Vislumbres. Abelardo Ahumada

¿PURO MAL GUSTO? –
La tarde del sábado 8 fue inaugurado el monumento denominado “Homenaje a la Niñez Colimense”, en el que aparecen los cuerpos esculpidos de tres niños muy vivaces volando un papalote y disponiéndose a resbalar, sobre una fea, innecesaria y aún inexplicable réplica de nuestra querida “Piedra Lisa”, monumental ésta, por sí misma, en su tamaño natural.
Las esculturas son del muy renombrado y reconocido escultor Rafael Zamarripa, para quien van mis respetos como artista, pero no obstante la fama del maestro Rafael, y aunque el ciudadano gobernador afirme que ésta y otras obras aledañas con las que la ciudad de Colima está experimentando “notables transformaciones”, no derivan “de la casualidad ni obedecen a un capricho personal, sino que son el resultado de un trabajo deliberativo de expertos”, yo sigo insistiendo en preguntar ¿qué sentido tiene construir una réplica artificial de la Piedra Lisa cuando la verdadera está allí, a menos de 150 metros de distancia? ¿O es que tuvieron imaginación para diseñar otro pedestal para la obra escultórica, o simplemente no quisieron cambiar la idea?
Complementariamente, este lunes 10 acabamos de enterarnos que algunas respetables paisanas habían manifestado su incomodidad y extrañeza porque, no obstante que el monumento fue erigido en homenaje a la niñez colimense, no contiene ni una sola figura femenina representando a su género. Por lo que la consideraron una escultura sexista y discriminatoria. Pero más tardó esto en saberse, para que alguien, de manera oficial u oficiosa, saliera a decir que el maestro Zamarripa ya está trabajando en el modelado de dos figuras de niña para corregir esa ausencia. Violentando, por ende, supone uno, su propia concepción del monumento.
No hemos podido saber a cuánto pudo haber ascendido la erogación para construir dicho monumento, pero si la plazoleta y “la Estatua Cabezona del ex presidente Miguel de la Madrid”, que el mismo gobierno estatal puso en la orilla norte del Parque de La Campana, dicen que costó 8 millones de pesos, no tenemos por qué dudar que el comentado monumento de la Piedra Lisa haya costado más.
Entiendo que al referirme al referirme a la estatua de don Miguel de la Madrid como lo hice, tal vez haya lectores que vean en mi expresión una deliberada ofensa, pero debo precisar que yo no tengo la culpa que así la describan algunas personas que han tenido oportunidad de verla de cerca. Como tampoco de que mis paisanos villalvarenses mencionen a “El Mono” como referencia, en vez de decir, más catrina o cívicamente, “El monumento de Don Manuel Álvarez”.
QUE “NO SON CAPRICHOS”. –
Sabido es, por otra parte, que muchas de las más grandes obras de arte que la humanidad valora, fueron el producto de la confluencia de una voluntad caprichosa y de una voluntad creadora, representada la primera por un rey, un faraón, un papa, un gobernante equis (pero no tan cualquiera), un rico con aires de grandeza y demás mecenas por el estilo; forzando a veces, a los artistas en boga en cada sitio y lugar, a trabajar por mandato, dando como resultado, en una larguísima lista de ejemplos, la pirámide de Keops, la Muralla China, la Cúpula de San Pedro, el monolito del Tláloc y hasta las cuatro colosales cabezas del Monte Rushmore.
Y, en la contraparte de dichas acciones, es muy sabido también que, algunos de esos edificios y algunas de esas esculturas artísticamente creados, no fueron bien recibidos por la sociedad de la época en que fueron construidos o modelados, pero que, con el paso del tiempo, y tal vez sólo por la fuerza de la costumbre, sus contemporáneos dejaron de rechazarlos, y las generaciones subsecuentes terminaron por adoptarlas como una gran herencia de sus antecesores, como por ejemplo sucedió con el Coliseo Romano; con la Torre Eiffel, de París; con la catedral de La Sagrada Familia, en Barcelona, y hasta con Los Indios Verdes, en la Ciudad de México. Y, ya por último, se sabe asimismo que no todos los monumentos rechazados corren con tan buena suerte, porque no “pegan” con el gusto de los habitantes de cada lugar. Como la gran estatua de Sadam Hussein, en Bagdad, o como, sin ir tan lejos, La Figura Obscena, que por más que se nos haya hecho simpática cuando estaba chiquita, nunca la pudimos hacer “nuestra” cuando, por el capricho de otro gobernador, se mandó replicar con el tamaño de un elefante, y se colocó en la principal entrada de la capital del estado.
