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