Vislumbres. Todavía no empieza

Por: Abelardo Ahumada

Todavía no inicia su sexenio y Andrés Manuel López Obrador ya enfrenta más problemas para gobernar que casi cualquiera de sus antecesores en el cargo. Problemas de los que algunos él mismo propició en su aceleramiento por llegar a ser, y que otros le crearon para dificultar su ascenso a la presidencia, y para hacerle creer a los electores que se equivocaron al elegirlo.

Dentro de tres días el tabasqueño estará cumpliendo formalmente su enorme anhelo de ser el presidente de México, y muy atrás habrán quedado los episodios del “¡cállate, chachalaca!”, “¡al diablo las instituciones!” y “yo soy el presidente legítimo”.

Este primero de diciembre, en efecto, AMLO se ceñirá la banda presidencial “con todas las de la ley”, con el apoyo insólito (para ser un candidato opositor) de treinta y pico millones de votantes, pero enfrentando, como dije arriba, más problemas para gobernar que casi cualquiera de sus antecesores en el cargo.

En su lado positivo Andrés Manuel iniciará su gobierno rodeado con una gran aureola de triunfo porque, habiéndose reconstruido él mismo de sus anteriores derrotas, supo pulsar el tamaño de la inconformidad social, abandonó un partido que le estorbaba, organizó otro, recorrió incansablemente el país, expuso sus ideas y proyecto en todas las plazas y foros que le fue posible hacerlo y derrotó al PRI y al PAN. Un mérito, o una serie de logros que ni sus más feroces opositores podrán escatimarle.

NO HAY QUE ESPERAR NADA NUEVO. –

La política no es tan creativa como la literatura o cualquier otra de las bellas artes, porque frente a los problemas políticos, sociales y económicos, más que creatividad se necesita una mente fría y analítica que sepa calibrar causas y efectos, pros y contras de las decisiones que se deban tomar y, justamente por eso mismo, nosotros, el pueblo, no debemos esperar nada nuevo en el contenido del discurso de toma de protesta que pronunciará el tabasqueño este primero de diciembre, sino un resumen, a lo más, de cuanto a lo largo de doce años continuos ha tenido Andrés Manuel que pensar y repensar, que decir y desdecir, aunque ocasionalmente se ofusque y niegue sus expresiones, como lo hizo la semana pasada en la entrevista que tuvo con Joaquín López Dóriga.

A diferencia de los asuntos literarios, en los que la única limitación deriva de la mente más o menos imaginativa del escritor que se trate, los discursos presidenciales deben cumplir con algunos límites y exigencias muy bien marcados: deben estar fundados en hechos y datos reales; deben marcar metas alcanzables y soluciones plausibles y, aunque pudiesen ser adornados con algunos recursos retóricos, deben, sobre todo, ser creíbles.

En ese sentido, pues, no debemos, tampoco, esperar nada nuevo en el discurso de toma de protesta de Andrés Manuel, salvo, quizá, la exposición de algunas reflexiones hechas con posterioridad al domingo primero de julio, luego de haber analizado ya más en calma y a fondo “el estado que guardan las cosas” en la administración pública que le heredará EPN, a quien algunos ya ven como el próximo fugitivo de México, y del que las malas lenguas dicen “ya se amparó”.

Reflexiones que lo llevarán a matizar no pocas de las frases y los párrafos que pronunció en su larguísima campaña electoral, reconociendo implícitamente que se equivocó no tanto en hacer sus críticas a “la mafia del poder” y a sus representantes en turno, sino a la hora de anunciar soluciones a los problemas analizados, como cuando anunció la descentralización del gobierno federal y la reubicación, por lo mismo, de todas las secretarías de estado, enviando a cada una de ellas a diferentes capitales de todo el país. Puesto que todo eso representa, más que una solución, un problema enorme de logística y gastos que la federación no puede enfrentar nada más porque el presidente lo diga.

Habrá, con seguridad, otros temas que matizará también, como el de que el ejército y la armada no deben volver a sus respectivos cuarteles en forma inmediata, sino, como ya lo insinuó hace poquitos días, poco a poco, mientras que se crea y organiza mejor la policía a nivel nacional.

MÁS ALLÁ DEL DISCURSO. –

Más allá de que el discurso presidencial contenga o no algunas frases fuertes a considerar, la gran novedad que el próximo titular del Poder Ejecutivo ha venido impulsando es la idea de que tendremos que “transitar de una democracia representativa a una democracia participativa”. Frase, propósito o ideal que no hemos podido asimilar todavía, y que muchos de sus seguidores (y opositores) ni siquiera entienden, como se ve en la escasa participación de unos en las dos consultas nacionales que AMLO y su equipo promovieron en dos ocasiones recientes, o como se exhibe en las burlas que sobre las mismas han hecho sus más feroces críticos.

En este sentido cabe reconocer que los mexicanos no estamos acostumbrados a que los gobernantes en turno nos consulten sobre lo que quisieran hacer, ni que nos pregunten si estamos de acuerdo o no con la idea de construir tal o cual cosa. Y será, pues, algo que como pueblo tendremos que ir aprendiendo.

