|
El paracaídas sirve para evitar o atenuar el golpe de la caída libre, menciona el diccionario de la Academia, recurso puesto en marcha en situaciones de peligro. Incluso, cuando se experimenta “el placer” de la caída, los riesgos son evidentes. El recurso de salvaguarda de la caída se extiende unos minutos: el objetivo del paracaidista es tocar tierra, aunque disfrute el descenso o no, a menudo después de salvar obstáculos mortales. Regularmente, los paracaidistas no buscan ‘establecerse’ en el descenso; saben que no pueden vivir en los vértigos, no importa la experiencia repetida ni su periodicidad; vuelven a la tierra animados por lo que ha quedado atrás, pero sobre todo por la firmeza de sus pasos.
Muchos lectores buscan paracaídas; su objetivo es leer a toda prisa, porque la vida real aguarda después de aventurarse por los desfiladeros impresos. Son lectores que no buscan ‘residenciarse’ en texto alguno, nada que se asemeje a las obras maestras literarias, nutridas de laberintos estéticos. Sin embargo, no cabe duda, leen sin cesar cantidades ingentes que hacen las vergüenzas de lectores provectos. Aquellos lectores anónimos de Corín Tellado y de Caridad Bravo Adams se mantenían al margen de la vida cultural: usaban horas libres para satisfacer una necesidad extraña, pegadiza, sin saber a ciencia cierta de dónde la habían levantado. Tal vez era un vicio absurdo, inconfesable, y la práctica de mano en mano y de boca-oreja con títulos de novedades y nuevos autores formaban ese submundo de trastienda. La censura disfrazada de crítica, y la autocensura (que termina haciendo lo que la censura quiere), provocaron el clandestinaje de páginas rosadas. Se tasaba en alto desprestigio el hábito rosa con tal celebridad, que bastaba decir que un hombre de letras o un funcionario cultural leía a Caridad Bravo Adams para desautorizarlo definitivamente.
En aquellos maravillosos y todavía ridículos años ochenta, el presupuesto de la media nacional para la adquisición de materiales inagotables tenía baja cobertura; el intercambio promiscuo de ejemplares manoseados, pilas amotinadas de títulos románticos y prometedores en vastas estancias, daba la sensación de ‘lavado de dinero rosa”: nada más vertiginoso que tres novelas para un fin de semana y otras tantas para los días laborables, mientras se llevaba una vida con miras modernas, “de cara al futuro” se decía, realismo con dignidad. En definitiva, el hábito ya estaba extendido entre los géneros, desde el velador en su garita hasta la secretaria en su escritorio, desde los estudiantes de superior hasta los profesores, desde el mercado de frutas hasta el autobús de suburbios.
Existe una búsqueda en estos lectores llevados por el ansia de intríngulis afectivos: sobrevuelan geografías interiores de personajes cuya visión del mundo surge a partir de un encuentro siempre accidental, poco que ver con las actividades sociales de su contexto, y que omite engañosamente la rutina práctica de los soñadores. No obstante, se logra un objetivo: mediante el despegue de las pasiones afectivas, a salvo de turbulencias alarmantes, se establecen los anhelados compromisos entre las partes interesadas, y las historias tocan tierra con pies de plomo. El denostado happy end literario se transforma en bálsamo para los lectores en paracaídas. La lectura rápida, enfocada en las acciones de los personajes, en donde no existen los callejones sin salida y con el final bien resuelto de acuerdo a las leyes de la felicidad, que a fin de cuentas dice San Agustín es lo ambicionado por la humanidad, permiten olvidarse de las lecturas recientes y seguir adelante con su vida. Al parecer, nada de reprochable tiene la reincidencia en esta actitud.
La válvula de presión aguantó veinte años más de clandestinaje rosa, cuando apareció en el horizonte digital la opción perfecta: Internet para románticos en España gracias a Telepolis.com o la más actual www.autorasenlasombra.com (José Ángel Martos, mayo de 2010). No obstante, pese a los pronósticos desfavorables acerca de la demanda librera, se abrió una nueva librería exclusivamente digital, ClubRomantica.com, considerada como una opción “nativa digital” enfocada a la atención de sus socias y socios, un sitio lleno de ofertas en clásicos y novedades. Dos declaraciones de Francisco M. Granados, miembro fundador de la ciberlibrería, dan luces al fenómeno rosicler. La primera explica la mayor calidad en la novela romántica de nuestros días, es decir, ya no como un subgénero flojo y de parche, sino a la altura de todo thriller ‘serio’: escrito con corrección, profesionalismo y actualidad. La segunda, nada más ilustra el cambio de patrón de la mujer del siglo XXI, que ya no se muestra según la visión machista, sino como “…valiente, decidida y dueña de su propia vida, pero eso sí, ante todo enamoradiza.”. Digamos que los perfiles del lector del subgénero post-rosa no son de grave afección estética, sino aceptables para el resguardo de la dignidad. Enhorabuena.
REGRESAR
|