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Con los ojos en la cara. Los viejos

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Escrito por: Mtro. Ramiro Cisneros García*

En los parques y los jardines arbolados de los pueblo, casi siempre frente al templo parroquial, acuden los viejos que todavía pueden caminar y se sientan en una banca con sombra y allí, mientras cuentan anécdotas historias y mentiras, también cuentan pájaros, muchas veces, la mayoría, pichones. Antes contaron los pasos para llegar a donde los esperan amigos de toda la vida. Allí, los viejos en ocasiones comen churros, cacahuates y con más dificultad elotes cocidos mientras miran al cielo en busca de nubes que auguren agua. El calor es insoportable pero allí en el jardín de repente llega un aire fresco y por lo menos ven a las gentes que pasan. Sí, siempre los ven pasar…Eso de estar en la casa arrumbados como telebrejos, como cosas inútiles, apartados, arrinconados y sin que nadie les haga caso no es de su agrado, los lástima, los ultraja. Detestan la soledad, su soledad, esa soledad que huele a abandono y a rechazo. Cuando pasa una dama de buen ver, cruzan miradas llenas de complicidad, se les iluminan los ojos y la cara… sonríen…algo recuerdan… eso se ve desde lejos. A partir de ese momento se puede abrir un tema de conversación que a todos gusta. ¿Te acuerdas, -dice uno- de aquella muchacha tan bien formadita que vivía por la calle de en medio “pasandito” el puente? Si me acuerdo…lo bueno hasta a Dios le gusta. Ah, pues yo de veras le hice la lucha y por donde quiera me le atravesaba. Pero nomás nunca se me hizo y p’acabar pronto ni me volteaba a ver y hasta una vez me dijo: “hazte a un lado tachuela”. Es cierto, siempre he sido chaparro…pero, tachuela… De ese día para adelante ya no quise ni voltear a verla, se me salió…ella tenía otros piensos, otros vuelos hasta que se fue con un “norteñito” que vino a las fiestas…buena ropa, buenos zapatos y una camioneta con placas del otro lado y dicen que allá está…lo que no toca, no toca. Otro, no se queda atrás y dice: yo desde que vi a mi vieja dije: con esta y sí, pronto nos convenimos y allá te voy…nos casamos por las tres leyes pero hace tres años me ganó la delantera…las muchachas y los muchachos, mis hijos, ya se habían ido…cada quien agarró su rumbo y el que se quedó, por aquí se la pasa pero diario anda ocupado. Es la ley de la vida y que le vamos a hacer. La fatalidad se encarnó en su vida. Es ley. Uno le pregunta a otro,”trais” y el otro, de inmediato mete la mano a la bolsa de la camisa y saca una caja con cigarros y les ofrece mientras se busca los cerillos o el encendedor. Hay que echar humo como chacuacos. A mucha gente no le gusta ni el olor a cigarro pero estamos a campo abierto. Le chupan al cigarro y de vez en cuando carraspean y tosen para librarse de la carraspera. Así hacía mi abuela quien fumaba cigarros Tigres, Luchadores y Faros y hay hasta una expresión popular que dice: “ya chupó Faros” que significa, ya murió. Dicen que había unos cigarros que se llamaban “Carmencitas” pero de esos no me tocó ver ninguna cajetilla. Mi abuela, Doña Leandra Ávalos de Magaña conservaba todas las cajetillas y después las cambiaba por vasos y platos con el logotipo de la cigarrera en cuestión. Así hacía mucha gente. Con la fumada al cigarro se mueven muchas cosas al interior de los viejos, muchos se ellos, fumadores contumaces. “De algo me he de morir”. De nada sirven las advertencias y los regaños: “Tanto que me ha costado mantener el vicio para dejarlo así tan fácil”. Lo que en la cajetilla dice en cuanto que ese producto puede ser nocivo para la salud, se lo pasan por el arco del triunfo. Así de sencillo.

