Con los ojos en la cara. Blanca flor y serpiente negra

Escrito por: Mtro. Ramiro Cisneros García

Que bella eres amada mía…
Palomas son tus ojos…
Miel virgen destilan tus labios, esposa…
Tu melena cual rebaño de cabras…
Tus labios, una cinta escarlata…
Tu paladar como vino generoso…
Tu cuello como torre de marfil…
Retira de mí tus ojos que me subyugan…
Del cantar de los cantares.

Una amiga nos invitó a varias amigas y amigos comunes a ver un espectáculo de los muchos extraordinarios que nos da la naturaleza, sin embargo, hay unos increíbles y a uno de ellos asistiría como un privilegiado. De los convocados, asistimos solamente cuatro. Fuimos citados a las 9:00 de la noche pero yo llegué como veinte minutos tarde debido a que tuve algunas dudas acerca de llevar o no, vino tinto y la razón por la cual llegué con las manos vacías fue porque mi conocimiento acerca de la calidad de los vinos es muy limitada, prácticamente inexistente. Cuando llegué, ya estaban allí una maestra y un maestro a quienes ya conocía; ella es integrante de un coro que dirige otro amigo mío y él es historiador con bastantes publicaciones de temas de lo más variado. Ambos, excelentes personas y pareja desde hace un buen de años. Un poco después que yo, llegó otra amiga ampliamente conocida por las y los allí presentes. El asunto que nos llevó a esa casa fue para ser testigos y admirar una flor que abre sus pétalos solo un día al año y por aproximadamente seis o siete horas. La primera vez que la miramos en ese cubo de luz en el que los rayos del sol bajan y dan vida especial a las plantas que allí están. La luz se filtra de manera tenue. Eran aproximadamente 30 flores. Mientras, cinco copas de cristal con vino tinto chocaban gracias a un brindis rociado con una conversación interesantísima, uvas y arándanos. Discretamente y quizá incrédulos, mirábamos los posibles avances de la flor que poco a poco iba extendiendo sus brazos en forma de pétalos, todos blancos. El maestro e historiador aludió al vino tinto y comentó que a él en lo particular no le gustaba por su acidez y por el temor a que le provocara un dolor de cabeza que siempre estaba como una probabilidad, como una posibilidad. Nos platicó algunas aventuras desagradables por no estar acostumbrado a la ingesta de bebidas alcohólicas. La flor seguía abriéndose mientras nosotros conversábamos de los leprosos y de cómo se ocultan las cifras en nuestro estado, con el fin de que no se contradiga lo ya dicho por la secretaría correspondiente, es decir, que en Colima ya se había erradicado esa penosa y hasta vergonzosa enfermedad. Mentira, se dijo, si hay leprosos en Colima y unas religiosas los curan. Fuimos de nuevo a ver las flores ya abiertas a la mitad y por fuera de los pétalos había una especie de pabilos de color entre lila y rosa pero blandos. El espectáculo era fascinante y solo predecible por la anfitriona quien conoce las reacciones de la maravillosa planta, un auténtico prodigio de la naturaleza. Para nuestra amiga, la planta es una persona con la que se dirige cuidadosa, amorosamente y a la que tiene un enorme respeto y admiración por su belleza única, diferente pero lo que más llama la atención es que solo se muestre una vez al año abierta y solo por unas horas. Una cosa es verlo y otra platicarlo. Conforme va abriendo, se empieza a sentir o percibir un aroma exótico, excitante, no común. Un aroma a mujer que no es un aroma común, es único. Hay otras plantas, pero esa que fuimos a ver, es diferente.

