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Héroes Olvidados, Doña Ana y Don Juan

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Con los ojos en la cara.

Escrito por Ramiro Cisneros García.

Todos los espacios se comienzan a llenar de espectaculares con los rostros sonrientes de los que pretenden seguir “sirviendo” a la ciudadanía, y la verdad es, que casi ninguna y ninguno son de fiar y ya nos tienen hartos, aunque no digamos nada. Sin embargo, hay muchas personas que permanecen en el anonimato y no es justo, porque desde su aparente anonimato, colaboraron a mejorar muchos aspectos de la realidad. En dos personas quiero englobar a todas y todas las personas buenas que no han sido ni serán reconocidas. 

No me dedico a escribir biografías y por lo general escribo y describo hechos, anécdotas, situaciones que he visto y vivido y también lo que se me ocurre, por aquello de que durante la vida, uno mira mucho de lo que pasa.

Es claro que si uno ha vivido y sobrevivido muchos años algo va quedando en la memoria y luego, uno mismo evoca eso que está impreso y que regresa en forma de recuerdos y en ocasiones, en imágenes muy claras y más todavía cuando la memoria es privilegiada como la mía. No hago alarde de eso porque es un don, un regalo de Dios y por lo mismo no he hecho nada para que mi memoria sea como es. Con eso quiero decir que no tengo ningún mérito. Eso, ya lo decía, es un asunto de Dios que reparte a quien quiere y como quiere. Gratis.

Doña Ana.

Hace como treinta años tuve la fortuna, la inmerecida fortuna de conocer a una señora grande de estatura, pero con un corazón y un alma, mayor que su tamaño y era también, extraordinariamente sencilla y alegre. Esas cualidades y características la hacían cercana. 

Cuando nació nuestro primer hijo tuvo algunas nanas; lo mismo pasó cuando nació el segundo de nuestros hijos y requeríamos de alguien que nos los cuidara. Exactamente a los cinco años nació mi hija y tuvimos el apoyo insustituible de las nanas. Digo insustituible porque estas personas se convierten en indispensables y fue así como llegó mi comadre Ana Teodoro Rosas. Conforme pasaba el tiempo nos dimos cuenta qué se trataba de una persona diferente a las nanas que nos habían ayudado tanto y con las cuales estamos agradecidos. Alegre, dicharachera y muy amorosa con sus hijas, sus hijos, sus hermanas, sus hermanos y su madre. Era además muy religiosa, mujer creyente en la bondad y misericordia de Dios y con una fe a prueba de todo, que la impulsaba a seguir porque enfrentaba los problemas con valentía y fortaleza. Incluso, la enfermedad progresiva y mortal que padeció durante algunos años supo de su valor. 

Salía a trabajar sin renegar de las carencias y enfrentando la vida de manera ejemplar sin pedir cuartel, sin rendirse, sin claudicar. No se dobló y menos se quebró. Quienes la conocimos, sabemos que su mirada era amable y muy cariñosa; acariciaba con la mirada y su presencia irradiaba y transmitía seguridad.

Su hija Lourdes, para la familia, Nena, fue Nana de mis hijos y de mi hija, pero se fue a New York y fue cuando nuestra comadre entró en su lugar. En ese tiempo no éramos compadres. Cariñosa, amable, absolutamente confiable, cuidaba a Misael, Hesed y Jahel. No podían estar en mejores manos. Esta seguridad que nos daba su presencia, nos mantenía despreocupados, porque conocíamos la calidad de persona que era ella. Dos de sus hijas, las cuatas, Mary e Isa también le ayudaban a cuidarlos. Durante mucho tiempo mi hija se iba a su casa y allá era cuidada por toda la familia. Para nosotros, toda la familia fue una bendición. Todas y todos.

Cuando regresó Nena de New York volvió a ser la Nana de Jahél. ¿Qué o quien es una nana? Yo tengo la idea y la vivencia de que una Nana es una madre, una hermana, personas que se dan por completo, las que se entregan en cuerpo y alma, las que darían la vida si fuera necesario por defender a los niños y las niñas a su cuidado. Ah, pues eso y más fue Ana Teodoro Rosas para nosotros. ¿Como no estar agradecidos?

Además, sus hijas y sus hijos son personas buenas, generosas que honran la memoria de su madre, su recuerdo y que sin duda agradecen que su madre ahora descanse en el Señor merecidamente. Lourdes, Nena, fue entregada por la familia con generosidad para qué, desde una Congregación Religiosa, Las Misioneras de la Eucaristía, sirva a la causa del Evangelio y de Jesús de Nazareth. Nuestra comadre y hermana ya descansa en paz.

Don Juan Bautista.

De la misma manera que nos encontramos con Ana Teodoro, un buen día, me recomendaron un albañil y fui a buscarlo y lo encontré. Tenía poco tiempo de haber llegado de Guadalajara. Me dijeron, es muy bueno para trabajar y muy derecho y honesto, pero se quedaron cortos. Con el tiempo y el trato me di cuenta qué era mucho más que eso. Muy inteligente, conocedor de su trabajo, pero, además, capacitado en varios oficios más. Una vez que supimos la calidad de persona que estaba frente a nosotros hizo todo lo que es ahora nuestra casa. Electrificó toda la casa, instaló todo el sistema hidráulico y por ello hay agua para todos los servicios y hasta compró un termofusor e hizo un curso para capacitarse. Colocó más de 300 metros de piso y el azulejo de siete baños y de las cocinas. Techó tres partes importantes de la casa con madera de palmera, hizo la barda perimetral, un aljibe y como 160 metros de empedrado y jardineras. En toda la casa dejo sus huellas, su presencia y su sonrisa. Conocerlo y tratarlo fue fundamental en nuestra familia. A donde volteemos a ver hay constancia de su trabajo y de su cansancio.  Lamentamos mucho su muerte y no haber podido acompañar a su familia cuando Dios lo llamó a su Reino.

En una ocasión vino a verme y estaba preocupado porque le había llegado un citatorio del Ministerio Público y me explicó el asunto. Fui a ver a una licenciada que era Agente del Ministerio Público y mi vecina y le comenté la situación. Me dijo: “Ramiro, ¿Tú lo conoces?”, sí, le dije y añadí, es una persona en la que se puede confiar en todos los sentidos. Voy a ver, me dijo. Fui a verla al siguiente día y me dijo ya está arreglado, a él lo deslindan de todo y dile que ya no se preocupe

Hay personas por las que uno puede meter las manos al fuego y hay muertes que duelen más que otras. Con don Juan o don Juanito como nosotros nos referíamos a el en la familia, nos unía algo más profundo que la relación de empleador y trabajador. Era algo muy parecido a la fraternidad basada en el respeto y el cariño mutuo.

En los pueblos hay personas que han dedicado su vida al trabajo de la construcción y hacen muchos trabajos en las casas y casi nadie reconoce ese servicio que nos da techo, protección y donde resguardarnos. En el caso de don Juan, su trabajo esta presente en los techos, en los pisos, en los muros, en el agua, en la iluminación, en las jardineras; de tal manera, que podemos decir con orgullo y mucho gusto: “por aquí pasó un maestro de la construcción.

Mi comadre Ana y su familia contribuyeron con nosotros en la educación y conducción de nuestros hijos y don Juan Bautista colaboró para que vivamos en buenas condiciones. Ambos nos dieron una parte de su vida.

De corazón, Señor de los sencillos y los mansos de corazón, gracias por ponerlos en nuestro camino.

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