Edición: 23 de Julio del 2010 - Ver última edición
Sacrificios humanos en Colima y sus alrededores
Abelardo Ahumada


Para los conquistadores españoles fue cosa perfectamente sabida que la mayoría de los pueblos indígenas, que conocieron en sus recorridos desde las actuales costas de Veracruz a México, practicaban el canibalismo, aunque dándole un carácter digamos ritual.
Sobre este punto en concreto son abundantes los testimonios de frailes y soldados del siglo XVI, pero bastan unos cuantos para documentarlo todo:
Bernal Díaz del Castillo escribió, por ejemplo, que en el primer pueblo indígena que vieron luego de desembarcar en los médanos de las playas vigiladas por los espías de Moctezuma, Pedro de Alvarado “(...) halló sacrificados en unos cues” (palabra maya que significa templo) algunos “hombres y muchachos, y las paredes y altares de sus ídolos con sangre, y los corazones presentados a los ídolos; y también hallaron las piedras sobre las que los sacrificaban, y los cuchillazos de pedernal con que les abrían los pechos para sacarles los corazones” (Díaz del Castillo, Bernal, Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España. Edit. Porrúa, Méx. 1994, p. 74).
Hernán Cortés, por su parte, envió al rey de España varios datos similares entre los que decía: “Hay algunos pueblos grandes y bien concertados... tienen sus mezquitas y adoratorios... (donde) todos los días, antes que obra alguna comienza, queman incienso y algunas veces sacrifican sus mismas personas, cortándose unos las lenguas y otros las orejas, y otros acuchillándose el cuerpo con unas navajas. Toda la sangre que de ellos corre la ofrecen a aquellos ídolos... (Luego, a veces) toman muchas niñas y niños y aun hombres y mujeres de mayor edad, y en presencia de aquellos ídolos les abren vivos por los pechos y les sacan el corazón y las entrañas delante de los ídolos, y ofreciéndoles en sacrificio aquel humo...” (Cortés, Hernán, Cartas de Relación, Edit. Porrúa, México, 1992, págs. 21-22).
Cientos de otros testimonios confirman el dato en aquellas regiones, dando a entender que uno de los incentivos para hacer la guerra era el de poder contar con esclavos para los sacrificios o, incluso, sólo para comer, como pudiera ejemplificarlo el dato de que, una vez, en cierto enfrentamiento que tuvieron españoles contra otomíes, al huir éstos dejaron “muchas cargas de maíz y de niños asados que traían para su provisión” (Cortés, misma obra, p. 150). Aunque también haya podido ocurrir que fueran monos, a los que los españoles, quizás por no conocerlos, creyeron que eran unos niños.
Por lo que se refiere a que si en el pequeño triángulo geográfico que conforma el actual territorio de Colima se practicaban también el canibalismo y los sacrificios humanos, no he podido conocer indicios directos que lo revelen, pero sí sobre las regiones cercanas, Mismas que durante las épocas preshispánica y colonial formaron parte de su área de influencia, y sí he podido hallar también, perfectamente documentado, un caso al menos en que los tecos, o colimecas, fueron las víctimas del sacrificio.
Testimonios expuestos por ancianos indígenas que todavía estaban vivos hacia el final de la década de los setentas y hacia principios de la década de los ochentas en el dicho siglo XVI, nos dan pie para considerar que también en ciertos pueblos vecinos de Colima el sacrificio ritual o el canibalismo a secas era una práctica más o menos frecuente, y que, por lo mismo, no siendo los colimecas tan diferentes, también haya sido practicado por ellos.
Iniciamos el recorrido en Pátzcuaro, capital entonces de Mechoacan (hoy Michoacán), que muchos tuvo que ver con Colima, porque guerreaba con ella. Vayan como ejemplo, en ese sentido, dos suficientes párrafos: “(Los de Pátzcuaro) tributaban, en tiempo de su gentilidad (“antes de ser católicos”, quiere decir)… oro, plata, mantas de algodón, maíz, y otras cosas que se dan en esta provincia. Adoraban ídolos de piedra, a quienes tenían de costumbre sacrificar los corazones de los indios que prendían en las guerras, ofreciéndoselos y rociándolos con su sangre.
“Traían guerras, éstos, con los mexicanos, a quien siempre resistieron y, en algunas batallas, vencieron y prendieron a muchos de ellos. También guerreaban con los de Colima y Zacatula, y a éstos siempre los sujetaron”. (Acuña, René, Relaciones Geográficas del Siglo XVI : Michoacán, UNAM, México, 1987, p. 200).
