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Cuando la basura cabalga

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Mario Anguiano Moreno, ex gobernador de Colima, luce  botas de baqueta que calza por encima de los jeans azules de mezclilla, su camisa de marca es de un color ocre oscuro tirándole a mostaza parda.  Se pasea frenético al ritmo de la algarabía de los colimotes borrachos de alcohol y ganas de estar felices. Tira de las riendas de su caballo para que éste haga una trayectoria de serpentina lenta y nerviosa. Va de un lado a otro del arroyo de la calle para saludar a los amigos, a los políticos, a los curiosos, a los zalameros, a quién quiera saludarlo. Con algunos brinda de pico, con otros tan sólo golpea las palmas, y a los demás del dedica una sonrisa de amigos o tan sólo caravanea con el sombrero. Su hermoso caballo negro azabache de raza frisón, de origen holandés, que vale 280 mil pesos, a ojo de buen cubero, se luce en todo su esplendor para que todos lo admiren. Son tiempos de pueblo y gobernantes –y ex gobernantes- que marchan sobre las calles enfiestadas de las ciudades de Colima y Villa de Álvarez y por un momento se olvidan los odios y los reclamos, porque la fiesta es felicidad sin rencores, sin exigencias.

Lejos están, para Mario Anguiano, los tiempos de la pobreza en el rancho de Tinajas, más allá de Los Tepames, y de las vecindades populares de la Lerdo, en las que vivió hacinado, en sus años mozos. La pobreza ya no es para él, es para otros.

Todo eso pasó el viernes siete de febrero de 2020. Cinco horas duró La Cabalgata para que todos los políticos se dieran baños de pueblo, de tequila y de mezcal. Y entre todos se le vio más a don Mario porque Mario es la escoria que todos decimos odiar y pretendemos estigmatizar.

A las cuatro de la mañana del sábado, las calles, antes llenas de vida, se veían desoladas y colmadas de basura. Botes de cerveza, platos y vasos desechables, botellas de licor y el silencio aplastante del fin de fiesta. En algunos periódicos impresos, tirados sobre la acera, –que Borges bautizó como cementerios de lo efímero- exhiben sus titulares donde el Congreso mandata al gobernador Nachito Peralta cobrarle los 515 millones de pesos –malversados- a Mario Anguiano. El viento pasea la frágil hoja de periódico abandonada, ya sin valor, convertida en basura. Como basura es el comportamiento de los políticos cabalgantes.

A los ocho en punto de la noche la basura desfiló desde el jardín Núñez hasta La Petatera en Villa de Álvarez. Todos saludaron y aplaudieron a la basura, se tomaron la selfi, quizá hasta zapatearon un sonecito, cantaron una ranchera y hasta se emborracharon. La basura bien vestida, con cuaco de lujo, con alcohol del bueno, desfiló porque ese día tenía permiso y era el momento de la amnesia para poder seguir soportando la realidad.

Por la madrugada la basura dio cuenta de la otra parte de nosotros. Ahí estaban las sillas quebradas, las botellas hechas añicos y las bajas humanas –imposibles de evitar- en el hospital siendo restauradas por los doctores.

En la casa de quienes vivimos por la ruta de La Cabalgata estamos agazapados, estoicos y resignados rumiando nuestro sacrificio, que nadie nos premiará porque somos unos verdaderos e incomprendidos héroes anónimos. 

El desquiciamiento del tránsito, la basura acumulada, la masa de meadores compulsivos y las calles convertidas en estercoleros no son las preocupaciones prioritarias de los enfiestados. Los trabajadores de la basura, los policías de seguridad, los muchachos de vialidad son rebasados, la verdad, por una fiesta que cada año crece y desquicia y descompone la infraestructura urbana.

Dos cosas diferentes y una a la vez.

La Cabalgata y sus dos caras: la escoria que flota y levita en las calles con sus corceles de diamante negro y la pesada basura que cae a las calles vacías y estercoladas de la madrugada. En medio la fiesta de todos con sus alegrías, sus pleitos y su arte.

A las seis de la mañana taché el día siete de febrero con una emoción gris, resignada, pero a la vez esperanzadora. Lejos vi el día 24 de febrero, fecha en que terminan las fiestas. Pensé: en pasando el Día de la gasolina ya chingué. Me di ánimos y dije para mí: sólo faltan 16 días, sobreviviré. Lo juro.

Fotografía tomada de redes sociales.

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