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LOCALES

Con los Ojos en la Cara

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Dedicado a Alexis Cisneros Arceo.

Escrito por: Ramiro Cisneros García. 

Cuando era el niño que fui solamente algunos años porque pasaron muy rápido; algunos amigos del barrio y vecinos, mi hermano mayor y yo, nos sentábamos en la banqueta y allí, en el silencio y en la semioscuridad de algunas noches, escuchábamos las historias de espantos y apariciones diabólicas y otros cuentos que nos narraba con detalle doña Leandra Ávalos de Magaña, mi abuela paterna, mientras, en las pausas que hacía, le daba sabrosas “chupadas” a su cigarro que podía ser Faros, Tigres o Luchadores. Todos sin filtro. De los Faros se decía: “Son re buenos y nada caros”. Por algún motivo cuando alguien moría se decía, “ya chupó Faros.” 

La conversación de mi abuela era cautivadora, reposada, sin apresuramientos, dándole sentido y sabor a cada palabra, lo mismo si nos narraba el cuento de Pedro de Urdimalas, que si nos mantenía atentos y asustados con los cuentos de hechos extraños que se escuchaban en su pueblo de origen. 

Una de las interesantes narraciones hablaba de como el diablo se aparecía a quienes vivían en San José del Tule. De sucesos de ese tipo es con seguridad que tiene su origen el conocido “Se te apareció el diablo”.  

Decía mi abuela que se aparecía vestido como un charro y no era difícil encontrarlo por el callejón solitario que había que recorrer para llegar al pueblo, sobre todo si el recorrido era alrededor de las doce de la noche. Allí en el callejón, el diablo, que se distinguía por su amabilidad, saludaba a quienes encontraba con un terrorífico “buenas noches  amigo o amigos” 

Su voz se escuchaba tenebrosa, provocaba escalofríos y,  los pelos se erizaban mientras la lengua se hacía bolas y la boca se trababa. Mi hermano y yo, mas cercanos a mi abuela nos pegábamos a ella y los demás niños se pegaban a nosotros, pero ninguno se iba por dos buenas razones: querían saber cómo terminaba el relato, pero también había que recorrer la calle oscura para llegar a su casa. Más lo primero que lo segundo. Juntitos seguíamos escuchando con el corazón un poco acelerado y los ojos muy abiertos. 

En una ocasión nos platicó que iba un hombre por el callejón  en total estado de embriaguez y para no caer, se recargó en algo que pensó que era un poste o un árbol…En ese momento  vio que no era poste y que era un ser con cara y cuernos de chivo y  el cuerpo cubierto de vello; las patas como pezuñas…Sin más dio un alarido que escucharon los vecinos que vivían desperdigados a las orillas del callejón, pero que también oyeron los del pueblo. Muy espantados, pero entre curiosos y solidarios corrieron a ver de qué se trataba. Encontraron al infeliz aquel con arañazos en la cara, el pecho y la espalda. Estaba vivo pero orinado. También olía a azufre. Los perros aullaban y las gallinas cacareaban. 

Platicaba mi mamá, doña Anita que una vez iban mi papá y ella por ese mismo camino; estaban recién casados y que, cuando menos lo pensaban salió un catrín a caballo y los saludó con voz cavernosa. Cruzaron las miradas doña Anita y don Lupe, pero siguieron caminando y más adelante encontraron un perro  enorme y desafiante que se detuvo frente a ellos y los estaba mirando mientras gruñía. Mi papá sacó un verduguillo y lo lanzó al perro, pero pese a que lo golpeó con el arma se fue corriendo, pero sin dejar de gruñir. Tenía los ojos amarillos. Un minuto después, escucharon una carcajada siniestra que los estremeció. Mi papá enfermó y le dio temperatura. Lo tuvieron que sobar para el susto. Cuando mi mamá platicaba de ese encuentro con el mismísimo satanás, mi papá que presumía de muy valiente, se retiraba para no escuchar que era un collón y que se había apanicado.  

Hubo un tiempo que una cumbia que interpretaba Mike Laurie y sus Cometas, estaba en los primeros lugares de popularidad en las radiodifusoras, se llamaba “Tiburón, tiburón”. Por esas fechas se escuchó a un voceador que gritaba, “se apareció el diablo bailando el Tiburón”. Por un tiempo se dejó de escuchar. El miedo no anda en burro y el diablo andaba a caballo. 

Siguiendo con cuentos de aparecidos, algunas veces fui a casas, donde quienes las habitaban hablaban de aparecidos: “aquí se aparece un niño y por más que le digo que se vaya, solo me mira…los niños también lo han visto y todos estamos asustados”. Después de mi visita, el niño se desterró. En ese tiempo era milagrero y taumaturgo. En otra ocasión, una ancianita me platicaba: “mire, aquí llega mi mamá, ya hace tiempo que murió y solo me ve y me sigue para donde vaya, pero no me dice nada…yo le digo mamá, ya vete, no me asustas, pero no me gusta que vengas. Ah, pues yo tengo mucho que hacer si no te quieres ir, quédate pues”. 

Vivía yo en un cuarto pequeño y yendo hacía el patio había un corredor y, para que descansaran unos soldadores que llegaron de Guadalajara a montar una estructura les conseguí unos catres que acomodamos en el corredor. Decían los vecinos que se aparecía una viejecita, pero a mí, que allí vivía nunca se me presentó. Solo esa noche durmieron allí. Todos la vieron y solo los miraba y sonreía. 

