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OPINIÓN

Esta fauna. Nos transformamos

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Escrito por: Avelino Gómez

Ya se fue. Enrique Peña. Se fue. El sábado lo vimos removerse, incómodo, en su silla, mientras su sucesor lanzaba un discurso articulado sobre los escándalos de su gobierno. Un palabrerío con dedicatoria tal que lo hizo sudar, avergonzarse. Tal vez Enrique Peña repasó mentalmente los días en que se hacía lo que ordenaba. O a la mejor prefirió refugiarse en los recuerdos de cuando era niño y nada podía incomodarlo. Lo que es seguro es que habrá pensado en lo que haría al día siguiente para digerir todo eso, o para medio olvidar el trago que tuvo que apurar.

Solo, con el descrédito, ante la mirada de millones de mexicanos que se regodeaban ante la extinción del poder político en un hombre que, en su momento, representó lo que ahora representa el que llegó en su lugar. Poco se hablará de él hoy y mañana. Y si acaso alguien lo hace, habrá de pasarlo por el rasero propio de los juicios sumarios. Tuvo poder, ya no lo tendrá más. Si acaso hizo algo bien ya no importa. Se va, para que se vaya con él la frustración de todo un país. Y llegó alguien para que llegue con él, como cada seis años, el optimismo de ese mismo país.

Y es curioso: arribó un nuevo régimen que también es un régimen viejo. Un régimen que sabrá decir la verdad, y también la mentira. Un domingo amaneceremos con el empalago del optimismo, y más adelante, en otro domingo, amaneceremos con el agrio desencanto. Así es como todo se transforma. Y este país se transforma o ya se transformó en todo lo que era posible: en un torso y cuatro extremidades dentro de una bolsa negra, en el cuerpo expuesto de una mujer asesinada, en una niña que sale de su casa y desaparece (la desaparecen), en un hombre y un niño que caen entre la balacera, en un gobernante que se atraganta con el dinero destinado a una escuela o un hospital, en un estudiante reducido a cenizas, en un funcionario indolente y tramposo, en un periodista asesinado, en una guerra con más de 250 mil muertos.

Y no obstante allá vamos: borrón y cuenta nueva. Nuevamente a transformarnos. No sabemos a ciencia cierta en qué. Le dimos a un hombre el poder que no imaginó ni en sus más intensos delirios, el mismo poder que tenían los gobernantes del régimen por el que tanto nos lamentamos. Le dimos a un hombre (“con ideales”, apúntele bien, “un hombre con ideales”, me diría alguien que ya siente la transformación en su epidermis, como si todo hombre, replicaría yo, no tuviera ideales) le dimos, decía, el poder político que le permitirá hacer o no hacer, decir o no decir, arreglar o descomponer. Es comprensible. Estábamos hartos. Estamos hartos. Y seguiremos hartos, porque el poder político se alimenta del hartazgo, lo digiere, le cambia de forma y luego le pone el blanco vestido de la democracia.

Por lo pronto a la impunidad de quien se fue la cubre la benevolencia mesiánica de quien llegó. Por lo pronto la banalidad se transforma en el desdén por una casa presidencial y por un avión de 218 millones de dólares. Por lo pronto el No en la construcción de un aeropuerto se transforma en un Sí (y luego otra vez será un No o en un Yaveremos). Por lo pronto se aplaudió al saber que el actual presidente percibirá el 40% del salario que percibía el anterior (¿para qué alguien querría dinero cuando tiene en sus manos casi todo el poder político?). Por lo pronto nos conmovimos al ver a un mandatario postrándose ante un indígena (al fin, mire usted, descubrimos que algo en los pueblos originarios nos conmueve).

Ya empezamos, pues, a transformarnos. Se fue el gobernante que padecimos. Llegó el que padeceremos. Nos transformamos: allá afuera una caravana de militares y policías federales recorre, como antes, las calles y las avenidas de Manzanillo.

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