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OPINIÓN

Vislumbres. Efemérides intensionalmente opacada

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Escrito por: Abelardo Ahumada

El día de mañana (jueves 27 de septiembre de 2018) se estarán cumpliendo 197 años exactos de que, según algunos historiadores, se habría consumado La Independencia de México, pero todos (o la mayoría) de los mexicanos sabemos que los festejos oficiales se llevan a cabo durante los días 15 y 16 de este mismo mes, conmemorando así los inicios de dicha gesta, sin mencionar, casi para nada, la fecha de la consumación. Pero ¿por qué se ha obrado así y no se conmemora (y menos se festeja) la fecha que comentamos?

La primera y más inmediata respuesta es que hubo una historia oficial que desde a mediados del siglo XIX fue mandada hacer por los gobernantes más liberales, y que tenía por consigna eliminar la memoria (o minimizar los méritos) de algunos personajes que todos ellos consideraban nefastos para la nación que entonces se estaba configurando. Personajes entre los que ocupaba un lugar preminente la figura de. Agustín de Iturbide, a quien sus contemporáneos y compañeros de lucha nombraron, primero que a don Miguel Hidalgo, como el “Padre de la Patria”. Pero al que los diputados integrantes del Segundo Congreso Constituyente mandaron primero al exilio a Italia y luego le prohibieron volver, fusilándolo cuando lo hizo.

No soy -cabe aclararlo- fan de Agustín de Iturbide, ni mucho menos detractor de Hidalgo, Morelos y demás próceres de la Independencia, pero no puedo consentir que algunos historiadores deliberadamente mientan para echarle tierra a todo lo que lograron hacer Iturbide y sus aliados, y se dediquen a ensalzar a Vicente Guerrero y los suyos, porque lo cierto fue que las luchas por la independencia no habrían concluido sin el concurso de ambos cabecillas y sus contingentes.

Pero para revisar todo eso, ¿qué te parece hoy, lector, acompañarme en un pequeño recorrido por esa parte de la historia deliberadamente acallada?

ITURBIDE, AZOTE DE LOS INSURGENTES. –

Durante los primeros años de las luchas por la Independencia, Iturbide fue un soldado realista totalmente opuesto a los líderes insurgentes, a quienes combatió con verdadera saña, derrotando a los más connotados. Así, por ejemplo, en 1812 derrotó y dio muerte al famoso guerrillero guanajuatense Albino García.  Casi un año después, derrotó a don Ramón Rayón (hermano de don Ignacio) en Salvatierra, y lo ascendieron a “coronel, recibiendo el mando del Regimiento de Infantería de Celaya y la Comandancia General de la Provincia de Guanajuato”. El 27 de diciembre de ese mismo año Iturbide derrotó a Morelos, quien con alrededor de 6000 hombres y una treintena de cañones intentó tomar Valladolid, pero no pudo hacerlo. Y a los ocho días (5 de enero de 1814), derrotó también al padre Mariano Matamoros, en Puruarán, logrando ya con eso reducir al mínimo la capacidad bélica de los insurgentes; propiciando, entre otras cosas, la derrota final del padre Morelos, y su posterior fusilamiento, en los últimos días de 1815.

Viendo lo anterior, y deseando pacificar a la Nueva España, a finales de 1816, el virrey Juan Ruis de Apodaca, promulgó un indulto para los insurgentes, ofreciéndoles el perdón a cambio de entregaran sus armas. Y, al respecto, hay evidencia escrita de que durante los primeros tres años de su mandato fueron expedidas entre 55 mil y 60 mil “cédulas de indulto”.

Habiendo sido ése el principal motivo por el que, en 1820, a diez años de haber iniciado el conflicto, los únicos guerrilleros que conservaron algún mando eran Vicente Guerrero y Juan Álvarez, al sur de la Intendencia de México, y Guadalupe Victoria, en las montañas de Veracruz.

En ese ínterin, y por las numerosas quejas que algunas personas influyentes habían presentado al virrey por los abusos cometidos por Iturbide contra sus vidas y haciendas, desde 1816 éste había sido relevado del mando, y se había dado, en consecuencia, aprovechando los botines de que se había apropiado, una vida regalada.