Historias de aparecidos y aparecidas hay muchas, pero hay una muy conocida es la del Ánima de Sayula, sin embargo, está llena de picardía, albur y “doble sentido”. Divertida. Si se les llega a aparecer, el único remedio es la pared. 

En la primera página de Cien años de soledad, se nos narra como llegaban los gitanos a Macondo, entre ellos Melquiades quien tenía una barba montaraz y manos de gorrión. Durante muchos años ya no volvió y se supo que había muerto en tierras lejanas. Pasado mucho tiempo después de su muerte, regresó de nuevo a Macondo, pero era ya un viejo decrépito y cargaba toda la fatiga del mundo. Dijo que había regresado de donde los muertos porque allá el asunto era muy aburrido. Con el tiempo volvió a morir, pero antes libró a los habitantes de Macondo de la peste del insomnio que desembocaba en el olvido. Melquiades fue un aparecido que conocía todos los países del mundo y sobre todo a los sabios de Macedonia y sus inventos y, por todo eso, sepultado con honores. Allí en Macondo dejó sus libros y sus secretos, escritos en lenguas desconocidas 

Ahora estoy en casa y no tengo ni la mínima preocupación por los aparecidos ni por las ánimas en pena que se escapan del lugar en que reposan, se supone que en el más allá la pasan bien y en sana paz, pero no sabemos, por qué ni cómo ni cuándo ni para qué cosas regresan. Lo que si tengo es un sentimiento de orfandad mezclado con mucha tristeza, dolor, impotencia y rabia por tantas desaparecidas y desaparecidos. Imagino la pena por la que están pasando miles de familias: madres, padres, esposas, esposos, hermanas, hermanos, amigas, amigos, hijas, hijos. 

El año pasado, justo el 1 y el 2 de noviembre fui a la Ciudad de México y caminando por Madero llegué a Bellas Artes y allí había unos toldos, sillas, una mesa y estaba a punto de iniciar una conferencia. Los organizadores pertenecían a una Asociación Civil, “Mictlán Rebelde”. Se anunció que el tema era la inseguridad. Me quedé, cogí una silla y me senté para disponerme a escuchar. Empezó la conferencia y desde el principio me di cuenta qué eran conocedores del asunto. Hablaron breve, pero con mucho conocimiento de esa cuestión que nos viene agobiando desde hace ya varios años. 

Así, comentaron del narcotráfico, de las desapariciones, de la violencia de género, de los feminicidios, del secuestro, los levantones, el asesinato de periodistas, ecologistas y luchadores y líderes sociales; del tráfico de armas, de personas, de órganos, de la trata; del asalto y robo a camiones de carga, a los trenes;  la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa,  los crímenes de Tlatlaya, de las guardias blancas, la discriminación,  la migración, los desplazados, las ejecuciones, el lavado de dinero y todo esto con un común denominador, la impunidad y en muchos casos la complicidad  y la complacencia de la autoridad. 

En cada uno de estos terribles problemas sociales, la ausencia cómplice de la autoridad, la indolencia, el desgano, la incapacidad y la indiferencia ante el dolor. La derrota total. La consumación del absurdo.

Todavía no logro entender, pero menos lo entienden quienes cargan con estas tragedias.

Esperar a quien un día no llegó; la que salió a un asunto personal y no regresó. Y comenzar a esperar día tras día, noche tras noche; semanas, meses, días de insomnio y de tener la esperanza rota, destrozada y ante la aniquilación total. Y, sin embargo, siguen esperando, siguen dejando la puerta atrancada, entreabierta y al menor ruido o motor que se apaga o perros que ladran, se ponen de pie y caminan con ansiedad pensando quizá que los ruegos a Dios por fin fueron escuchados. La esperanza en franca agonía y el corazón acelerado y a punto de desfallecer. Vuelven a salir a la calle y la autoridad esconde la cabeza y las intenciones y se hace sorda al clamor de la gente.

Mientras, los dueños del poder, los de siempre, los absurdos, preparan las elecciones derrochando millones de pesos; escupiendo palabras sin sentido y sin vergüenza a través de los medios. No escapa ninguno, no hay pichón que no tenga cagado el nido. Mezquinos, voraces, inclementes, impíos…quieren el poder al precio que sea y por ello se asocian inmoralmente con Judas Iscariote. Su confianza está puesta en que no hacemos ni decimos nada y en que como escribe Eduardo Galeano: “hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez”

Un sobrino mío desapareció hace ya muchos años; fue levantado en presencia de su mamá y ella lo sigue buscando por una razón muy sencilla: es su madre. Estamos cercenados, lastimados, carcomidos por la indiferencia de la autoridad que no está ni pintada. La única esperanza es que muchas y muchos ya se van, pero seguramente están pensando en dejarnos una herencia maldecida. Dije que ya se van, pero si usted ve la publicidad, los espectaculares y los que ya están colocados en la parte trasera de los camiones de servicio colectivo, se dará cuenta que son los mismos y ni siquiera reciclados y que, entonces, se nos volverá a aparecer el diablo con sus huestes infernales para pedirnos el voto. Botémoslos a la…

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