Hay algunos que son asiduos, puntuales, infaltables, perseverantes y cuando no llegan, los demás se preguntan, oye, ¿y fulano?.. Se habrá enfermado…sabe Dios…Ayer no tenía nada pero ya sabes, a uno de viejo, no le faltan achaques y pretextos quiere la muerte…que le vamos a hacer…las cosas son las cosas y hay cosas contra las que no se puede…De pronto, se alegran cuando lo ven que viene poco a poco. Alguien le dice “¿Y luego?”. “Nada”, dice, “llegué a comprar una medicina que me recomendaron para el dolor de rodillas”… Han de ser reumas. O artritis. Es la bola, dijo otro. Todos ríen. Se sientan y otra vez su recorrido cíclico por la vida. Las idas al norte, “enganchados”, “contratados” y luego todas las aventuras y peripecias de los viajes en camiones de segunda clase; los campos de trabajo. Deja de eso, las mujeres se quedaban llorando y más cuando escuchaban aquella canción de “Camión de pasajeros” o “Paso del Norte”. Esa de Paso del Norte nos hacía llorar a todos. Mi madre nos echaba la bendición y lloraba y luego la canción, “Que triste se encuentra el hombre cuando anda ausente, muy lejos de su patria…mayormente si se acuerda de sus padres y su chata, ¡Ay que destino! para ponerse a llorar” Todavía se me enchina el cuero. Me platicaba mi mujer, que ella se ponía muy triste con esa de Camioncito Flecha Roja…-la canta bajito- “camioncito flecha roja no te lleves a mi amor y mira como me dejas, en pedazos el corazón. Ya nomás la polvareda le deviso al camión, camioncito flecha roja, vuelve pronto con mi amor…¿Saben cual me pegaba a mí?, la de “Camión de pasajeros”…”Cada vez que te miro me dejas suspirando…recuerdo aquella tarde allá en la terminal, me dejaste llorando… por una vantanilla, estaba tu carita bañada por el llanto, camión de pasajeros por qué te la llevaste si la adoraba tanto. Hay recuerdos, no hay olvidos, la memoria todavía está fresca y evoca todo aquello que se vivió. Hay añoranzas, nostalgia, melancolía. La vida se va poco a poco, día a día, casi sin sentir. La vida es una pasadita, una probada, una bocanada de humo, una santiguada, un suspiro, un abrir y cerrar de ojos y por eso, solo por eso, es necesario vivirla y vivirla bien aunque no siempre se puede porque la soledad muerde, aprieta, resquebraja, erosiona; es turbia y acida, amarga, exacerba y si logra atraparte te aniquila, te hace polvo te mata y más todavía si le añades algunas impotencias y dolores.

Ya atardece, el jardín se va quedando solo y es esta, otra soledad. Por eso los viejos dicen…” nos vemos mañana, hay que llegarle”. Atrás quedaron también los albures que para eso, los viejos se pintan solos, son alivianados y siempre tratan de llevar la ventaja, de salir bien librados porque son agudos, ligeritos de mente, se las saben de todas, todas y tienen la respuesta en la punta de la lengua… siempre al acecho, sin distracción porque todos son largos y son expertos. Mañana será otro día. Las calles, se van quedando sin pasos, sin ruidos, sin voces, se van quedando solas, sin vida.

Los viejos ya están en su casa y a veces se les va el sueño a causa de alguna evocación, el asalto intempestivo de un recuerdo, de rememoraciones, de cosas que ya se fueron y lo peor, para siempre. A veces los sorprende la media noche y en tiempo de aguas al canto de las chicharras y de las ranas. Son todavía los ruidos se los pueblos y del campo. Allá arriba, la luna redonda, magnífica, resplandeciente hace brillar las hojas humedecidas, mojadas de los árboles. También brillan las piedras y el agua de los charcos. Sobre el poste de madera, en lo más alto, la lámpara deja ver una luz mortecina, amarilla, ambarina, agobiada. El viejo se remueve en la cama con cuidado, tiene sueño, está cansado pero no ha pegado los ojos pero tampoco está triste. Esta noche, no siente la soledad porque de pronto se le llenó la mente de rostros, de pueblos, de adioses y reencuentros; se le echó el pasado encima con una claridad que desconocía en la que no hay dolor ni penas. Está en paz, sabe que la vida no le debe nada. No reniega por el insomnio, no le teme a nada aunque a veces la soledad casi lo quiebra. Sin embargo, no le gusta que le digan ruco. Cuando alguien le dice así, le hierbe la madre. A veces relee las cartas de sus hijos como si fueran recientes. Ahora le hablan por teléfono y para eso le compraron uno inalámbrico pero ellos con eso cumplen. No se vayan a olvidar de su padre, les dijo su florecita antes de morir y no, no se han olvidado. Poco a poco se va quedando dormido sin sobresaltos. Hay luz de luna y hay vida y mientras haya vida, hay esperanza. Buenas noches, descansen.

Celina esperamos tu regreso. Ya casi se van, están recogiendo su desvergüenza.

* Asesor en la Escuela de Trabajo Social “Vasco de Quiroga”

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