En fin, “lo hecho, hecho está”, pero aunque el monumento del maestro Zamarripa no sea producto de otro capricho gubernamental, ¿podrá JIPS negar que la ampliación del diámetro de la glorieta que soporta la réplica de la Piedra Lisa estrechó los márgenes de circulación de la Calzada Galván? Y ¿admitirá también que esa otra “notable transformación” que él mismo acaba de promover frente a la barda de la XX Zona Militar no es muy grata que digamos, para la mayoría de sus gobernados?
Se vale, por supuesto, que nuestros gobernantes busquen asesorías y decidan convocar a diferentes grupos de expertos en temas o asuntos diversos. Pero lo que no se admite es que, echando por delante el prestigio de esos supuestos “expertos”, a la ciudadanía no se le pida opinión, ni se le tome en cuenta cuando de algún modo ésta se exprese. ¿O sí?
LOS DEL ADIOS Y LOS DE LA BIENVENIDA. –
A ningún individuo medianamente capaz se escapa la certeza de la frase: “Cuando alguien gana, alguien pierde”, y que, en consecuencia, cuando alguien pierde suele quedar triste, molesto, encorajinado, agobiado y demás cosas por el estilo; mientras que los triunfadores brincan de gusto, lloran de felicidad y sueñan con que su vida mejorará en lo sucesivo. Puras reacciones, pues, muy propias del ser humano, en las que por el momento no profundizaremos más; pero que saco a colación porque, habiendo sido este 2018 un año electoral, en algunos estados, como en el nuestro, las elecciones se llevaron a cabo por partida triple, porque abarcaron los relevos de quienes detentaban diferentes cargos en los tres niveles de gobierno.
Y, dentro de ese mismo tenor, hoy nos encontramos con que será durante este preciso periodo de las Fiestas Patrias cuando, por ejemplo, los nuevos diputados asuman su responsabilidad colectiva de cara a sus electores, y cuando los que terminan su periodo abandonen el recinto en que “la rueda de la fortuna de la política” los colocó hace tres años, cuando tras de haber prometido que cumplirían con sus deberes, explícitamente aceptaron que, si no lo hicieren así, el pueblo, los electores, tendríamos derecho a demandárselos.
Colateral, paralela e, incluso complementariamente, será también, dentro de un mes, cuando los diez cabildos municipales que hay en nuestro estado se releven (y renueven), aunque por diversas señales que han venido dando, y pese a que sean otras personas las que llegarán, de algún modo uno siente que siguen siendo los mismos. No en caras, no en rostros, sino en capacidades medianas, en aptitudes y en actitudes que dejan mucho qué desear, como si no hubiera ninguna originalidad en ellos; como si no tuvieran nada nuevo qué aportar, y como si, por derivación de toda esa falta de brillantez y positivismo, nosotros, loss gobernados, tuviéramos que resignarnos a permanecer otros tres años más con nuestras esperanzas perdidas respecto a una renovación más profunda y no nada más a un cambio “de monos”.
Pero no quiero caer en un ánimo pesimista y deseo invitar a mis amigos, a mis conocidos y desconocidos lectores, que guardemos unos días la amargura de nuestra hiel, que enfundemos las mortales armas de nuestras filosas críticas y que, pensando con las neuronas más positivas (o menos dañadas) que cada quien conserve, les demos a nuestros próximos diputados y alcaldes un plazo medianamente razonable como para que comiencen a dar color, a dar señales del rumbo que cada uno de ellos tomará.
