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OPINIÓN

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Escrito por: Abelardo Ahumada

“Roma” no sólo fue propuesta como la mejor película para los Óscares del 2019, sino en varios otros importantes festivales cinematográficos, como el Festival de Cine de Venecia, en los que obtuvo muchísimos premios, incluidos los de Alfonso Cuarón, como el mejor director.  

A los mexicanos amantes del cine, y a quienes nos hemos atrevido a “cometer el pecado de la literatura”, nos debería dar mucho gusto que un compatriota logre semejantes éxitos. Y tendríamos que aspirar a que otros destacaran también no sólo en el box o en el futbol, sino en todas las bellas artes.

Motivado por lo antes dicho, hoy no quiero comentar noticias sino narrarles un cuento:

LA NAGUALA. –

La vereda, visible apenas entre la hojarasca, condujo a los caminantes hacia un arroyo que descendía de un cerro muy alto, al noreste de la ranchería de El Mamey.

Cruzaron durante casi media hora por un tramo de selva tupida donde abundaban los árboles de copal e innumerables chachalacas emitían sus estridentes voces un instante aquí, otro más allá, y otro aún más lejos.

  • Los ruidos de las chachalacas parecen carcajadas de bruja. ¿Qué no? – preguntó el guía.
  • ¿Ustedes creen en las brujas? – Asegundó don Ceferino Cárdenas.
  • Yo sí – respondió Pablo Pame-. Y mi primo Santiago Andrés todavía más. ¿Verdad pariente?
  • Mmmm.
  • ¿A poco todavía te da miedo hablar de la bruja?
  • Miedo no, nostalgia sí.
  • Y, luego, ¿qué le pasó, don Santiago?
  • Al rato se los platicaré…

Luego llegaron hasta la orilla de la lagunita y, el hombre, a quien sólo se le había visto abrir la boca para comer, se mostró renuente, pero la insistencia fue mucha y tuvo que hablar.

Notablemente pálido, indudablemente emocionado, suspiró hondo un par de ocasiones, miró hacia las copas de los grandes árboles que les daban sombra y comenzó diciendo:

“Soy el mayor de mi casa, y le llevó cinco años a mi hermano Vicente… Un día, cuando yo tendría entre 14 y 15, mi padre me invitó a ir a la función de Ayotitlán, un pueblo vecino que, por si no lo saben algunos de ustedes, está del otro lado del cerro de Las Piedras Pesadas. Mi padre iba alegre, pero no del todo. Como que tenía algún motivo de preocupación.

Yo no le pregunté nada porque como es costumbre en Tlacalahuastla, la gente grande nunca platica de sus cosas con los chiquillos y yo todavía no me casaba, como para merecer su consideración.

Pasamos el río que también se llama Ayotitlán y, cuando íbamos a media corriente, con el agua en los muslos, me dijo “¡Espérate, vale! Mira muy bien para allá ¿Ves esa lomita? Ésa, la que tiene una casita encima. Ahí habita una naguala, la naguala más poderosa de todo este rumbo. Trata de nunca ir para allá”. Y fue todo lo que me dijo, porque el viejo era de muy pocas palabras, no admitía preguntas y no daba explicaciones. 

En eso llegamos al pueblo, y a mí, con la novedad de la fiesta, se me olvidó el comentario de mi padre y no me volví a acordar de lo que dijo sino hasta como tres años después, y de una manera que no podría imaginarme jamás.

En esa ocasión, iba yo otra vez a la función de Ayotitlán, pero acompañado ya por mi señora. Bajamos por la ladera y, en una curva de la vereda, ya para llegar al río, nos detuvimos de sopetón, porque en la orilla se estaba bañando una mujer hermosísima, sin nada cubriéndole el cuerpo. Sus pechos eran grandes, pero no deformes, y muy firmes aún. Su cadera era como la de una guitarra. Su pelo tan negro y brillante como las plumas de un cuervo, y lo tenía tan largo que fácilmente le llegaba a las nalgas, pero su cara, aunque no se le veía ninguna arruga, me dio la impresión como si fuera muy vieja, antigua, de las que ya no se ven por acá.

Nos vio llegar y no hizo el intento por esconderse ni por cubrirse nada. Sino que, por el contrario, se levantó del remanso y se puso de pie, mostrándose toda entera, con su belleza salvaje.

Nos miró directo a los ojos con sus pupilas de lo más negro. Yo sentí que me llamaba su cuerpo como no me había llamado nunca el cuerpo de nadie, pero me controlé por respeto a mi mujer, saludé con los “buenos días” y nos dispusimos a cruzar el río.

Antes de comenzáramos a cruzar el vado la hembra sonrió. Levantó su pecho, como para exhibirlo mejor. Lanzó una carcajada y se tiró un clavado en el remanso.

Cuando llegamos al otro lado del río mi mujer iba temblando de rabia o de celos. No sé, pero yo voltié una vez al comenzar la vereda, pero ya no vi a la belleza aquélla. Como si mientras nosotros íbamos cruzando el vado, ella se hubiese perdido entre la maleza o sumido en el agua.

La función no tuvo chiste para mí esa vez; pues por donde quiera se me revelaban el cuerpo de esa mujer, y su mirada provocativa.

Mi esposa, que era muy joven y nada fea, me parecía, en comparación, una mujer insignificante y me molestaba cuando me dirigía la palabra.

Entonces pasó la peregrinación, tronaron algunas docenas de cohetes, tocó una chirimía muy famosa que había venido desde El Limón y como que, con el ruido, se me borró un rato la estrujante escena del río. 