Pero en 1820 la vieja España ya no era lo que había sido durante los tres siglos anteriores y se le habían levantado en contra muchas de las que habían sido sus principales colonias. Por lo que algunos de los mismos peninsulares radicados en las principales ciudades de la Nueva España, que tenían grandes intereses monetarios a su favor, comenzaron a pensar que no tenía ningún caso seguir apoyando a la Corona con sus impuestos, y empezaron a simpatizar con la idea de independizarse administrativamente del rey.

Y mientras todo eso pasaba, a Iturbide cada vez le fue pareciendo más claro que, aun cuando el ejército realista novohispano seguía contando con mayor número de elementos y con mejores armas que los pocos insurrectos que quedaban, éstos seguían teniendo el apoyo de una buena parte de la población, porque ya mucha gente había asumido la idea de que la corona española, por más esfuerzos que hiciera, nunca habría de recuperar el poder que tuvo hasta 1810. Por lo que en algún momento de eso mismo año comenzó a tramar con los amigos en los que hallaba cierta coincidencia de ideas, el modo liberarse del yugo político y económico que les representaba el poder decadente de los reyes.

MATÍAS DE MONTEAGUDO. –

Uno de los más asiduos y astutos compañeros de Iturbide era el canónigo Matías de Monteagudo, quien como él también había luchado contra los insurgentes. Pero sutil como era, el prelado comenzó a comentar acerca de lo mismo con otros compañeros suyos, y con algunos importantes funcionarios del gobierno virreinal, convenciendo a varios de que, como estaba ya sucediendo en la mayoría de las demás colonias americanas, la independencia de la Nueva España tarde o temprano se habría de dar y, era, por tanto, inevitable.

Más tarde, al hablar una vez más con Iturbide sobre la situación descrita, el canónigo le propuso que, si ya no se podía detener el proceso independentista, convenía más sumarse a él, acelerarlo incluso, pero buscando el modo de padecer el menor daño y de que continuaran gobernando los españoles con el consenso y la participación de los criollos privilegiados.

Iturbide coincidió con las dos apreciaciones, pero expuso su dificultad para participar mientras no le devolvieran el mando. Dificultad que el astuto Monteagudo buscó allanar de inmediato, moviendo las influencias que tenía directamente con el virrey Apodaca, Conde del Venadito.

El virrey se resistió un poco, pero viendo la lógica impecable que tenían los argumentos del canónigo, decidió reinstalar a Iturbide en el ejército realista con el nombramiento de Comandante General del Sur. Propuesta que el militar en receso aceptó él de inmediato.

EL GRAN VIRAJE. –

No se sabe con exactitud, qué tanto fue lo que hicieron en el ínterin, ni a quiénes comunicaron sus planes Iturbide y Monteagudo juntos, o cada cual por su lado, pero todo parece indicar que, cuando el 9 de noviembre de ese mismo año el primero salió desde México con dirección de Acapulco, ya llevaba  dos propósitos muy personales: el de tratar de acabar en primera instancia con don Vicente Guerrero, o el de buscar el modo de unirse con él en el caso de no poderlo anular.

Si se concretaba su primer propósito, la gloria del triunfo y lo que sobreviniera sería toda de él. Si se concretaba el segundo, la gloria podría compartirla con el guerrillero, mas no así la jefatura del movimiento que resultaría de su vinculación. Para lo cual, según todo indica también, llevaba consigo ya el borrador de lo que apenas dos meses después sería conocido como el Plan de Iguala.

La presunción de que, como hemos dicho, Iturbide contaba con el consentimiento de algunos grandes personajes de la época para llevar a cabo su proyecto, se finca en varios datos. Siendo uno realmente importante para nuestra región, por el hecho de que el obispo de Guadalajara [y Colima], don Juan Ruiz de Cabañas, le prestó después a Iturbide la entonces casi increíble cantidad de 25 mil pesos para llevar su plan adelante.