En cuanto a mí concierne, me he propuesto tres meses como plazo para no hablar críticamente de ninguno de ellos; tomando en cuenta que apenas hace dos meses y medios los elegimos con un resquicio de fe, y con un poquitín de esperanza. Creo que estos tres meses que propongo son un buen tiempo para que terminen de organizar sus equipos y comiencen a trabajar en bien de todos los pueblos de Colima. Y que un plazo muy parecido les tendríamos que dar, también, a los integrantes del próximo gobierno federal, para no comenzar a llenarlos de tierra y lodo desde el principio sus gobiernos.
Tres meses, por otra parte, se pasan pronto. Y durante ese transcurso podríamos dedicarnos con mayor atención a otros temas de los que tal vez no nos hemos ocupado con suficiente profundidad, como podría ser, otra vez como ejemplo, la situación que se vive en el campo, y que traduce en el abandono de tierras labrantías; en el hecho, muy lamentable, de que los hijos de los campesinos, los agricultores y ganaderos ya no quieren dedicarse a esas actividades, y que la edad promedio de nuestros campesinos es de 55 años de edad. Como la muy angustiante situación que viven los pescadores ribereños; el absurdo hecho de que las cooperativas de pescadores de Manzanillo no tengan una sola bodega local donde vender y/o almacenar sus productos, y como la muy increíble caravana que todos los vendedores de pescado y mariscos de la entidad hacen, al menos una vez a la semana, a surtirse de pescado, camarones, pulpo y otros productos del mar al Mercado de Mariscos de Zapopan, Jalisco, en vez de conseguirlos aquí, cerquita, en la orilla del mar de Colima. Absurda práctica comercial que obliga también a casi la totalidad de restauranteros de El Real, Pascuales, El Paraíso, Cuyutlán y Manzanillo, vendan asimismo productos congelados traídos de aquella ciudad, en vez de habérselos comprado a los pescadores y cooperativistas locales. Cuyo edificio, por cierto, de Manzanillo, el gobierno de JIPS concesionó recientemente a particulares, para instalar allí un atractivo turístico y dejar a los pescadores ahora sí que “nomás como el chinito”, viendo y aguantándose las ganas de llorar.
FIESTAS PATRIAS. –
A partir de mañana, 13 de septiembre, fiesta cívica con bandera a media asta, en que se conmemorará, más que la vergonzante derrota del Ejército Mexicano en la batalla de Chapultepec, el cacareado “heroísmo ejemplar” de tres niños que ya pintaban barba y bigote, iniciará el jocoso festejo de las “Fiestas Patrias” y la pronunciación de enjundiosos y a veces muy mal pronunciados discursos oficiales, en los que sus redactores suelen unir, sólo porque aparecen casi juntas en el calendario cívico, dos ‘fiestas’ que nada tuvieron de alegres cuando sucedieron, y que en nada coincidieron tampoco, porque las separan 37 años completos: me refiero al famosísimo Grito de Dolores, acaecido durante la madrugada que fue del 15 al 16 de septiembre de 1810, y a la inútil y muy dolorosa defensa del Castillo de Chapultepec, intentada el 13 del mismo mes, pero de 1847. Un grito contra la dominación española, que le devolvió provisionalmente a los abuelos de nuestros tatarabuelos, la sensación de ser miembros de una nación libre, y una guerra que treinta y tantos años más tarde se estaba perdiendo contra el ejército invasor de los Estados Unidos de Norteamérica, que cosa de un medio año después se terminó quedando con un poco más del entonces muy vasto territorio mexicano.
Entiendo muy bien que las tradiciones se hacen costumbres, pero ¿por qué festejar lo que nada tiene (o tuvo) de alegre? Claro que conforme pasan los años no tiene ningún caso ponerse a llorar por lo que se perdió, y mucho menos si dicha pérdida no ocurrió en nuestros propios días, pero ¿por qué insistir, entonces, en resaltar lo que no fue tal como lo relata nuestra historia oficial? Creo que ya es tiempo que como un pueblo adulto abramos los ojos a nuestra verdadera realidad.

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