Se recordó a personas ilustres muy conocidas: el maestro Pablo Silva García, a Elías Zamora Verduzco, Griselda Álvarez, Antonio Barbosa Held, Ismael Aguayo Figueroa y otros de menores alcances pero casi todos relacionados con la cultura. De las personas a quienes aludieron, algunos de ellos, se dijo, hicieron de las artes su “modus operandi” -dijo alguien- aunque yo hubiera preferido la palabra “vivendi” y ya con un poco de más exigencia, “essendi”. Es cuestión de gustos y perspectivas. Todo depende. Mientras tanto, la flor extraordinaria por sencilla, se seguía abriendo hasta darnos una demostración de lo excelso que es la naturaleza cuando se le cuida y se le ama. Quien nos invitó y convocó, admira y es una contemplativa de la belleza en cualquiera de sus manifestaciones. Que importante y necesario es que la hermosura se nos manifieste y nosotros nos extasiemos y nos sintamos fascinados en una época en la que el pragmatismo es amo y señor dios. Lo útil por encima de otros valores. A veces, el ruido y el estruendo por encima del silencio y la paz y el amor. Otras veces, lo artificioso por encima de lo natural. Es impresionante aquella novela de José Saramago que se llama “La caverna” en la que la aspiración máxima de algunos ciudadanos era conseguir un departamento en el que por decreto y como una exigencia de la empresa inmobiliaria, “El Centro Comercial”, las flores y los peces deberían ser de plástico o de otro material inerte porque no se admitían otro tipo de mascotas ni de adornos. No se admitía la vida. Era y debería ser siempre un espacio ascéptico y que no tuviera nada ver con bichos, llámense gatos, perros, canarios… La “cerámica” de plástico irrompible tenía un éxito inusitado entre los compradores; muy por encima de la cerámica de barro, artesanal y enseñada y aprendida de generación en generación, por generaciones llegando casi al final de su existencia y valoración…rechazados, echados a un lado, tirados a la basura, sin clientes, sin demanda. Ahora, el hule y la contaminación, convertidos por obra y gracia de nuestra desfachatez, perversidad y flojera en artículos de primerísima necesidad. Todo aquello que destruye la naturaleza es admirado por encima de la naturaleza misma. Todos participamos de la misma depravación y con la misma saña. La flor aquella, motivo de nuestra visita abrió sus pétalos blancos y aquel espacio se fue impregnando de un aroma, ya dije, exótico y delicado a la vez. El esplendor de la flor, de una flor magnifica que solamente una vez al año se muestra por un tiempo de seis o siete horas para encerrarse en su misterio y en su milagro casi como una provocación a la admiración y al despertar de la sensibilidad ante un fenómeno excelso y desconocido en una sociedad sin tiempo para mirar, para detenerse, para la contemplación. Son la admiración y la contemplación las que nos van a conducir a la sabiduría y nos sacarán del peligro de la superficialidad y del vacío de la existencia. Nos llevarán al misticismo y a darle sentido a todo lo que hagamos. Nos llevarán a amar lo que hacemos y a defender aquello en lo que creemos pero respetando siempre a quienes ni son ni piensan como nosotros. La contemplación es un don gratuito concedido a quienes se abren con un corazón humilde y pobre como Francisco de Asís y como Clara; como San Juan de la Cruz, como Pierre Theillard de Chardín, como George Bernanós, como Miguel Hernández, como Netzahualcoyotl, como las mujeres y los hombres originarios y como los “Hombres de Maíz” de Miguel Ángel Asturias y como Alejandro Rangel Hidalgo y sus Gerberas, los limones, las naranjas, las hojas de croto, los pájaros de todos los colores; como los artesanos de Michoacán y de Chiapas, de Guerrero, de México, como Vicente el Jardinero del Vasco de Quiroga y su papá y como tantas y tantas gentes que aman la naturaleza con todas sus fuerzas y la embellecen, la cuidan, la protegen y ella en pago nos regala paisajes, aromas, colores.

Sin duda, los grandes escritores, pintores, escultores, músicos; los grandes creadores de la belleza en cualquiera de sus manifestaciones, tuvieron largos momentos de silencio porque sabían que solo de allí pueden nacer las grandes obras; de la misma manera, las personas, hombres o mujeres dedicadas a hacer el bien y con disposición a dar su vida por una sociedad mejor, más digna, más igual, más justa no han surgido de la nada, son personas cuyo fundamento son el amor y la generosidad para con los demás pero también amantes de la naturaleza. En este momento estoy recordando a quienes trabajan en la institución ,”brazos abiertos” en la colonia San Isidro de Villa de Álvarez a quienes distingue su amor por los niños y “los condenados de la tierra”, título de un libro de Franz Fanón.Los niños, naturaleza inocente, cándida, bendecida como la flor más hermosa…

La flor estaba ya en todo su esplendor y grandeza. El prodigio de la naturaleza se había consumado y el tiempo se detuvo, humilde y arrobado. Nos miramos y fue entonces que la anfitriona dirigiéndose a la flor, la felicitó, le habló, le agradeció y reconoció su esplendor, magnificencia y belleza. Volvimos a la mesa de la sala y cenamos una riquísima ensalada y un poco más de vino. La pareja de maestros se retiró y solo quedamos tres personas y conversamos de asuntos relacionados con experiencias de amistades profundas y de personas que por su calidad humana se convierten en ejemplo que deberíamos seguir. Al final la anfitriona nos regaló una flor pero antes nos había regalado la historia, la leyenda que hay detrás de esa flor y con mucho gusto se las platicó: “Sac-Nicté nació en la orgullosa ciudad de Mayapán cuando la paz unía como hermanas a las tres grandes ciudades del Mayab. No había ejércitos porque los reyes habían hecho el pacto de vivir como hermanos. El príncipe Canek que significa Serpiente Negra, era valeroso y tenaz de corazón. Cuando tenía veintiun años fue levantado a rey de la Ciudad de Chichén Itzá. En aquel mismo día vio el rey Canek a la princesa Sac-Nicté quien acompañaba a su padre. Aquella noche ya no soñó porque no durmió. Solo pensaba en aquella hermosa mujer. Tenía la princesa 15 años cuando vio que el príncipe Canek se sentaba en el trono de Itzá. Su corazón al verlo, palpitaba cada vez más rápido. Sin embargo, Sac-Nicté, había sido destinada por su padre el poderoso rey de Mayapán, para que se casara con el joven Ulil, príncipe heredero del reino de Uxmal.