Al tocar este tema quiero comentar que desde que vi publicado el formato de la papeleta de la consulta del domingo 25 de noviembre, decidí que les pondría palomitas aprobatorias a los 10 temas de la consulta, no tanto porque para ese momento la considerara ya innecesaria, sino porque desde que AMLO estuvo en campaña, esas propuestas fueron motivo suficiente para que votara por él. Y porque estoy convencido de que el Tren Maya (turístico eminentemente), el Tren del Istmo de Tehuantepec (comercial, en primer término, pero también con potencial turístico) y la Refinería en Tabasco son obras muy lógicas que incluso urgen, y que servirán para crear miles de empleos directos y derivados que provocarán una derrama económica gigante que no sólo durará mientras su construcción se realiza, sino durante muchísimos años más.

Dos veces he ido hasta los estados del sureste por carretera, y en ambas he tenido que cruzar por Veracruz, Tabasco, Chiapas y una parte de Quintana Roo, encontrándome con que, en aquellos verdísimos estados, los ejidatarios, los pequeños propietarios y los muy grandes terratenientes han arrasado miles y miles de hectáreas de bosques y selvas para plantar maíz de temporal, para inducir la cría de ganado o, últimamente, para fincar “desarrollos turísticos”.

Sobre este otro tema coincido también con la propuesta de AMLO y su equipo en el sentido de que paralelo a la construcción del Tren Maya también se irá desarrollando un esfuerzo de tipo ecológico, que los llevará a reforestar, con especies nativas frutales y maderables, al menos un millón de las hectáreas que han sido taladas.

LOS PRIETOS EN EL ARROZ. –

La gran bronca, sin embargo, no radica en que haya periodistas que critiquen todo esto, ni que los dolidos con los resultados electorales del primer domingo de julio todavía estén “respirando por sus heridas”, sino en el hecho de que la misma gente que suscribió el llamado de AMLO y se afilió a Morena, hoy sigue enfrentada entre sí, sin entender que deben dejar sus diferencias atrás, ver aquello que los puede (y debe unir), y ponerse a trabajar en consecuencia. Porque por más que aquél se convierta en presidente constitucional no es súper poderoso, ni tiene mil manos para hacer lo que nosotros debemos hacer, ni diez mil ojos para ver lo que nosotros tenemos que ver.

Dentro de ese contexto, AMLO ha tratado de dejar muy claro que no siendo él hombre de venganzas ni odios, no buscará enjuiciar a ninguno de los anteriores expresidentes y que, al respecto, él ha puesto su “punto final”. Por lo que ha recibido también numerosísimas críticas y no pocos denuestos por parte de quienes (simpatizantes incluidos) no han llegado a entender que a él, en tanto que titular del Poder Ejecutivo, no le compete esa acción, no sólo porque se halla impedido para “ser juez y parte”, sino porque para eso existe el Poder Judicial, cuyos integrantes deberán ser quienes investiguen, juzguen y castiguen a los ex mandatarios en caso de encontrarlos culpables, aunque para que ello suceda es necesario que, alguien (un partido, una cámara, una ONG, un ciudadano, usted o yo) presente las correspondientes denuncias.

Y, en ese mismo contexto, pero dentro del orden político partidario, vale comentar el hecho de que “el futurismo ya comenzó”. Frase mal hecha y equívoca con la que quiero dar a entender que, sin que AMLO haya aún tomado protesta, ya hay quienes se están apuntando para sucederlo en la presidencia.

Hasta ahorita han sido todavía muy discretos los tiradores que desde el futuro gabinete, o desde el seno de Morena se querrían apuntar como prospectos para las lejanísimas elecciones de 2024, pero desde el exterior de ambas instancias ya se comenzaron a vislumbrar al menos un par de señales: una, emitida por Felipe Calderón Hinojosa, quien, hace unos pocos días anunció su renuncia al PAN y dejó entrever la posible creación de un nuevo partido político; y otra, más estruendosa periodísticamente hablando, que protagonizó Enrique Alfaro, gobernador electo de Jalisco, quien el pasado fin de semana aparentemente se parapetó en contra de algunas disposiciones tomadas por AMLO y su gabinete, pero reclamando en el fondo que los reflectores se dirijan hacia él, como individuo capaz de participar como candidato para “la grande” dentro de seis años, no obstante que él no ha asumido, tampoco, su investidura como gobernador constitucional.

Si uno analiza el discurso con que Enrique Alfaro expuso sus argumentos, puede encontrarse con que, aparte de contener algunas falacias, como la de que el presupuesto federal para 2019 pretende dejar de lado los reclamos y las necesidades de los jaliscienses, enarbola la misma bandera que los diputados provinciales de la Intendencia de Guadalajara enarbolaron en junio de 1823, frente al triunvirato que gobernaba entonces nuestro naciente país, para forzarlo a convocar a la realización del Segundo Congreso Constituyente. Todo esto en un momento en que aquellos diputados provinciales decidieron suprimir la figura virreinal de Intendencia de Guadalajara, para dar origen al “estado libre y soberano de Xalisco” (con equis) e impulsar el surgimiento de una federación de estados.

“AL FIN QUE YA ME VOY! –

Vista la permisividad que tuvo el gobierno peñanietista con la “caravana de centroamericanos” desde que ésta se aproximó hasta el río Suchiate, no queda menos que deducir que si EPN decidió darles el paso libre y permitió que sus organizadores llevaran al mayor número posible de migrantes hacia la frontera norte, lo hizo para dejarle un problema más a su sucesor, al fin y al cabo que ya él estaba por irse.

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