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¿Libertad de expresión o de destrucción?

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La libertad de expresión tiene dos hermanas antagónicas: la verdad que construye y va hacia una sociedad mejor y la mentira que la pervierte y la destruye.

En México la prensa se ha cobijado con la manta de la libertad de expresión para mentir y para destruir a nuestra sociedad y lo hace en un contexto donde la sociedad mexicana transita por uno de los periodos de la más amplia libertad de expresión.

Como los medios no han podido ver colapsar al Sistema de Salud mexicano, como día a día venían vaticinando, han decidido que, cuando menos,  éste colapse en el mundo de papel, tinta y videos, es decir, en una realidad inventada a su medida. 

El 16 de mayo casi todos los medios destacaron que México tiene ya más muertos que la sociedad china.

Buscaron en los hospitales y no encontraron a los mexicanos desesperados, angustiados y agónicos, clamando por piedad, atención médica. No, no los encontraron porque no se dio este escenario que ellos anhelaban.

Buscaron en los hornos crematorios y no encontraron a los miles de muertos que deseaban encontrar y se tuvieron que conformar con fotos patéticas que antes eran dignas de la revista Alarma porque los muertos no llegaron. Si no los habían encontrado se tenían que inventar.

Buscaron en los cementerios y no se encontraron con los camposantos saturados porque los muertos que la prensa amarillista soñaba no llegaron a saturar los jardines funerales. Y si los muertos no llegaban había que inventarlos en los reportajes y en las notas exageradas y perversas.

Calumniaron a López-Gatell y a todo el equipo de la Secretaría de Saludad en la búsqueda febril de los muertos. Las estadísticas mienten, las estadísticas están amañadas, se manipulan y esconden los datos porque hay más muertos de los que declaran –decían la oposición histérica y la prensa carroñera-; sin embargo, los muertos no llegaron. Y no llegaron los muertos por una sencilla razón los muertos son los que el virus ha matado y hasta hoy asciende a poco más de cuatro mil, ni más ni menos.

Pero llegó su salvación: México ya supera a China en muertos. Salvados –expresa la oposición cretina y la prensa zopilota-. Lanzaron cuetes e hicieron fiesta en su interior que se externó en la cuasi unanimidad de titulares en todos sus medios.

Para la oposición zopilota y la prensa carroñera no existen más parámetros que el dinero. Dinero, dinero, vil metal. Y el éxito o fracaso no tiene otra expresión que no sea la monetaria y contablemente se sitúa entre ganancias y pérdidas. Y en el balance de lo que se gana y lo que se pierde está situado el éxito.

Menos muertos, más vivos, el balance es positivo, luego entonces, el resultado es exitoso. Esa es su lógica cosificadora.

Bajo su cretina, deshumanizada y amarillista forma de calcular el éxito entonces tendríamos que: Suecia, Alemania, España, Francia, Italia y, sobre todo, Estados Unidos, son unos países perfectamente fracasados porque han tenido miles de muertos más que nosotros. Se les olvida que los muertos ni son dinero ni son mercancías, son seres humanos y no se pueden contar como objetos.

Estamos viviendo en México una época de una amplia libertad de expresión que muchos medios, comentaristas, opinólogos, reporteros, entre otros, han decidido cobijarse con el manto de la libertad de expresión para combatir a nuestro país y buscar su destrucción con el objetivo de hacer avanzar, según ellos, su postura ideológica. Mentir, calumniar, exagerar, ocultar, torcer, todo lo que sirve es bueno con tal de presentarnos el México caótico que ellos necesitan para triunfar.

Yo creo que Noam Chomsky tiene razón, a toda está basura de partidarios del autoritarismo y de la injusticia social sólo se les combate con argumentos y con acciones que fortalezcan a la construcción de una sociedad abierta.

El Reforma denuncia una amenaza de bomba que, sin ninguna prueba, tácitamente se la adjudica al presidente de la República; El Universal –y la mayoría de los medios- dicen, a ocho columnas, que México ya supero a China en muerto con la oculta intención de generar pánico y horror en la población. Hasta la nueva Aristegui -como la llama Sanjuana Martínez- se suma al concierto del amarillismo periodístico. No cabe duda que el mercantilismo se impone y la mal agradecida de Carmen Aristegui se integra al concierto de calumniadores y amarillistas porque según ellos es lo que vende. Se equivocan, los ciudadanos no somos menores de edad ni ningunos cretinos para tragarnos más sus calumnias y versiones segadas y cosificadas de la realidad. 

En toda transición lo viejo se niega a morir y lo nuevo se tarda en nacer. Esta transición va naciendo y la libertad de expresión con sus dos hijas antagónicas continuará incólume porque los fascistas y golpistas están agonizando pero pronto van a morir. Con argumentos y con ideas los vamos a matar. La realidad en México es muy distinta a la que los medios pretenden imponer.

No hay muerto en la cantidad que ellos quieren porque la crisis se está gestionando con eficiencia en lo técnico-médico y con transparencia en lo que corresponde a la información.

Si fuimos capaces de superar 30 años de neoliberalismo, hoy con Obrador en el poder, difícilmente volverán a imponer sus políticas públicas parciales, injustas y tramposas y con medios de comunicación comprados que sólo aplaudían al poder con la estridencia y la consistencia que el billete ordenaba.

Los veo, los leo, los oigo y compruebo que soy más humano y mejor persona de lo que imaginaba.

La libertad de expresión no es libertad de destrucción pero tendremos que tolerarlos mientras nazca un nuevo sistema que ellos no entienden ni entenderán porque, como diría el filósofo checo Karel Kosick, su mente está cosificada.

Las dos hermanas de la libertad expresión reivindican las dos visiones dicotómicas que los mexicanos estamos viviendo en esta transición política: la verdad, que  construye socialmente una realidad total que pretende sacar adelante al colectivo; la mentira, que propone la deshumanización del hombre por medio del individualismo aislante y mezquino que sólo piensa en el dinero como forma de éxito real y que conduce al destrucción del colectivo.

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