Como había mucha gente de visita en el pueblo, no alcanzamos lugar en la iglesia y tuvimos que oír la misa en el atrio… Junto a nosotros estaban unos parientes con los que íbamos a pasar la noche en su casa. Luego que terminó la misa nos fuimos a comer una cazuela de birria; más tarde a los toros; en la noche al baile con una bandita que había organizado el señor cura de Zapotitlán, y después cada quien a dormir.

En mis sueños se aparecía una y otra vez la mujer del río, con su cabellera desparramada flotando en el agua, su seno elevado y sus redondas caderas, como de reluciente guitarra.

Volvimos a Tlacalahuastla sin novedad y, un sábado después, por ahí como a la media tarde, no aguanté más la tentación y me fui muy aprisa con rumbo de Ayotitlán, para ver si veía a la mujer. Pero estaba solo el río. Y fue entonces cuando me acordé de lo que mi padre me había dicho tres o cuatro años antes: ‘¿Será esa mujer una bruja? ¿Será la naguala que dice mi padre?’. “Trata de nunca ir para allá”. Me dijo clarito él, pero no me explicó por qué. Y ahí me quedé un rato: ‘¿Voy o no voy?’. Hasta que el recuerdo de aquel cuerpo tan sin igual me convenció de ir.

Me encaminé con algo de miedo hacia la lomita, pero también con alguna esperanza, y ciertamente con gran emoción.

Llegué hasta el pie de la loma, pero no me animé a subir, porque me sentía jalado por el cariño de mi mujer. ‘¿Qué hago? ¿Qué hago?’.

En eso oí una canción. Una canción que no había oído nunca, cantada por voz femenina. Noté que el sonido venía de alguna parte cercana y, dominando mis miedos, comencé a subir por la vereda hasta donde salía la voz.

Llegué a una finquita de adobe con techo de zacate, rodeada de todo tipo de plantas silvestres y cultivadas. Una vieja encorvada, cubierta con un rebozo casi tan viejo como ella misma, les daba tierra a las plantas y cantaba cuando lo hacía, pero de espaldas a mí.

Tosí para hacerme notar. Se volvió sin demostrar susto o sorpresa, y me dijo como si me conociera desde antes:

“Ya venites, Santiago”.

Me quedé mudo de la impresión. ‘¿De dónde me conoce esta doña?’ Y, como si me leyera la mente, me volvió a decir:

“Sabía que vendrías. Tu padre me habló de ti. Como tu abuelo me habló a su vez de él”.

‘¡Es la naguala, sí, es la naguala! ¡Por eso sabe mi nombre!’ – pensé con gran susto.

“No tengas miedo, ven. Me llamo Macuilxochítzin. Ayúdame a levantarme y vamos a la sombra, ahí bajo la chayotera”.

Me acerqué hasta ella. Le di mi mano para que se apoyara. Sentí los callos de sus dedos en la mía y, pese a ellos y a la vejez de su cara, volví a sentir un llamado muy parecido al que me produjo aquella visión en el río.

‘¡No puede ser, no puede ser!’ – seguía yo pensando con la velocidad de un relámpago.

“Siéntate en ese tronco. Déjame atizar el fogón. De seguro que tienes hambre”.

Bebí y comí de lo que me dio. No sé qué haya sido aquello. Pero me parecieron manjares.

Cuando se acercaba la noche pensé volverme a mi casa, pero algo estaba sucediendo allí que no me daban ganas de irme.

La vieja ya no parecía tan vieja y me comenzó a contar algunas de las pocas cosas de las que le había oído contar primero a mi abuelo y después a mi padre.

Así llegó la oscuridad completa y yo seguía oyendo su voz, acariciadora y fresca. Finalmente salió la luna y la volví a ver a ella como la vi en el río: joven, bella, fuerte, con sus pechos duros y sus caderas moviéndose como una serpiente.

No tuve miedo por su transformación. Mi padre me había dicho: “Trata de nunca ir para allá”, pero no me prohibió hacerlo, y entonces entendí por qué.

Dormí esa noche la mejor de mis noches. Ésa y todas en las que la luna estuvo llena. Pero luego Macuilxochítzin me dijo: “Ya es hora de que te vayas con tu mujer. Vuelve cada vez que puedas, en la víspera de la luna llena”.

Todos los oyentes se quedaron absortos unos instantes cuando Santiago Andrés concluyó su narración. Y luego habló Pablo Pame:

“Mi primo se perdió cinco días al hilo, y cuando volvió ya no era el mismo que se había ido. Era como un hombre mayor. Pensaba mucho y hablaba poco. Después, un día, en confianza, me platicó lo mismito que acaban ustedes de oír y, yo, para qué lo niego, me quedé también con la tentación: ‘¿Macuilxochítzin? ¡Qué extraño nombre! De ésos no se oyen por aquí… Yo iré también cuando la luna llena’ – pensé. Y fui, fui varias ocasiones sin que mi primo se diera cuenta, pero ni siquiera vi la mentada loma, ni la casita. 

Supe que mi primo se volvió a ir varias veces al año mientras fue más joven, pero él mismo me acaba de contar que ya llevó a su hijo mayor a la función de Ayotitlán y que, cuando iban pasando el río, le dijo también: “¡Espérate, vale! Mira muy bien para allá ¿Ves esa lomita? Ésa, la que tiene una casita encima. Ahí habita una naguala, la naguala más poderosa de todo este rumbo. Trata de nunca ir para allá” … Le toca el turno al muchacho.

COMENTARIO FINAL. –

Este cuento, que espero les haya gustado, forma parte de la novela Camino de Miraflores, de mi autoría, publicada por Editorial Puerta Abierta, y de la que me quedan algunos ejemplares que pueden solicitar al tel. 312 112 15 63.

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