En Chilchotla, pueblo bastante cercano a la actual Zamora, por donde pasaba un viejo camino que llevaba, entre otros lugares, también hacia Colima, los viejos testigos fueron mal entendidos y peor traducidos, pero lo que se interpretó de su dicho basta también para confirmar la regla: “Pasa, por este dicho pueblo de Chilchotla, un camino real que es muy pasajero, por donde van al reino de la Galicia (hoy Guadalajara) y a la gobernación de Chiametla y a la villa de Colima... Eran indios sujetos del Cazonci (de Mechuacan)... Adoraban al Diablo (sic), a quien sacrificaban a otros indios que prendían en la guerra… Y ante unos ídolos de piedra, ponían al indio o indios que se habían de sacrificar y, con un parlamento que hacía uno de los sacerdotes a las gentes que estaban mirando... degollaban a los indios... y les sacaban el corazón y lo ofrecían a los ídolos, y la sangre y el cuerpo se lo comían... Y dicen que la carnicería humana que allí se hacía se repartía en(tre) los hombres de guerra, y ellos la comían y hacían gran fiesta entre ellos. Y esto no se hacía, sino cuando ganaban alguna victoria de los enemigos, en señal de agradecimiento a sus ... ídolos” (Acuña, misma obra, págs. 106).
En la Provincia de Motines de Colima (o Motines del Oro), que entre otros pueblos abarcaba los de Coalcomán) Aquila, Maquilí, Pómaro y Huitzontla (Acuña, Op. cit. p. 128), los ancianos dijeron que: “vivían por familias, cada padre con su mujer e hijos por sí, apartados en algún arroyo o fuente... donde hacían sus sementeras (o sembradíos)... y (donde) se estaban quietos, si no era porque tenían alguna guerra de los tarascos, que algunas veces les entraban y cautivaban, mataban y comían, y lo mismo, les daban guerra los epatecos, que están hacia el poniente, a siete leguas de aquí, que eran gente advenediza de las provincia de los tarascos y se apoderaron en esta tierra y costa de la Mar del Sur, los que eran grandes comedores de carne humana, como los mismos tarascos” (Ibidem, p. 166).
Según esta descripción, los epatecos a que se refiere podrían ser los indios residentes de las actuales llanuras costeras de Tecomán, mejor conocidos como los tecos.
Hacia el poniente del Volcán de Colima, en la región de Zapotitlán, Jal. a menos de 25 kilómetros en línea recta del límite actual entre ambos estados, los ancianos dijeron a su vez que tenían un “señor principal”, el cual, si “mandaba degollar o sacrificar alguna persona, que luego se le obedecía” (Romero de Solís, José Miguel, Relaciones de la Provincia de Amula (1579), Archivo Histórico Municipal de Colima, México, 1993, p. 18).
Luego, en Tuxcacuesco, otro pueblo muy cercano a las faldas del volcán, se precisaba lo siguiente: “Y, en aquel tiempo, comían carne humana, y perros, y culebras y otras sabandijas” (Romero de Solís, misma obra, p. 27).
Como los lectores habrán podido observar, si se considera que algunos de los pueblos del suroeste de Michoacán y del sur de Jalisco aquí mencionados pertenecieron a Colima o estuvieron bajo su área de influencia, hay suficientes elementos como para poder creer que el sacrificio ritual y/o hasta el canibalismo puro se practicaron también en lo que hoy es el actual territorio del estado.
Antes de terminar me referiré un caso concreto que alude al hecho de algunos guerreros colimecas fueron las víctimas del sacrificio ritual y se convirtieron en la cena de los triunfadores de una batalla perdida por ellos. Evento que sucedió a mediados de 1523, cuando vino a conquistar la región el capitán Gonzalo de Sandoval: “Y fueron luego los españoles a conquistar a Colima y hasta las mujeres (michoacanas) les llevaban las cargas. Y fue por capitán de los michoaques a la guerra, (el general) Huizizilzi, y conquistaron a Colima y no murió ningún español”; pero sí, en cambio, “mataron y (…) sacrificaron a muchos de aquellos indios (de Colima) y los españoles no les decían nada”. (Alcalá, fray Jerónimo de. La Relación de Michoacán, Sep-Conafe, México, 1988, p. 323).
Triste y doloroso episodio en el que se confirma que en la región de Colima sí se practicaron los sacrificios humanos y que una suma considerable de ellos fue el costo inicial de la conquista de nuestra región.

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