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LOCALES

Con los ojos en la cara

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Escrito por: Ramiro Cisneros García. 

Estoy pensando que este asunto del virus es parejo pero perjudica más a los pobres. Palabra que no gusta mucho a los que son dueños de casi todo. Ahora y desde hace mucho tiempo a los pobres, les llamamos vulnerables, pero ¿qué más herida que la pobreza y la indefensión? Si la pobreza se extiende, se extiende su hija la vulnerabilidad porque traen aparejadas la desnutrición, el hambre, la muerte prematura.  Hoy voy escribir de un hombre pobre, con muchas limitaciones pero amigo del viento y la brisa; del monte y los árboles; de las veredas y las piedras, de los animales silvestres, los grillos y las luciérnagas, pero que un día llegó a la cárcel y supo lo que era amar a Dios en la tierra de la barbarie. El dicho dice, ” En tierra de indios”. Ese hombre encarcelado era hermano de Jesús de Nazareth y seguramente hermano nuestro pero rechazado y golpeado por una realidad  muy hostil con los que no se pueden defender, con los condenados de la tierra.

Dedicado a la gente sencilla.
A los pobres que habitan las cárceles.
A los sembradores de vida  y de esperanza.
A los que siembran la palabra para que brote la libertad.

Así dice:

De repente lo encontraba guardándose del sol debajo de un árbol. Algunas veces lo vi, uraño y desconfiado. Se mantenía a la distancia. Otras veces fue a verme para tratarme sus asuntos; fue de esa manera que me di cuenta que no sabía ni leer ni escribir y que su nueva realidad de preso le era totalmente ajena y lo rebasaba. Él sabía más, muchísimo más de cerros, de barrancas, de noches en la soledad oscura de los montes. Eso y los murmullos de la naturaleza lo llenaban, lo tonificaban. A veces en lo alto del cerro, gritaba para escucharse a si mismo. Después, satisfecho, sonreía.

Allá arriba, casi en lo más alto, no había ni preocupaciones, ni dolores. Tenía cuidado de apagar la lumbrada antes de dormir mirando las estrellas y pensando que entre más altas, más soledad y más silencio. Todo eso lo experimentó desde niño, cuando subía con su padre al cerro nada más por el gusto de subir. Nada le asustaba. Andar y andar los caminos sin nada que te entretenga…

Allá nació, allá creció y allá vivió hasta el día que lo denunciaron, lo aprehendieron, lo empujaron y lo llevaron a la ciudad. ¡Suéltenme! Les decía, no soy animal, ¡Soy cristiano! Soy del cerro pero no soy animal. Llegó finalmente a su destino, la cárcel, allí a donde a muchos se les muere la esperanza, allí donde muchos se doblan, otros se rompen.

Un día llegó conmigo y me dijo: “muchos me han dicho que tu eres el indicado… Que eres buena gente… Por eso vine, no vayas a creer que por otra cosa. Vine a decirte que yo ya estoy enfadado de estar en este corral tan grande y que ustedes no han entendido que no somos animales y que se siente muy feo no ver otra cosa que esas bardonas altísimas y sin saber que hay del otro lado… Ustedes han de pensar que uno no se aburre y que aquí se la pasa uno muy a gusto nomás porque no hay trabajo… Caminas y caminas y siempre llegas a donde mismo y, para acabarla de amolar, no falta quien se ría de uno… Yo para que te voy a decir una cosa por otra… No se hablar la gran cosa pero quiero que sepas, por si no lo sabes,

