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OPINIÓN

Esta fauna. Tiempo de gansos

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Escrito por: Avelino Gómez

Hace años solía comprar los periódicos. Los leía. Desde la primera plana hasta los anuncios de ocasión, pasando por las páginas editoriales y las esquelas (que, a veces, se parecían tanto las unas a las otras). Luego de leerlos, los ejemplares del día eran destinados a engrosar la pila de periódicos viejos en el rincón de la casa. En ese entonces yo, con toda propiedad (y pese a las risillas de los demás), me refería a ese montón de papeles ajados como la hemeroteca.

Acumular periódicos era mi única actividad subversiva en una casa donde la limpieza y el orden eran políticas férreas. Y pese a exponerme a las potenciales sanciones por atentar contra el sistema y el orden doméstico, siempre perseveré y jamás renuncié a mis principios: amontonaba papel periódico con la misma determinación de quien lucha contra la mafia del poder.

Mientras viví en esa casa siempre me las ingenié para darle su justo lugar a los periódicos. Estaba convencido que alentar las lecturas periodísticas y resguardar los diarios debía servir para algo. Y en efecto, de tanto en tanto acontecían situaciones que me daban la razón. Había días en que “mi hemeroteca” nos sacaba de grandes apuros. Por ejemplo, si alguien buscaba un pliego de papel para envolver un aguacate que no quería madurar, se recurría a la hemeroteca. Cuando en la cocina se desechaban huesos y espinas de pescado, se recurría a la hemeroteca. Si alguien deseaba prender el horno sin exponerse a un flamazo, ¿qué hacía?, recurría a la hemeroteca. Aquellos eran los días felices del periodismo impreso y de los lectores de periódicos. Además de mantenerse informado, el lector podía utilizar el soporte físico de la información para hacer piñatas navideñas o envolver manojos de cilantro.

Pasan los años. Llegamos al 2018. Diciembre. Es una mañana calurosa de domingo. Sobre la barra de la cocina hay un papayo criollo que no madura. En la casa, desde hace mucho tiempo, no hay periódicos. Dejé de comprarlos desde que alguien me hace llegar (por error tal vez) una síntesis de prensa a mi correo electrónico. ¿Me he aburguesado o claudiqué a mis principios? Juzguen ustedes. Lo cierto es que no poseo ni un triste pliego de papel para envolver el papayo. “Si tuviera un periódico a la mano, el más oficialista al menos, esto no estaría pasando”, me digo un tanto contrariado. Entonces me pregunto para mis adentros: “¿Qué haría un lopezobradorista para madurar un correoso papayo bajo estas circunstancias?”… De pronto sobreviene la luz entendimiento: un transformista tomaría el smartphone, activaría la cámara de video en la aplicación de facebook y transmitiría una inflamada arenga sobre la postura reaccionaria del camarada papayo.

Ah, los medios cambian. Lo sé. Corren otros tiempos, o quizás vuelan, como gansos. Las cosas madurarán, si es que maduran, de modos insospechados.

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