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OPINIÓN

El calendario que usted ha puesto en la pared

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Escrito por: Avelino Gómez

Se acabó el calendario. Empezamos otro. Año nuevo, le decimos. Nos gusta lo nuevo. Nos agrada ese olor de libro recién abierto. A zapatos puestos por primera vez. A camisa con etiqueta que aguarda ser desdoblada. Ese olor debe ser igual al de los sueños que se cumplen. A usted le fue bien el año pasado. No puede ni debe quejarse. No hubo bajas en su familia. La salud se paseó a sus anchas por la casa. Hubo salario. Pagó deudas. Hasta se compró un nuevo par de zapatos.

A otros les fue mal. Tocaron fondo. Se desilusionaron de algo. De alguien. O vieron con horror y miedo que la vida es frágil. Que desaparece gente. Que asesinan a mujeres y a hombres. Y que nadie se hace responsable de esas vida que ya se perdieron.
Hay quienes dicen que ni les fue bien ni les fue mal. Se hicieron cínicos. Quizás todos nos hicimos un poco cínicos. Medio inválidos del entendimiento. Las noticias dicen que en este lugar del país, como en otros, se asesina de forma absurda. Tanto se ha matado que somos una sociedad minusválida. Es humillante tanta pérdida. Ya no sabemos dónde poner los ojos o el hombro cuando alguien muere de forma violenta. El cinismos nos invadió. Primero a los gobernantes, después a los ciudadanos. Y así termina el año. Y así empieza. Con noticias humillantes. Cínicas.

Pero a nadie le gusta empezar el año hablando de desgracias. Es preferible empezarlo haciendo promesas y propósito. Recién escuché en la radio a un comentarista de política local. El comentarista se prometía a sí mismo que seguiría señalando mentiras y desvelando verdades. Y sentí pena por él. Y pena por mí. Por quienes sin querer lo escuchamos decir tal cosa. Su promesa, hecha pública, le supondrá una labor agobiante. Y a los demás ni siquiera habrá de importarles. El comentarista empujará su piedra cuesta arriba. Y otros verán, apenados, que la piedra rueda cuesta abajo.

Por eso usted no haga promesas. Cuelgue su nuevo calendario y deje suceder los días. Vaya y venga por las semanas como hasta ahora lo ha hecho.  Cuando menos se los espere, en una mañana tibia, se despertará sonriendo. Las promesas se harán por sí mismas. Deseo, entonces, que se impregne del agradable olor que tienen los sueños cuando se cumplen.

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