Con los ojos en la cara. De cuando fui banquero

Título de la obra: "Niño Proletario".

Formado para entrar al cajero, estaba un hombre cuya edad oscilaría entre los 45 y los 50 años y quien de manera compulsiva movía la cabeza muy a su pesar y malestar. Hasta se podía apreciar que trataba de evitar el movimiento incontrolable como si aquello le causara pena. Debe ser muy difícil acostumbrarse a todo lo que nos hace sentir mal, más allá del dolor. Esperaba yo afuera del banco y allí, donde estaba, pasan muchas personas porque hay bastantes comercios. Unos, se advierte, llevan mucha prisa, otros, caminan lentamente como cansados y hasta parecería oportuno que hubiera unas bancas para quien necesite reposar un poco o esperar a alguien. Justo ahora que esto escribo, recuerdo que cuando tenía trece o catorce años iba los días miércoles al banco de Zamora a depositar las monedas que los peregrinos devotos del Señor de Rancho de Villa donaban los martes de cada semana. Llegaban los creyentes a pedir todo tipo de ayuda al Cristo Milagroso: para que el temporal fuera bueno, para que sanara a la abuelita que tenía tiempo como tullida y sin poder caminar y hasta se llegó a pensar que le estaban haciendo un mal oficio porque como dicen tantos: “de que los hay, los hay”. También, muchas de las oraciones eran para que al marido o al hijo se le quitara lo borracho y grosero; para que ya regresara el hijo que se fue y no saben a dónde ni por qué; para que los hijos que se fueron al norte se reporten con sus padres enfermos; para que la hija entre en razón y se dé cuenta que ese novio no le conviene; para que me abra el entendimiento en tiempo de exámenes porque hay materias a las que no les entiendo casi nada y no he tenido tiempo ni ganas de estudiar. Suplicaban los estudiantes: ¡Señor de Rancho de Villa, hazme la maravilla! Iban muchas prostitutas pero no sabemos cuáles eran sus ruegos y súplicas, eso sólo Dios lo sabe o como dijo San Sebastián,” pueque ni án.“ La devoción de ellas, tan lastimadas, no desmerecía nada si se le comparaba con los demás que asistían en busca de la misericordia y el consuelo de Dios quien además es padre de todos y más aun viéndolos tan desconsolados y afligidos avanzar arrodillados y con el dolor reflejado en el rostro y entender que el peso de los pecados y de las necesidades es mucho comparado con la distancia que hay que recorrer postrados. Además, muchas y muchos vienen caminando y otros no sabían cómo completar para el pasaje pero una manda es una manda y es necesario cumplirla. Pase lo que pase, allí estarán, primero Dios y María Santísima.
Ya había dicho, que los miércoles de cada semana, iba al banco y me entregaban unas cajitas rectangulares dependiendo del tamaño de las monedas que casi siempre eran pesos, tostones, veintes, dieces y de cinco centavos y, de vez en cuando, pesetas. Una vez que contaba todo el dinero, lo depositaba y a cambio me daban un papelito como comprobante del dinero que dejaba. Así de fácil era el asunto. Todavía no entiendo por qué yo y no otros más grandes y más fuertes hacían ese trabajo. La maleta estaba pesada pero solo caminaba ladeado cuatro cuadras porque el banco estaba en la esquina que hacen Zaragoza y Gabino Barreda. Realmente cerca y con una ventaja, no había tanta inseguridad ni asaltos en poblado y despoblado. Había tranquilidad y se podía transitar sin ninguna preocupación y sin cuidarse de nadie. Iba y regresaba sin despeinarme pero con los dedos y las manos verdes por el polvo que trae el dinero sonante. Antes de eso, nunca había ido a ningún banco ni me llamaban la atención y no estaba en edad para ello.
Así como el señor movía la cabeza haciendo fila en el cajero automático y electrónico, ya dije, de manera compulsiva, hay muchas personas en las que la agitación y el temblor son más intensos, de tal manera, que es más notoria la dificultad para realizar algunas actividades por sencillas o simples que parezcan: tomar un vaso con agua, encender un cerillo, rasurarse, pintarse los labios, llevarse la comida a la boca, escribir, cocinar y caminar. Los que no cargamos con eso, no nos parece tan grave ni entendemos lo que significa para los enfermos de cualquier condición social; pero es mucho peor, cuando se es pobre, rayando en lo miserable y entonces, el padecimiento se hace acompañar del hambre, de la falta de medicinas y tratamientos y enclaustrado en un cuartucho sin servicios y plagado de bichos; en un espacio indigno para vivir y en la más terrible soledad. Sin atención y compañía, es poco menos que la muerte. Así como esa enfermedad, todo se complica cuando no hay recursos económicos; cuando no hay apoyos de ninguna especie, cuando no hay ningún cristiano a tu alrededor. Cristiano, dije y cuando esto digo no me refiero a los que van todos los días al templo ni a los que se golpean el pecho ni a los que pasan la vida leyendo la biblia y aprendiendo textos de memoria ni a los que se dicen “salvos” porque no ingieren alcohol ni van a los bailes y les espantan las palabrotas. Es importante hacer todo eso, pero pierde su sentido cuando somos abusivos, orgullosos, hacemos prestamos con intereses altos, destruimos la unidad de las familias y de la comunidad. Cuando nos olvidamos del prójimo y no somos solidarios con nadie. Cuando llevamos una moral doble y cuando exhibimos nuestro cristianismo para que los demás crean y digan que somos del grupo de los buenos. La bondad no se presume. No hay un club de bondadosos. Tampoco una Asociación Civil.
Leí una memoria, documento que serviría para que una joven estudiante de la Escuela de Trabajo Social Vasco de Quiroga reciba en su momento un título y una cédula profesional que la acredite cómo Técnica en Trabajo Social por haber realizado el servicio social en una institución que se llama; “Comedor, Brazos Abiertos”. Solamente una vez asistí a ese espacio comunitario tan importante para los pobres, los miserables, los ancianos, los adictos, los niños. Es un lugar en el que se cree en la fuerza de Dios y en la debilidad de los hombres y las mujeres. El trabajo que allí se realiza desde hace ya varios años, nos recuerda la capacidad de personas bondadosas para reaccionar ante situaciones que laceran a seres humanos, víctimas del capitalismo salvaje e inhumano al que solamente le importa el poder del dinero, la acumulación y el control del mercado. Victimas también del olvido gubernamental en que se tiene a esas personas más necesitadas porque atenderlas, voltear a verlas no les representa ninguna ventaja política. No hay de donde sacar tajada. Rechazados también por los partidos políticos que no realizan trabajo en lugares que no les traerán buenos dividendos ahora que viene el reacomodo y hay la posibilidad de alcanzar a colocarse en el carro de la fortuna aunque sea una regiduría. Hay quienes abren los brazos y el corazón al dinero, al poder, a la ambición sin medida. Habemos otros, que volteamos para otro lado pero una vez que ya vimos lo que pasa, no hay pretexto ni explicación que valga para que nos llamen con toda razón, omisos e indiferentes ante el dolor y la miseria humanas. Formados y con una grande necesidad hay cientos, miles de personas, millones de pobres y a nadie, a ninguno de ellos les va a mejorar su calidad de vida con un…”usted perdone y que Dios lo bendiga”. Es verdad, alguna vez fui banquero, no lo voy a negar y eso me hace tener sentimientos encontrados y ni siquiera sé exactamente por qué.

• Asesor de la Escuela de Trabajo Social “Vasco de Quiroga”