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“María de las flores”

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Escrito por: Oslvado Mendoza Chávez.

El feminicidio de una mujer embarazada ocurrido en Suchitlán, Comala, (+) Colima, septiembre 2020.

Un mandamiento nuevo nos da el Señor: Que nos amemos todos como él nos amó. La señal de los humanos, es amarse como hermanos. Un mandamiento nuevo nos da el Señor: Que nos amemos todos como él nos amó.

Nos ponemos de pie.

Recibe, Señor, en tu presencia a nuestra hermana María, a quien te entregamos en este ataúd color blanco. Recibe a quienes hemos venido hoy a traer hasta esta, tu casa, el cuerpo roto de su inocencia y todas nuestras almas hechas pedazos. Enjuga la gran dolencia que habita en las miradas de los afligidos. Perdona primero a aquellos que ya se están llenando de ideas malas por pensar que este relato es una apología de una misa católica. Perdónalos, Señor, porque todos los días hemos de pelearnos por religión, política, dinero, desigualdades, carencias y creencias.

Recibe, Señor, también el fruto de su vientre, esta alma inocente sin culpa, sin pecado, sin marca de vida, sin respiro, sin encarnación ni caricia de este mundo caótico en el que nos quemamos y envenenamos todos los días de nuestra vida. Perdónanos señor, porque todos los días hemos de mirar a otro lado para no ver a los nuestros sufrir, para no darles una mano cuando lo necesitan. 

Perdona a los que no creen en nada y dejarán de leer desde aquí las verdades que se avecinan como la tormenta que cayó el día que murió María. 

Siempre me preguntaré, Señor, ¿por qué dejaste hundir ese frío metal en la garganta de nuestra hermana? ¿Por qué tuvo que oírse el grito en silencio de su bebito muerto? Solo tú sabes por qué dejas suceder estas cosas. Solo tú sabes las razones de quienes obran con maldad. 

Pueden sentarse. 

PRIMERA LECTURA: Carta de Los Vientos de Suchitlán al pueblo de Colima.

“Querido pueblo, un día vimos caer la droga en Suchitlán. Se llevó a varios muy pronto y a otros más que resistieron, los miramos caminando después, deambulando en valles de sombra de muerte. Un día vimos caer en este pueblo el alcoholismo y la destrucción de sus identidades. Soplamos, pero nadie nos entendió como lo hacían los antiguos pobladores. Entonces miramos que se idolatraban narcos, se enaltecía a quien hacía tranzas y guerras, se mataban contras y paisanos, civiles y gobiernos. Y soplamos más fuerte, pero nadie nos entendía como solían hacerlo los antiguos. Y las máscaras de Suchitlán se volvieron de tonos grises. Y las máscaras de Suchitlán vomitaron sangre. Y así se mancharon de púrpura y vísceras los empedrados. Un día vimos morir las flores de su juventud y también vimos marchitarse las manos duras de sus ancianos. Soplamos fuerte, desprendiendo los árboles de las cañadas. Soplamos con furia aquellos días cuando se marchitó Suchitlán y nadie se dio cuenta. Soplamos y lloramos porque ya no habitan los antiguos entre ustedes”.

“En la vida y en la muerte, Dios nos ama para siempre”

SEGUNDA LECTURA: Carta de Los Espíritus de Suchitlán al pueblo de Colima.

“Saludamos con los mantos de nuestra oscuridad a toda nuestra gente, esperándoles siempre con alegría acá de este lado. Que sepan lo que nuestros ojos han visto, que aquel día de antier había un hombre horrible escondido en la maleza, que esperaba el oscurecer con su mirada maligna, adentrado en los zalates y sabinos de la calle sur. Nosotros acudimos ante el ruido de aquellos pensamientos podridos. Entonces vimos al hombre atrapado en la maldad que hoy mancha las calles. Atascado en dolor como una mosca en el lodo. Era un alma podrida, con sus pensamientos magullados por el vicio y la miseria. Hicimos entonces hacer ladrar a los perros, pero el silencio del monte los volvía a callar. 

Aquel día de antier, aquel simio detestable se metió serpenteando cual mala víbora por los corrales de la casa. Llevaba un odio que desparramó dentro del cuarto donde dormía una joven. Y el odio desparramado era la preciosa sangre de aquella mujer. Le reventó la vida con un cuchillo. Escurrió a borbotones su savia roja entre sus piernas, hasta sus pies, manchando de paso todo su vientre de mamá. No paró hasta que ya no sintió movimiento. Entonces salió corriendo como espanto por donde llegó. Y estuvimos con ella, acompañándola hasta que vimos su luz salir e irse allá con los de arriba. Entonces nos paramos frente a su cama y lloramos sobre su sangre, sobre su angustia, dolor y muerte. 

Los perseguiremos sin descanso, a él y a los que la dejaron sola. A los que cobran por firmar papeles a los que no dan respuesta. Los seguiremos hasta que sus mentes se vuelvan polvo y vengan a pagar aquí con nosotros el terrible acto de marchitar una flor y otra que venía en camino. Que queden de testigos los que lean estas cartas que proceden de los rincones de este nuestro terreno y mundo”.

“En la vida y en la muerte, Dios nos ama para siempre”

TERCERA LECTURA: Carta de los Nahuales de Suchitlán al pueblo de Colima.

“Ikniutsin ijiyoteotl nexkan mochipan inauak ameuantin. Tlein ipampa chokilia. Kalchiua Koskatlan”.

(Queridos hermanos, la fuerza de Dios es la propia luz de sus corazones. No lloren por los que se van. Reconstruyan en sus almas sus corazones rotos).

Nos ponemos de pie.

Oremos por tu eterno descanso, María. Gracias por enseñarnos en la hora de tu muerte que la solución es la unidad para cambiar nuestro presente. Que las ideas radicales no funcionan si dividen y separan la posibilidad de crear cosas mejores. Que la religión no sirve si promueve el odio y no es ejemplo de cambios profundos. Que el Gobierno del Estado está podrido, abandona y mata. Que nos duele a todos lo que padecemos, que hay una llaga inmensa en medio del tejido que habitamos.

Si te ofendí, perdóname. Me importas y nunca te olvidaré. Allá va tu gente rumbo al camposanto. Esa gente buena que todavía queda en Suchitlán, raíces de los antiguos. Allá van esas flores abiertas dando todo su color, llorando a cántaros como el cielo tu partida, mientras los templos están cerrados, mientras México se muere en violencia y enfermedad. Para nosotros continúa esta pesadilla social que debemos afrontar con la reflexión, con los buenos actos, con valor y amor por todos los demás, con las ganas profesas de ver otra vez los campos llenos de flores de juventud, germinando al sol en libertad, dando todo el color como el que tenías tú antes de partir.

Para ti son estas líneas, las dejo con respeto en la urna de tu sepultura. Amén.

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