que aquí hay gente con la que no se puede hablar… que ya nada más te ven que vienes y empiezan con una risita de burla que chinga más que una espina en el talón. Yo sé que hay vales a los que les gusta esta vida y este amontonadero de gente… A mí, nada de esto me gusta para que de una vez te lo sepas. A mi me gusta el ruido que hacen las ramas de los árboles con el viento, mojarme con el agua de la lluvia y que la ropa se me pegue al cuerpo y llegar a mi casa ensopado y con mucha hambre y que el fogón ya esté ardiendo y el comal en su punto y mi mamá preparando la masa para darme de cenar. Eso es lo que me gusta, vale. Y también me gusta como cantan los pájaros y como hacen las lechuzas…Y como corren los venaditos y otros animales. Para serte franco, no les tengo miedo ni a las víboras ni a ningún animal del campo… Más miedo les tengo a los de aquí, por dañeros y burlescos. Ni siquiera les entiendo lo que dicen. Ellos si se comprenden bien pero eso no es hablar”.

Vale, pues ya te dije que estoy desesperado y que nada más quiero decirte que te encargo mi asuntó y que me ayudes porque yo aquí me estoy volviendo loco. Otro día vengo vale porque todavía tienes mucha gente y todos quieren hablar contigo.

Se encaminó a la puerta dando pasos de lado y solo vi un vislumbre de esperanza en sus ojos, esos ojos acostumbrados a ver aun en la noche más oscura de todas las noches, acostumbrado a escuchar los ruidos más silenciosos.

Pasado un tiempo regresó pero estaba más desesperado, más ansioso y el azul de sus ojos era más apagado y mas sufriente pero no frío ni plano.  La mirada fría y aplanada indica peligro, riesgo y es necesario estar alerta. Sus ojos eran más bien, de un azul inocente y cándido. Comenzó a hablar y dijo: “Mira vale, ya no aguanto más… Por más que quiero, no me hago a la idea de estar aquí… No puedo, y luego, hay unos que me atormentan cuando me dicen que aquí me voy a pudrir”. Volví a venir contigo porque me dicen que tú mandas hasta a los doctores y a todos los que trabajan aquí. Eso fue lo que me dijeron pero yo no sé si será cierto o no…Mira, he venido con los doctores porque me dan unos dolorones de cabeza que nomás no se me quitan… Fíjate bien lo que me dicen: que me relaje y luego me dan unas pastillitas y al ratito me vuelve el dolorón. Esto no es vida y luego las bardonas que ni siquiera me dejan ver los cerros… Y para que no me falten penas, no se como estará mi mamá y eso es lo que más me puede”.

Entonces ¿Te duele la cabeza? Pregunté.

Si vale, pero ya no quiero pastillas, lo que quiero es que me “alucen” la cabeza para que me digan de cierto que es lo que tengo y no anden tentaleando.

Sonreí por lo de “alucen”, entendí que se trataba de un electroencefalograma. El, molesto  por mi sonrisa me dijo: ”Tú te ríes porque a tí no te duele”. Hablé con el médico y le pedí que lo apoyara.

Llegado el plazo se fue a la libertad… La única que él conocía: la de la niebla y el viento, la del monte y los árboles mecidos por el aire; la de la noche, la luna y las estrellas. El firmamento. Entonces, recuerdo unos versos que algunas vez dijeron Facundo Cabral y Alberto Cortes: ” Me gusta regresar donde mi madre y ver los perros que jamás me olvidaron y los abrazos que me dan mis hermanos”.

Ahora, después de muchos años, todavía pienso en aquel hombre pobre de una sencillez extraordinaria, cándido, silvestre, montaráz, amigo de las montañas, el rocío y las nubes y tengo la esperanza y casi la certeza de que encontró la libertad, la felicidad y el gusto por la vida sin necesidad de que le “alucen” la cabeza.

Acá abajo están las ciudades con sus tiendas en las que hay de todo para los que tienen o tenemos dinero. Allá arriba, la montaña, el aire limpio arrullado por el silencio y la distancia. Allá arriba como acá abajo esta la presencia funesta de los intereses económicos  hambrientos y voraces queriendo al costo que sea, despojar a los campesinos y comuneros para extraer la riqueza propiedad de los que aman y respetan a la madre tierra. ¿Las autoridades? Bien, gracias.

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