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El árbol vuela en el pájaro que lo deja

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Escrito por: Ramiro Cisneros García.

Con los ojos en la cara.

Yo veía que cada que salía de la tienda se detenía, se paraba y permanecía mirando algo,pero yo no sabía ni imaginaba el motivo de su contemplación y de su mirada fija donde no había horizonte. Suspiraba, y luego de eso, se encaminaba a su Dormitorio. Así era la rutina cada día, cada mes, cada año, la vida. Yo no sabía que era lo que veía y aunque tenía curiosidad, me daba pena preguntarle acerca de eso que parecía casi un ritual, celebrado cada día como a las seis de la tarde.  Todos los días, sin saltarse uno solo. Hubo dias que me salía antes que él y me sentaba a observarlo mientras fumaba un cigarrillo. No faltaba, era exactamente igual.

Era el amigo, un buen conversador y de plática interesante. Ambos leíamos mucho y teníamos tiempo de sobra. Allí lo que sobraba siempre era tiempo, aunque había algunos que caminaban de prisa como si tuvieran alguna urgencia allí donde no hay urgencias y donde lo que sobra es tiempo. Yo le pasaba lo que iba terminando de leer y él a mí sus lecturas. Infaltable la revista Proceso que le depositaban en la aduana para su revisión. Se mantenía informado de la realidad económica, política y social del país. Además, participaba en los grupos culturales que se promovían en la institución: teatro, danza… ,Y, lo hacía con entusiasmo y disciplina por el interés de obtener un beneficio de libertad que le había sido negado durante muchos años. Había leido su expediente muchas veces y lo tenía lleno de anotaciones.

Era sin duda, un tipo interesante e inteligente que podía conversar con todas las personas. Además era conocido de todos y a todos conocía. Sin embargo prefería platicar solo con algunos que sabía, eran de su nivel y con intereses semejantes a los suyos.

Se sabía observado pero sin caer en la paranoía. Sabía que había marcaje personal sobre él, pero también se sentía superior a quienes le daban seguimiento. Los abordaba, les hacía plática y los intimidaba con la tranquilidad que le daban su sonrisa y su aparente desparpajo.

Un día, sintiéndose con más confianza le dije: “Oye, cada vez que sales de la tienda para irte a la celda te quedas mirando hacía la escuela y asi permaneces unos momentos en silencio”. Dijo: “No, no veo la escuela, veo los árboles y es que, los conocí desde chiquitos”. Como si no hubiera dicho nada tomó el camino a su celda. Me quedé pensando en la hondura de lo que había dicho, de lo que había detrás de  esas palabras tan sencilllas, casi simples; en todo lo que tuvo que pasar; en su historia de años sin fin, viendo como el tiempo y la vida se le iban para siempre y rodeado de muros tan inalcansables como la libertad que se le negaba una y otra vez…En todo lo que tuvo que hacer y soportar sin doblarse, sin suplicar, sin claudicar y para colmo, soportando a cada aprendiz de carcelero que llegaba con ínfulas de saber casi todo, pero sin mérito alguno y puesto alli por ser miembro distinguido e incondicional del partido en el poder. Se van a ir, decía y yo seguiré luchando.

Un día, el mas esperado le informaron que ya había llegado su oficio de libertad, que recogiera sus cosas, que ya podía irse. Antes de irse y después de despedirse de sus amigos, se detuvo, miró los árboles y se encaminó a la caseta uno y de allí a la calle.

Tres días después, el mismo preso que observó su cotidiana fascinación por los árboles, le llamó por teléfono y le preguntó: 

¿ Dónde andas?… Respondió, “aquí por la calle Madero de Colima.” Y, ¿Qué andas haciendo? “Estoy esperando a mis hijos porque quiero saber como se ven  caminando en la calle”. Ah, …y se quedó sin palabras. De nuevo se le agolpó esa historia tremenda dicha xasi con simpleza, pero sin amargura. Nunca había visto a sus hijos caminar por una calle porque nunca los conoció en libertad. Fueron engendrados en la cárcel.

Los árboles alli están, en sus ramas anidan pájaros y luego que pueden volar se van. Dan los árboles una sombra espléndida y generosa, pero que quede claro que quienes disfrutan esa sombra no han ni siquiera pensado que un día hace muchos años, estuvieron chiquitos.

No se que caminos camine el protagonista de esta historia. Quien me platicó las dos anecdotas ya murió pero de él me llamó la atención que leyera a Mario Benedetti y a Eduardo Galeano y a otros buenos y célebres escritores. Eduardo Galeano dice en el libro: ” Dias y noches de amor y muerte”, ” El árbol vuela en el pájaro que lo deja.

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