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La Ballenita, Felipón y Borolas

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La Ballenita fue al Instituto Valladolid, colegio poblado por niños bien, pero él asistió a este colegio becado porque su padre, Luis Calderón Vega, trabajaba allí impartiendo clases de Filosofía e Historia.

Así le decían a Felipe del Sagrado Corazón de Jesús Calderón Hinojosa sus compañeros de colegio, pero su madre optó por llamarlo Felipón. En ambos casos el apodo hacía alusión a su rollizo y pesado cuerpo. 

En enero de 2007 vistió una casaca de militar con las mangas que le rebasaban las manos y una cachucha militar de campaña. El atuendo lo hacía verse ridículo, muy parecido al personaje de una revista de historietas llamado Beto el Recluta, además se asemejaba mucho al personaje interpretado por Joaquín García Vargas, el Borolas, nativo de Morelia, Michoacán, al igual que Felipe Calderón.

Inició siendo la Ballenita, en la escuela, y Felipón en su casa, y  muchos años más tarde, se le conocería  como el Borolas. Esa fue la evolución de los sobrenombres de Felipe, el oscuro.

Llamarlo Borolas es un insulto que los mexicanos le impusimos como una primera penitencia por haber traicionado a México. Tenemos que estigmatizarlo para que no haya un Borolas más en la Presidencia de México.

En su texto Felipe, el oscuro, Olga Wornat, nos muestra el mundo íntimo del peor presidente de México de los últimos 36 años. Y vaya que la disputa por el título es muy reñida.

Los último cinco presidentes (3 del PRI y 2 del PAN) hicieron todo lo posible para que la historia de México en los últimos 36 años sea recordada como la historia del narco o la forma en que el narco llegó hasta los niveles más altos del poder político. Miguel de la Madrid abrió la puerta del poder a los tecnócratas; Carlos Salinas hizo la transferencia de los bienes públicos, es decir, de la sociedad a manos privadas; Ernesto Zedillo, infamemente, convirtió la deuda privada en deuda pública; Vicente Fox traicionó a la democracia y convivió con el narco; Felipe Calderón estableció vínculos orgánicos con los cárteles de las drogas y; Enrique Peña nieto disparó la corrupción en forma exponencial.

36 años de historia infame donde los protagonistas fueron: la corrupción, el crimen organizado y el narcotráfico.

Felipe, el oscuro es un libro que nos pone ante el retrato de un usurpador del poder con todas sus miserias, debilidades, ambiciones y mediocridades. Es la crónica de cómo un traidor ejerció el poder presidencial en México.

Es un libro de nueve capítulos, 387 páginas e impreso por la editorial Planeta, donde se habla de un México para el olvido. Algo hicimos muy mal para que este tipo de sujetos llegarán al poder.

Después de la lectura de Felipe, el oscuro uno queda pasmado de cómo nos robaron. Y también uno empieza a entender por qué la derecha está tan histérica y alocada.

Los medios tradicionales de comunicación se traicionaron a sí mismos y nos traicionaron a todos al inventar una realidad paralela. Inventaron un mundo de bienestar con gobernantes talentosos y eficientes. Cuando la realidad era que los usurpadores eran unos ineptos y carentes del más mínimo talento.

Debemos luchar para juzgar a los traidores, desde abajo, con la participación de todos para que tenga legitimidad y fuerza moral su juzgamiento. Que no se vaya a decir que es una cacería de brujas. 

¿Quién dijo que los jueces eran honrados? ¿Quién dijo que los procuradores procuraban justicia? 

Quienes sostienen  que sólo basta que actúen el procurador y los jueces para juzgar a los ex presidentes –sin necesidad de consulta- está afirmando –tácitamente- que antes había estado de derecho. Nada más alejado de la realidad. Con la consulta estamos votando y diciendo sí a la construcción de un estado de derecho con justicia para todos.

Olga Wornat en el mismo libro cita una reflexión de Jorge Luis Borge en relación al juicio de los militares golpistas en la Argentina. Borges dijo -según Wornat-: “Personalmente descreo de los castigos, del libre albedrío. Descreo del infierno y del cielo. Sin embargo, no juzgar y no condenar el crimen sería fomentar la impunidad y convertirse de algún modo en su cómplice”.

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