Con los ojos en la cara. Primera plana

En la primera plana de los periódicos locales, en el espacio que por lo general era dedicado a noticias de tipo político, económico y social o de asuntos de trascendencia e interés común; ahora es ocupada por información de hechos sangrientos, macabros, lamentables, truculentos en los que el signo, es la depravación, las venganzas y la competencia para ver quien actúa con mayor crueldad. Por ejemplo: fueron encontrados, dos, tres, cuatro, cinco o más cuerpos en fosas clandestinas… Otros, muchos más aparecen bolsas en bolsas negras en los canales, en caminos poco transitados, a los lados de las carreteras, frente a los edificios de los ayuntamientos. Todo con la intención y la pretensión de intimidar, enloquecer. Ahora, de manera cotidiana y a pleno medio día y por la tarde o noche hay disparos de un vehículo a otro como en aquellas películas en que atacaban los forajidos las diligencias de la Wells Fargo. Los disparos son hechos por lo general con armas poderosas y sofisticadas. Rafaguean, se hacen pedazos, se matan. A otros, los asesinan en un bar, en la esquina, al salir de una tienda, de una vinatería, en un velorio, en un restaurant o al salir de su casa. La autoridad se muestra impotente, desvalida y en muchos casos, omisa. Si, llevan a la práctica todos los pasos del protocolo según el caso: establecen un cerco, peinan la zona, el área, pero los asesinos no están por ningún lado porque ellos tienen el tiempo medido; en sus actividades delictivas hay precisión y ya les dieron otro encargo, otra comisión que cumplirán estricta, religiosa, ritualmente… que para eso les pagan. Es verdad, allí quedan las evidencias de que algo pasó. Sí, allí están los muertos y los heridos a quienes hay que cuidar y proteger por si regresan a completar el asunto todavía inconcluso. Allí quedan los casquillos percutidos y cerca o muy lejos, las viudas, los huérfanos, los padres sin sus hijos y no hay modo de explicar lo inexplicable.

Arrinconados estamos, entumidos, asustados, engarrotados por tanta inseguridad; abrumados por el olor a muerte e impunidad. ¿La impunidad huele? No, no huele. Apesta, hiede. Sobre todo la impunidad de los que robando desde los mandos y al amparo del poder se pasean sin culpa alguna y protegidos desde la complicidad de los más poderosos. Hay comunidades, barrios, colonias, pueblos y pobladores a merced de los grupos delincuenciales organizados y especializados en su trabajo. Además, son leales y con un gran respeto a las jerarquías. Hay niveles. Así las cosas; lo mismo mueren jóvenes de barriadas, de colonias que del medio rural. También personas que uno esperaría ver en páginas de sociales, de gente de sociedad, de élite, por tanto, bonita y degustando y brindando con sus compadres, sus socios y de pronto y sin que nadie lo espere o lo imagine, están en la nota roja y teñidos de rojo como la prole. Para ellos, sin embargo, hay desplegados y amplias muestras de solidaridad de todos los sectores y muchos, "no lo puedo creer". Para los jodidos, un puño de tierra y que digan que les fue bien. Hay niveles.
Cuando yo tenía escasos nueve años, mi mamá, me mandó a comprar petróleo en un bote cilíndrico y con agarradera. La tienda, distaba como ocho cuadras de mi casa y recuerdo que el tendero se llamaba, don Clemente. Ese nombre se me vino a la mente y yo confío en ella como en pocas cosas, aunque también sabe de traiciones. Ya en el trayecto, escuché el ruido cómo de balazos y sí, más adelante encontré a un hombre que corría en sentido contrario al mío y llevaba un arma en la mano derecha y no volteaba ni para atrás ni para delante. Corría. A media cuadra, un hombre robusto, sentado en un equipal, se desangraba. Tenía los ojos más tristes que yo haya visto en mi vida. Los balazos fueron en el vientre. Comenzaba a asomarse la gente. Con el bote de cinco litros, asustado, me fui a cumplir mi encargo. Llegué, pagué, me dieron el petróleo y regresé a la casa por otra calle. Es posible, no sé, que el hombre aquél hubiera cerrado ya sus ojos en pleno desconcierto por haber visto la muerte. No dije nada a mi mamá porque era probable que me regañara nada más porque enfrenté esa casualidad y además, por tarugo y boca abierta. Válgame Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. También recuerdo que en pláticas de mayores a las que era adicto, escuchaba hablar de rivalidades añejas e intemporales entre familias y que de alguna manera, dolientes y dolidos andaban preparados para lo que se ofreciera. Sí se ofrecía. Las mujeres quedaban al margen. Ahora, sólo hay órdenes y ejecutores para que sobrevenga la tragedia, agravada en ocasiones por los daños llamados, colaterales. Halcones y ejecutores en una coordinación cronométrica cuasi perfecta, técnica, táctica, estratégicamente casi infalible. Cumplido el encargo, volar en la moto o en un vehículo robado y después incendiarlo en cualquier lugar y así, no dar ni las mínimas pistas a los investigadores como en aquel juego que dice: ¡Frio! ¡Caliente!. Fríos están a los muertos y caliente, muy caliente, la situación.

Con regular frecuencia leo los periódicos locales y nacionales y algunas revistas y abunda la nota roja. Antes, ocasionalmente había malas nuevas de asesinatos, entambados, embolsados, cuerpos mutilados y con señales de tortura y el consabido tiro de desgracia y me viene a la memoria el final de aquel cuento extraordinario que escribió Juan Rulfo, “Diles que no me maten “y que nos narra cómo Justino recoge el cuerpo de su padre, Juvencio Nava y dice así: “Lo echó encima del burro. Lo apretaló bien apretado al aparejo para que no se le fuera a caer por el camino, Le metió su cabeza dentro de un costal para que no diera mala impresión. Y luego le hizo pelos al burro y se fueron arrebiatados, de prisa para llegar a Palo de venado todavía con tiempo para arreglar el velorio del difunto”. “tu nuera y tus nietos te extrañarán –iba diciéndole- Te mirarán a la cara y creerán que te ha comido el coyote, cuando te vean con esa cara tan llena de boquetes por tanto tiro de gracia como te dieron”. El cuento como ya dije me parece extraordinario pero la realidad de hoy, incluidos los 43 estudiantes de Ayotzinapa y otros asesinatos masivos son para quitar el sueño y matar la esperanza. ¿Lo lograrán?

* Asesor de la Escuela de Trabajo Social, Vasco de Quiroga.