Fiel a su primer propósito, Iturbide trató de atacar a Guerrero en cuanto pasó la navidad de 1820, pero en lugar de vencerlo, en dos encuentros consecutivos que tuvo contra sus hombres, el 28 de diciembre y el 2 de enero inmediato, sufrió a manos de los insurgentes dos insospechadas derrotas. Hechos que lo convencieron de continuar con el segundo de sus proyectos. Por lo que, como dice uno de sus biógrafos, el día 10 de enero “hizo a un lado la espada y tomó la pluma” para escribirle una carta a su insigne rival, en la que llamándole “muy Señor Mío”, lo invitaba a llegar a un entendimiento.

Guerrero debe de haberse sorprendido al recibir aquella carta redactada en términos muy diplomáticos, y como él, en su propia marcha, se había ido convenciendo de que por sí solos los insurgentes no podrían lograr la independencia anhelada, le respondió el día 20 con otra en la que le aseguraba que jamás abandonarían su lucha y que no se dejarían engañar con falsas lisonjas, mas no sin dejar entrever cierta disposición a dialogar si Iturbide cambiaba de partido para luchar por los americanos, diciéndole que, si él (Iturbide) estaba dispuesto a defender “sus verdaderos derechos [como americano]”, él (Guerrero) estaría dispuesto y satisfecho de “militar a sus órdenes”.

No estoy inventando nada de esto, y tengo a la vista las cartas con que se ha podido documentar esta parte de la historia. Así que, viendo el criollo semejante disposición del mulato, le propuso en carta inmediata que tuviesen una reunión para platicar más ampliamente, casi en el mismo momento que le encargaba a don Juan José Espinosa de los Monteros, un gran amigo y colaborador de su confianza, diera publicidad a un documento previo a su Plan de Iguala, indicándole que “todo está (estaba) hecho”, respecto al convencimiento que esperaba tener de Vicente Guerrero. Como finalmente sucedió.

EL ABRAZO DE ACATEMPAN. –

La célebre reunión entre ambos cabecillas, se llevó a cabo en un pueblo que actualmente pertenece al Estado de México, y al que algunos historiadores identifican como Acatempan.

Una especie de testigo presencial refiere que Iturbide fue el primero en hablar, diciendo: “No puedo explicar la satisfacción que experimento al encontrarme con un patriota que ha sostenido la noble causa de la independencia y ha sobrevivido él solo a tantos desastres, manteniendo vivo el fuego sagrado de la libertad”. Y que, cuando Guerrero habló, hallándose bajo “sensaciones igualmente profundas y fuertes”, le contestó: “Yo, señor, felicito a mi patria porque recobra este día un hijo cuyo valor y conocimientos les han sido tan funestos”.

La posterior asamblea, ya con ambos cuadros de mando instalados en el mismo lugar, derivó en la firma del ya mencionado Plan de Iguala. Que entre otras interesantes ideas contenía, nada más y nada menos que, la de proponerle al monarca español, Fernando VII, que viniese él mismo a gobernar acá, o que enviara a uno de sus parientes, pero redactada de tal manera que ninguno de ellos habría de aceptar, y dejando, en consecuencia, el camino libre a Iturbide para coronarse él mismo como monarca de la Nueva España.

No puedo, por falta de espacio, explicar todo lo que ocurrió después, pero baste decir que el muy influyente obispo de Guadalajara (y Colima), Juan Ruiz de Cabañas, dio todo su apoyo al referido Plan, y que lo mismo hizo el general José de la Cruz, Intendente de Guadalajara, y el general Pedro Celestino Negrete, bajo cuyas órdenes militaba el coronel colimense Anastasio Brizuela, Jefe de las Milicias del Sur de Nueva Galicia, así como el señor cura José María Jerónimo Arzac, el hombre con mayor influencia moral e intelectual que había entonces en la pequeña Villa de Colima.

Todos ellos, pues, y muchísimos más de su clase y privilegios, secundaron el plan de Iturbide y aplaudieron cuando supieron que el día 27 de septiembre, él, Guerrero y el Ejército Trigarante hicieron entrada triunfal a la ciudad de México, declarando el día siguiente consumada la lucha por la Independencia.

Acto por el que Agustín de Iturbide fue nombrado en su tiempo, como “el Padre de la Patria”, y por el que la historia oficial decidió, como lo mencioné al principio, minimizar los méritos de algunos de los más notables personajes.

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