Tres puestas de sol

Escrito por: Avelino Gómez

Se llama Clementina. Es una anciana. Una anciana prematura. Nos conocimos en una plaza pública. Fue hace un par de años. En ese entonces ella vendía pulseras. Ella misma las hacía. Aprendió a hacerlas cuando alguien le regaló una caja de cuentas de vidrio. Aprendió también a vender esas pulseras. Por necesidad. En la calle. De casa en casa. En oficinas de gobierno. Cuando conocí a Clementina ya habían desaparecido a sus tres hijos. En un mismo días. Una noche ya no llegaron a dormir. Francisco. Miguel. Julio. Durante año y medio los buscó. Por todos lados. Nunca dejó de buscarlos. Hasta que un día los encontró. No con vida. Eran muy jóvenes. Julio. Miguel. Francisco. 

Clementina me contó su historia el mismo día que la conocí. Yo no supe qué hacer con todo lo que me decía. No sabía qué decirle. No sabía dónde poner los ojos. Me dijo que mientras ella viviera nunca dejaría de pronunciar los nombres de sus hijos. Francisco. Miguel. Julio. Esa era su manera de dejar constancia. De evitar que desaparecieran del todo. Entonces le dije que yo tampoco olvidaría. Y ella y yo no supimos dónde poner los ojos. Luego escribí. Sobre ella y sus hijos. Para no olvidar que tales cosas pasan. Para apuntar que las estadísticas tienen nombre. Que tuvieron brazos y pies y cabeza y su propia voz. 

Eso fue hace casi dos años. A Clementina no la volví a ver. Hasta hace tres días. Nos encontramos en un andador de la colonia. Ella iba en una silla de ruedas. La llevaba una mujer de aspecto afable. Y empujaba la silla como si le urgiera llegar a algún lado. Clementina y yo nos miramos como quien mira una puesta de sol. Como quien mira tres puestas de sol. Julio. Miguel. Francisco. La saludé con una sonrisa. No sé si me reconoció. Pero creí ver que también me sonreía. 

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