Vinieron mensajeros de Mayapán ante el joven rey de Chichén Itzá y le dijeron: Nuestro rey convida a su amigo y aliado a la fiesta de bodas de su hija. Respondió el rey Canek con los ojos encendidos: “Decid a vuestro rey que estaré presente”. Vinieron mensajeros de Uxmal ante el rey Canek y le dijeron: Nuestro príncipe Ulil pide al gran rey de los Itzaes que vaya a sentarse a la mesa de su boda con la princesa Sac-Nicté. Le sudaban las manos y solo respondió; “allí estaré”. Vino un enanillo oscuro y viejo y le dijo al oído: “La Flor Blanca está esperándote entre las verdes hojas…¿Vas a dejar que otro vaya a arrancarla?” y se fue el enanillo por el aire o por debajo de la tierra. No sabemos pero nadie lo vio más que el rey y nadie lo supo. La boda se celebraría 37 días después de la coronación de Canek como rey de Itzá.

Toda la ciudad estaba adornada de cintas, de plumas de faisán, de plantas, de arcos pintados de colores brillantes. Todos danzaban y estaban alegres. Era ya el día tercero y la luna estaba grande y redonda como el sol. Era el día bueno para la boda. De todos los reinos… de cerca y de lejos habían llegado a Uxmal; reyes e hijos de reyes. Llegaron embajadores con ricos presentes menos Canek de Chichén Itzá. Vestida estaba de colores puros y engalanada de flores la princesa Blanca Flor al pie del altar. Pero, el rey Canek llegó a la hora que había de llegar… Saltó en medio de Uxmal con sesenta de sus guerreros principales y subió al altar donde ardía incienso y cantaban los sacerdotes. Entró el rey Canek como el viento encendido y arrebató a la princesa de los brazos de Ulil delante de todos. Cuando quisieron verlo y cogerlo, ya no estaba allí. Desapareció como un relámpago. Sonaron los címbalos y gritó el príncipe para convocar a sus guerreros. Se afilan las armas, se levantan los estandartes de Guerra. Uxmal y Mayapán se unen contra Itzá…Los itzaes dejaron sus casas y sus templos de Chichén Itzá y abandonaron la bella ciudad. Todos se fueron llorando. Una noche, con la luz de los luceros se fueron para salvar las estatuas de sus dioses y la vida del rey y de la princesa. Delante de los hijos de Itzá, iba el rey Canek. A su lado iba la princesa caminando por senderos abiertos en medio de los montes. ÉL iba envuelto en un manto blanco y sin coronas de plumas en la frente. A su lado, ella levantaba la mano y señalaba el camino… tenía ella una rara habilidad para guiarse por el viento…Un día llegaron a un lugar tranquilo y verde junto a una laguna quieta. Lejos de todo, de las grandes ciudades y allí pusieron el asiento del reinado y edificaron las casas sencillas de la paz. Se salvaron así los Itzaes y el último rey de Chichén Itzá del castigo. Enfurecidos los ejércitos de Uxmal y Mayapán solo encontraron los ecos de los palacios y los templos vacíos. Quemaron la ciudad y quedó sola y muerta como está hoy…abandonada desde aquel tiempo antiguo… Feliz vivió con su esposo en nombre y por gracia del amor por quien ambos dejaron lo que tenían, que no fue poco. Antes de morir, Sac Nicté pidió a los dioses que después de su muerte le concedieran que pudiera aparecer y florecer una sola vez al año para recordar a todos, que el verdadero amor si existe. Eso estimados amigos fuimos a ver a la casa de nuestra querida anfitriona quien al fin actriz, artista y amante de la belleza, nos mostró y compartió con generosidad el evento multicitado. No está por demás decir que lo que aquí escribo, es tan real como el amor. Fue un auténtico privilegio. Un milagro de la naturaleza que sigue siendo amorosa con nosotros muy a nuestro pesar.

Un día Celina, celebraremos. Gracias Ana Rosa García Mayorga.

2 Comments

  1. El texto de este artículo es la leyenda denominada LA PRINCESA SAC-NICTE, que aparece en el libro “En la tierra del faisán y el venado”, del yucateco Antonio Mediz Bolio. Unicamente que al final de dicho relato jamás aparece la petición de la princesa para que los dioses le permitieran florecer una sola vez al año después de su muerte.

Leave a Reply

Your email address will not be published.


*